´Alimentar la indignación´, Fernando Ónega

Tienen pinta Felipe González y Emilio Botín de ser unos indignados?El señor ex presidente del Gobierno a veces sí, porque casi siempre lo vemos cabreado, pero no lo consigo imaginar en una concentración del 15-M. El señor banquero es la antítesis de un indignado: no parece tener problema de vivienda, está del otro lado de la mesa cuando hay impago de la hipoteca y la crisis lo encontró ya instalado cuando asomó con sus incertidumbres de empleo. Tampoco es fácil imaginar a Botín en una tienda de campaña en una protesta contra el sistema. Y menos, contra el sistema financiero.

Sin embargo, ambos personajes han coincidido en denunciar algo que moviliza a los indignados: los proyectos de refinanciación de la banca con dinero público. Botín, si no lo entendí mal, porque considera que esas ayudas, si son indiscriminadas, premian al mal gestor que, con su impericia, ha provocado la crisis financiera. González, porque entiende que los ciudadanos no están dispuestos a aceptar que los gobiernos paguen con sus impuestos otro rescate bancario.

Les propongo una reflexión mínima sobre esto, porque se está incubando un estado de opinión que ahora apadrinan los personajes citados. Ese estado de opinión dice que siempre hay dinero para proteger al poderoso y siempre faltan recursos para ayudar al débil. Quizá les suene como sonido de fondo de las manifestaciones: a la banca se le ayuda, al parado se le abandona. No es cuestión de debatir la cantidad de demagogia que existe en esos eslóganes que Aznar llamaría pancarteros: en toda protesta hay demagogia. Es cuestión de anotar que ese estado de opinión existe, y a un desahuciado no le intenten explicar lo necesaria que es la banca para la economía.

Añada usted otros ingredientes para componer el explosivo: los finiquitos escandalosos de algunos directivos de cajas de ahorros; la rapidez con que se encuentran miles de millones de euros para que el FROB salve a cajas ruinosas que no supieron fusionarse o no pudieron hacerlo por razón política; la correspondiente dificultad para encontrar recursos que eviten el cierre de camas hospitalarias; el devaneo indecente de los dirigentes europeos, que no saben salir del embrollo de la deuda y hacen temer al ciudadano que será él quien pague todo a través de impuestos o recortes...

Y añadan, por último, un pequeño detalle que publicó La Vanguardia:el lujo vive su mejor momento a pesar de la crisis. Mientras se duplican los ciudadanos que necesitan el auxilio de Cáritas, los más ricos gastan con ostentación y descaro. No me acusen, por favor, de mezclar ajos con cebollas. Sólo intento sumar noticias de un día para explicar estados de opinión; para pedir que nadie se extrañe de que haya tantos indignados y tantas protestas de indignados. Y todavía hay dirigentes que piensan que esto se arregla con inyecciones fabulosas a la banca. Serán inyecciones a la indignación.

20-X-11, Fernando Ónega, lavanguardia