´El cara a cara devalúa la democracia ´, Sergi Pāmies

El valor político del cara a cara del lunes fue nulo y, en cualquier caso, continuista. El abismo entre la situación económica y la retórica electoral sobre las posibles soluciones pone los pelos de punta. Recuerda esas películas japonesas de terror apocalíptico en las que, para luchar contra un monstruo de las dimensiones de Godzila, los ciudadanos salen a la calle con palos y escopetas de perdigones. Cuando llega la próxima ola de malestar (azuzada por la secuencia programada y repetitiva de a) crisis energética provocada por conflictos entre chiítas y sunitas, b) ataques de piratería financiera organizada o c) rebrotes de terrorismo), la esgrima dialéctica de Rajoy y Rubalcaba será arrasada por la monstruosa realidad. Hablan de recortes cuando lo que se impondrá será la amputación, empezando por estructuras tan artificiales y discutibles como la Academia de la Televisión. Lo llamamos cara a cara,pero, puestos a ser rigurosos, deberíamos llamarlo Espalda a espalda.Incomprensiblemente, hemos aceptado que los partidos pacten el sumario de temas y que el periodismo sea secuestrado por la hiperactividad censora de las maquinarias asesoras (la imagen de Elena Valenciano posando ante los fotógrafos como si estuviera en la alfombra roja de Cannes es la expresión más gráfica de la confusión de vanidades que ha podrido los valores progresistas y un castigo para el periodismo, que debe tragarse la arrogancia de esos cortesanos de la política, que tanto devalúan la democracia).

El valor escenográfico del cara a cara,en cambio, fue sintomático y aleccionador. Atinadamente, algunos analistas han hablado de la España del Cuéntame.Pero el escenario también nos trasladó a otras iconografías totalitarias. La distancia kilométrica entre interlocutores y las proporciones del espacio - que transforma a los protagonistas en hormiguitas insignificantes de dibujo de Quino-parecían rememorar la televisión rumana de Ceaucescu, o el unipersonalismo pop de Kim Il Sun. El anacronismo futurista necesitaba de un capitán a lo Star Trek, con pijama y supurando verborrea kinglon.

El espectáculo fue políticamente inútil y periodísticamente deprimente (como el moderador tenía las manos atadas por los comandos de asesores, ¡Rubalcaba tuvo que hacer de periodista!). Televisiva y políticamente, fue una noche triste. La única utilidad del cara a cara:ayudarnos a entender que hoy Godzila está más cerca que ayer.

9-XI-11, Sergi Pàmies, lavanguardia