´¿Democracia en el Congo?´, Charles Tannock

Las elecciones transparentes, imparciales y libres ya no son ninguna novedad en África.Sin embargo, es probable que las elecciones presidenciales y legislativas que se celebran hoy en la República Democrática del Congo (RDC) constituyan el mayor reto electoral al que se ha enfrentado hasta ahora el continente africano. Si los comicios tienen un desenlace satisfactorio, los demócratas y las normas democráticas recibirán un fuerte impulso en todos los rincones del continente.

LaRDC es un país inmenso y mal comunicado cuya geografía constituye por sí sola un obstáculo formidable para la celebración de elecciones de acuerdo con unos parámetros reconocidos de modo internacional. Tiene el tamaño de Europa occidental, está cubierto en buena parte por una espesa selva y lo atraviesan el río epónimo y diversos cursos de agua. Por si fuera poco, los obstáculos geográficos se ven exacerbados por los problemas políticos. La RDC carece de tradición de gobierno democrático. Las últimas elecciones, celebradas en el 2006, se vieron empañadas por el boicot de la oposición y por unos procedimientos caóticos. Quizá la única razón por la que la comunidad internacional se declaró relativamente satisfecha con el desarrollo de la votación fue que los donantes internacionales habían contribuido con unos 400 millones de euros a la organización de los comicios.

Las décadas de cleptocracia del ya fallecido Mobutu Sese Seko dejaron prácticamente en la quiebra a ese país rico en recursos naturales y acabaron por engendrar una guerrilla que llevó a Laurent-Désiré Kabila hasta el poder. Tras ser asesinado por parte de sus guardaespaldas, su hijo Joseph Kabila se hizo con la presidencia, un cargo que intenta conservar en estas elecciones. En medio del caos imperante tras la caída de Mobutu, se desató una catastrófica guerra regional en la que participaron tropas de Angola, Ruanda, Uganda y Zimbabue; la competencia por el acceso a los recursos minerales alimentó una contienda que causó la muerte o el desplazamiento de millones de personas, así como unos asesinatos de un magnitud inédita desde la Segunda Guerra Mundial. Las milicias armadas se extendieron por el centro y el oriente del país; hoy ostentan el control absoluto en grandes sectores del territorio y aprovechan las industrias extractivas para financiarse.

Dada la debilidad del Gobierno central frente a las brutales fuerzas de la guerrilla, muchos campesinos se ven obligados a sobrevivir en un entorno peligroso y cruel. La corrupción hace que sus vidas sean aún más precarias. El índice más reciente sobre percepción de la corrupción publicado por Transparencia Internacional sitúa la RDC en el puesto 164 de un total de 178 países.

Resulta fácil culpar de la actual situación al saqueo colonial y la corrupción poscolonial. Joseph Kabila sólo ha hecho esfuerzos simbólicos para combatir la corrupción, quizá porque su permanencia en el cargo depende en gran medida de la generosidad económica y de una red clientelista con que conservar aliados y comprar rivales. En realidad, Kabila ha tenido diez años para invertir la dinámica de pobreza, negocios turbios y mala gestión del país; diez años y una reserva en apariencia interminable de buena voluntad y fondos de donantes internacionales. Los gobiernos occidentales, que contribuyen a las elecciones con 550 millones de euros, harían bien en preguntarse si pueden seguir subvencionando un país con escasos progresos en el ámbito del buen gobierno y el respeto de los derechos humanos.

Por una parte, la UE y EE.UU. se desesperan ante la multitud de fracasos económicos y políticos de la RDC posterior a Mobutu. Por otro, perciben que Kabila es quizá la única figura política capaz de impedir que ese revoltoso país se hunda de nuevo en el caos. Esta ambivalencia podría explicar los encogimientos de hombros ante la noticia de que supuestamente los censos electorales se han hinchado con cientos de miles de nombres falsos. Pero si los dirigentes occidentales pretenden difundir en serio los valores democráticos, no pueden permitirse adoptar una postura fatalista ante la RDC. Si las elecciones discurren de un modo libre, imparcial y transparente, Occidente debería ayudar al ganador a ejercer el legítimo mandato otorgado por el pueblo.

Ahora bien, si las elecciones son fraudulentas, la comunidad internacional debería considerar imponer sanciones contra la RDC. Una de las medidas de que dispone la UE es suspender toda asistencia recurriendo a las disposiciones del acuerdo de Cotonú que rigen las condiciones de la ayuda al desarrollo. La UE siempre se ha mostrado reacia a imponer una rigurosa condicionalidad ligada al respeto de derechos humanos a terceros países receptores de su ayuda económica, pero semejante medida sería muy eficaz a la hora de mejorar la situación de la RDC.

El futuro de la RDC está, en teoría, en manos del sufrido pueblo congoleño. Ojalá pueda expresar sus preferencias en un clima libre de fraude, violencia e intimidación... y ello además porque el desarrollo de estas elecciones tendrá una profunda influencia en todos los demás países de África.La inversión en unos comicios de tanto tiempo y esfuerzo carecerá de sentido si Occidente no está dispuesto a supervisar el resultado, sea cual sea, y a adoptar luego las medidas necesarias.

28-XI-11, CH. TANNOCK, europarlamentario y portavoz de AA. EE. del grupo Conservadores y Reformistas Europeos, lavanguardia