vivero de radicales

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En el interior de las celdas, cuando un islamista, normalmente imberbe, pronunciaba un discurso, solía tratarse de una soflama moral que insistía sobre la depravación de las buenas costumbres y la influencia negativa de Occidente a través de la televisión", confiesa Murad, un ex comerciante de Casablanca, al semanario marroquí Tel Quel, después de haber sido acosado por los salafistas durante su paso por la cárcel.

Tras los atentados de Casablanca, hace ahora tres años, las autoridades marroquíes tomaron sus precauciones sobre el encarcelamiento de los que fueron acusados como cabecillas de movimientos radicales islamistas o que a través de sus discursos en la mezquita invitaban a seguir los pasos de Ossama Bin Laden. Mohamed Fizazi, Abu Hafs y Hassan Ketanni estaban en el punto de mira de los servicios secretos desde hacía tiempo y cuando fueron sentenciados a entre 20 y 30 años de cárcel se les aisló del resto de los presos para que no hicieran proselitismo. En cambio, los más de dos mil presuntos islamistas detenidos por organización de banda armada o por planear atentados contra los bienes públicos comparten celda con presos comunes.

Dris, un traficante que pasó cuatro años en la prisión de Oued Laou, explica que recibió durante todo el tiempo que duró su encarcelamiento donaciones, ropa y pequeños libros religiosos con enseñanzas del islam. Dris también confirma que al salir de la prisión rechazó las propuestas de un islamista que le esperaba en la puerta de la cárcel.

"Mi hijo frecuentaba las mezquitas, pero nunca fue extremista. Hoy veo rencor, odio en su mirada y tengo miedo de que caiga", se inquieta Zahra, la madre de un islamista detenido después de los atentados de Casablanca, en los que 12 kamikazes marroquíes del barrio popular de Sidi Moumen atentaron hace tres años contra objetivos occidentales, como la Casa de España, y causaron la muerte de 45 personas.

Que el proselitismo yihadista (a favor de la guerra santa) tiene éxito entre los prisioneros de delitos comunes es una realidad. "Son presa fácil. Durante los años setenta triunfaban los marxistas, hoy lo hacen los salafistas. Para algunos detenidos es la forma de reencontrar una virginidad social, superar el sufrimiento y olvidar el sentimiento de culpa al predisponerse para aceptar con facilidad un discurso islámico basado esencialmente en la moral. Así el delincuente se fabrica una nueva identidad social a bajo coste", analiza el psiquiatra Omar Battas en las páginas de Tel Quel.

Compartir lecturas del Corán, problemas familiares o la rabia por la situación de los "hermanos" iraquíes o palestinos son los lazos en común con los que los islamistas se han asentado en las cárceles del reino marroquí.

En el norte del país, las cárceles de Tánger, Tetuán y Nador son, según la investigación de Tel Quel, el feudo del movimiento radical Al Takfir Ual Hichra (anatema y exilio) que se financia con el tráfico de hachís. Oen las prisiones de Casablanca, La Salé, Meknes o Sidi Kacem, dominadas por los partidarios de la Salafiya Yihadiya, donde comulgan los predicadores más populares del país. Todos se sienten obligados a practicar la daâwa (predicación) "en cualquier lugar y bajo cualquier circunstancia", al margen de privaciones o penas.

"Dos mil islamistas han sido detenidos después del 16 de mayo del 2003. No todos eran terroristas. Hoy están dispuestos a serlo. Y terminarán por salir...", tituló en primera página TelQuel para advertir de la avanzada gestación de la escuela de la yihad que existe en las cárceles de Marruecos.

El odio contenido hacia los servicios secretos que les interrogaron y torturaron a veces durante meses, y hacia las autoridades marroquíes por haber arruinado su humilde vida ordenando redadas arbitrarias en los barrios populares, ha engendrado la actual radicalización de los que antes hacían una vida normal de musulmanes y ha captado a los que no pisaban la mezquita.

Isabel Ramos Rioja, lavanguardia, 18-V-06.