´Movimientos nacionales´, Carles Castro

Hubo un tiempo en que Jordi Pujol  aparecía como un verdadero referente para la derecha española. La admiración alcanzó tal punto que José María Aznar llegó a ofrecer al líder nacionalista la presidencia del Gobierno español si esa fórmula permitía desalojar al PSOE del poder. Ocurrió en noviembre de 1992 y la explicación es sencilla: el president venía revelándose desde la década de los ochenta como un experto en derrotar a los socialistas cuando estos parecían imbatibles. El secreto, grosso modo, consistía en camuflar los dilemas ideológicos del electorado tras el reclamo de la identidad nacional, de modo que la disyuntiva dominante se reducía a elegir entre el partido que defendía a Catalunya y todos los demás. Y el acierto de esa estrategia se aprecia en los 23 años ininterrumpidos en el poder y en su recuperación por los herederos de Pujol tras una travesía del desierto relativamente breve.

La exportación de esa receta al resto de España - un país con una mayoría potencial de centro-izquierda y en cuyos comicios venían prevaleciendo los dilemas ideológicos-se perfiló a finales de los ochenta como la única esperanza posible para el centroderecha español. Es decir, para competir eficazmente con el PSOE, el PP necesitaba introducir en el escenario político otros temas de confrontación que fuesen más allá de la divisoria izquierda-derecha. Su problema era que ninguno de los líderes populares tenía el carisma y la sutileza de Pujol o su capacidad de ridiculizar a la izquierda, a lo que había que añadir otro factor: el presidente catalán tenía el flanco derecho cubierto por otra formación - el propio PP en Catalunya-y esa circunstancia le permitía rentables incursiones en el centroizquierda, sin riesgo de pérdidas relevantes por la derecha.

A partir de tan sensibles diferencias de partida, el PP empezó a aplicar a su manera la estrategia identitaria para presentarse como el único partido que defiende a España y su unidad, frente a un PSOE "rendido" a los nacionalismos "egoísta". El resultado de esa estrategia, desde el punto de vista electoral y a la luz del actual mapa territorial, ha sido muy productivo (con la excepción nada desdeñable de Catalunya, hasta el momento). Eso sí, los daños colaterales sobre la cohesión y la convivencia entre las distintas Españas son bastante visibles. Y es que el enfrentamiento entre territorios a cuenta de las aspiraciones de autogobierno de nacionalidades históricas como Catalunya ha dejado heridas aún abiertas.

Posteriormente, los populares se encontraron, sin embargo, con nuevas realidades que han jugado a favor de su apuesta por explotar electoralmente los conflictos horizontales, frente a la especialidad de la izquierda en explotar el conflicto vertical (ricos frente a pobres, poderosos frente a gente corriente, etc.). Y la principal de esas realidades ha sido una inmigración masiva, que en apenas una legislatura con el PP en el Gobierno creció en un millón de personas y que en el 2004 sumaba un total de tres millones.

La gran habilidad de los populares fue que, a pesar de ser ellos los que gobernaban mientras el país acogía a centenares de miles de extranjeros sin regularizar, consiguieron aparecer como el partido con una postura más firme y restrictiva frente a la inmigración e incluso como los defensores de los derechos de los españoles frente a los foráneos.

Este conjunto de percepciones se debilitó en el 2004, de modo que el autoritarismo de Aznar llegó a aparecer en los sondeos como un factor de crispación y deterioro de la convivencia. Sin embargo, la política del Gobierno de Zapatero - y en especial su agenda territorial y su gestión retórica de la inmigración-permitieron al PP sintonizar de nuevo con las inquietudes de buena parte de las clases medias.

La prueba de ese reencuentro se apreció en el avance electoral que registró el PP en las elecciones generales del 2008. La contrapartida fue su derrota en la España periférica, aunque neutralizada por su consolidación como fuerza hiperhegemónica en el centro y Levante. Ahora, después de casi cuatro años de crisis económica capaz de disolver la lealtad electoral hacia cualquier gobierno y de acentuar la creencia desesperada en alternativas providenciales, los réditos de la estrategia popular se acrecientan: no sólo refuerza sus apoyos en los territorios leales sino también en las provincias hostiles.

La previsible magnitud de la victoria popular el próximo día 20 podría asegurar al centro-derecha español décadas en el Gobierno... el problema de haber sustituido la confrontación ideológica por la identitaria es que la segunda resulta más difícil de gobernar. La primera ha conseguido embridarse mediante la alternancia y los consensos básicos sobre el modelo de sociedad. La segunda, en cambio, es explosiva y emocional y puede conducir a la polarización social y a verdaderos callejones sin salida.

12-XI-11, C. Castro, lavanguardia