ŽEmpiezan muy malŽ, Pilar Rahola

Dice la Constitución que los partidos políticos son garantes de la democracia, pero es evidente que su estructura es muy poco democrática. Es decir, aquellos que deben tutelar los valores de una sociedad libre, se configuran con poca libertad.

Recordemos algunos ítems significativos: listas cerradas, comisarios políticos, financiación opaca. Como ya he escrito, los partidos políticos no están estructurados para que lleguen los mejores a la política, sino para que vivan felices los mediocres y los serviles. Pero lo peor no es que se organicen de forma tan cerril, sino que intentan erosionar la libertad de que goza la propia sociedad, convencidos de que son una especie de déspotas ilustrados que deben guiarnos más allá de nuestras voluntades. El ejemplo más rotundo de lo que digo es la campaña electoral recién estrenada, émula de las miserias del resto de campañas vividas. Una vez más, sin vocación de enmienda sino al contrario, con doble ración, los partidos políticos han decidido ningunear al cuarto poder, ese otro garante de la democracia que es la libertad de información, y han intentado convertir a los periodistas en meros transmisores de propaganda. Ello es especialmente sangrante en radio y televisión, donde deben comerse bloques electorales infumables y píldoras informativas enviadas por los propios partidos. ¿En qué país libre se ha visto que las únicas imágenes que tenga la televisión para informar de un mitin político, sean las que ha enviado el propio partido? "Canal institucional" le llaman eufemísticamente, por no llamarle "canal de transmisión ideológica".

En la era del Twitter y el resto de redes sociales, justo cuando la información vuela a velocidad de la luz, resulta que los periodistas no pueden grabar las imágenes que consideren oportunas de aquellos que quieren gobernar un país. Y si hablamos de debates, el sonrojo llega a la categoría de vergüenza colectiva. Mientras podemos ver por los canales internacionales las decenas de debates que tienen los candidatos presidenciales de otros países - Hillary y Obama tuvieron más de un centenar-,aquí debemos conformarnos con alguna pieza suelta, hipertutelada, sobresaturada de condiciones y exenta de cualquier atisbo de libertad periodística. Y con los comisarios políticos de turno pactando hasta el color de la corbata. El tratamiento de la información que los partidos políticos intentan imponer a los periodistas es un insulto a la libertad informativa y una falta de respeto a los profesionales, a los que tratan como si fueran menores de edad. ¡Quiénes son ellos para imponer las reglas de juego de la información! Esto no tiene nada que ver con la pluralidad, sólo tiene que ver con los intereses de los partidos, cuya inmadurez, miedo e instinto de dominio quedan bien patentes. La cuestión, sin embargo, no es por qué lo hacen. La cuestión es por qué lo permitimos.

5-XI-11, Pilar Rahola, lavanguardia