Erdogan, el Ataturk bis

Actualmente, después de siete años ininterrumpidos en el Gobierno y gracias a su empuje y carisma, ya es público y notorio: sólo ha existido un líder en la Turquía moderna más importante que el actual primer ministro, Recep Tayyip Erdogan. Se trata de Mustafa Kemal Atatürk, el fundador de la república y su primer presidente.

Por eso a Erdogan le gusta tanto mostrarse en mítines con dos fotos de tamaño gigante a sus espaldas. Ambos líderes aparecen en las imágenes con expresión semejante, lo más parecida posible, para enfatizar que Erdogan desea ser el nuevo Atatürk.

Debido a sus raíces islamistas, el actual premier turco se localiza en las antípodas del estricto laicista que era Atatürk. A pesar de esto, tienen rasgos comunes. Al igual que el fundador de la Turquía moderna, Erdogan ha querido lograr el poder absoluto - ejecutivo, legislativo y judicial-y como su antecesor lo ha hecho con métodos tachados de autoritarios por sus críticos. Los turcos, más que a siglas ideológicas, siguen a los líderes.

En ellos ven encarnada la figura del padre severo que infunde miedo y respeto e impone medidas disciplinarias para poner en cintura a la descendencia. Pero que, cuando se tercia, es tierno y compasivo.

Tanto Atatürk como Erdogan han conseguido ocupar ese espacio en el imaginario popular turco. Se dice que estos rasgos biográficos le vienen a Erdogan de su padre, Ahmet, de profesión capitán de barco, quien llegó a utilizar la violencia física contra su descendencia, algo no inusual en Turquía. En todo caso es frecuente que Erdogan se muestre enfadado e incluso iracundo en sus apariciones públicas.

Lo que no consiguieron ni el primer ministro Adnan Menderes, ejecutado por los militares golpistas en 1961, ni el presidente Turgut Özal,que se rumorea murió envenenado, lo ha logrado Erdogan: doblegar al ejército, que parecía todopoderoso hace tan sólo cuatro años.

En abril del 2007 el entonces número uno del ejército, el general Y. Büyükanit, amenazó de forma indirecta con un golpe de Estado si el Gobierno renunciaba al carácter laico de la república. En julio pasado, llegó el contragolpe: la plana mayor de las fuerzas armadas dimitió. En una república creada a sangre y fuego por los militares, los comandantes jefes del ejército, la Marina y la Fuerza Aérea arrojaban la toalla, "Vosotros sabréis lo que hacéis", les espetó Erdogan. En apenas 50 meses, el problema se había resuelto.

Pero para poder desmantelar la columna vertebral del régimen kemalista - las Fuerzas Armadas-se necesita sobre todo poder de convocatoria en las urnas. Tanta mella ha hecho el de Erdogan que los militares han tenido que resignarse. Y es que el primer ministro ha sido elegido en tres legislativas consecutivas - 2002, 2007 y 2011-,superando en cada una de ellas el porcentaje anterior - 34,3%, 46.6% y 49,9%, respectivamente-.

Para lograr la credibilidad democrática tuvo que romper con su mentor y maestro, Necmettin Erbakan, que fue el primer jefe de Gobierno turco de un partido islamista. La conversión de Erdogan en un demócrata respetuoso con el carácter laico del Estado - más preocupado por la economía que por la religión-fue una operación sellada con el éxito en las urnas. Aparecía el pragmático Erdogan.

En la memoria de muchos quedaban sentencias del que fue futbolista del equipo de los autobuses municipales de Estambul. "La democracia es como un vehículo, un autobús. Cuando llegas a tu destino final, te bajas del autobús", había afirmado Erdogan en sus tiempos de islamista sin tapujos. Queda ahora saber cuál será su destino final.

18-IX-11, R. Ginés, lavanguardia