ŽUn faro en el horizonteŽ, Abraham B. Yehoshua

Un faro en el horizonte

Abraham B. Yehoshua, LV, XI-03.


Cuando me enteré de que israelíes y palestinos habían firmado en Jordania un acuerdo totalmente detallado, y acompañado de mapas precisos, sentí una gran emoción. Por primera vez, estábamos delante de un documento que era más que una declaración de principios, ideas, deseos y esperanzas que después cada uno interpreta a su manera, lo que hace que a veces se altere su significado original.

Durante las largas y difíciles conversaciones y discusiones que algunos israelíes valientes iniciaron con los palestinos de la OLP nada más terminar la guerra de Yom Kipur, tuvimos noticias de muchos documentos llenos de buenas intenciones, incluido en cierto sentido el acuerdo de Oslo, que en su mayor parte era un documento que expresaba buenas intenciones más que establecer hechos concluyentes, algo que sí se hizo por ejemplo en el acuerdo de paz con Egipto. Pero, con todo, aún no había surgido en toda la historia del conflicto palestino-israelí un documento tan detallado y preciso como el de ahora, en el que se tratasen todos y cada uno de los aspectos relevantes para alcanzar un acuerdo definitivo de paz entre los dos pueblos, desde el reconocimiento de la esencia del carácter del Estado israelí, hasta todos los detalles sobre cómo actuar en lo que respecta al derecho de retorno y, sobre todo –y eso es lo más importante–, se ha establecido un mapa al detalle, metro a metro, para establecer la frontera entre ambos pueblos con el fin de fijar los límites de cada soberanía teniendo en cuenta la situación actual.

Es cierto que se trata de un documento de carácter privado que no compromete ni al Gobierno israelí ni a la Autoridad Palestina y, por tanto, es tan sólo un modelo para el futuro ya que no tiene ninguna validez desde el punto de vista jurídico y político. No obstante, las personas de ambos lados que han firmado ese documento y sobre todo las que lo firmarán próximamente son personas de gran relevancia; son personalidades muy importantes tanto de la sociedad palestina como israelí: ministros y ex ministros de la Autoridad Nacional Palestina, jefes de la guerrilla de los Tanzim y de Al Fatah, el ex jefe de las fuerzas armadas israelíes, altos cargos del Ejército israelí en la reserva, diputados de la Knesset, antiguos altos funcionarios del Gobierno e intelectuales; y esto es solamente el principio.

La firma personal en el mismo documento –algo que ha despertado la ira de varios de sus críticos– estaba totalmente justificada. Pues la historia nos ha enseñado que este tipo de documentos, incluso aunque estén perfectamente detallados, tiende a ser interpretado de formas diferentes, por lo que conviene sellar el compromiso de los firmantes tanto con respecto al pasado como al futuro, y además, teniendo en cuenta las presiones que los firmantes van a recibir de sus detractores, era necesario registrar las firmas de cada uno. Se trataba de un hecho completamente ético e imprescindible desde el punto de vista político. La idea de comprometerse a través de una firma de puño y letra fue de Sari Nusseibeh y Ami Ayalon y la plasmaron en el documento de acuerdos generales que ambos formularon además en una campaña de recogida de firmas tanto en Israel como en Palestina. En cierto sentido, el documento que ahora se ha firmado en Jordania viene a completar y detallar dicha campaña –llamada “Firmando para la paz”– que desde hace ya varios meses se está llevando a cabo en la sociedad israelí y palestina y que hasta ahora ha conseguido recoger decenas de miles de firmas en ambos lados.

El documento en cuestión es en realidad lo que habría sido la conclusión natural tras la guerra de los Seis Días, según lo aprobado por la comunidad internacional a través de la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU. Esa resolución es la que aparece en los tratados de paz con Egipto y con Jordania, y también en los acuerdos de retirada de tropas con Siria, e incluso en los acuerdos de Oslo. En otras palabras, la iniciativa de Ginebra –así es como se conoce el documento firmado ahora en Jordania– constituye la expresión real de aquella resolución del Consejo de Seguridad, aprobada tanto por Occidente como por el bloque comunista nada más terminar la guerra de los Seis Días, y que además es apoyada por la mayoría de los países del mundo incluidos no pocos países árabes.

Si ambas partes hubiesen aceptado unos acuerdos como los de ahora hace treinta y siete años, se habrían podido poner en práctica fácilmente y sin necesidad de desmantelar los asentamientos judíos que se establecieron después de la guerra; tampoco sería necesario el intercambio de territorios y por supuesto no se habría derramado tantísima sangre. Pero durante años los palestinos se negaron a negociar con los israelíes y a reconocer el Estado de Israel, y después los israelíes empezaron una operación de anexión de facto de los territorios palestinos. Y esa horrenda intromisión en el entramado social de otro pueblo ha provocado muerte y destrucción, algo que se habría evitado si ambos lados hubiesen aceptado hace muchos años un acuerdo como el de ahora.

¿Cuál es el valor práctico de la iniciativa de Ginebra? Pese a que la reacción espontánea de la opinión pública pacifista en Israel ha sido mejor de lo previsto y una primera encuesta demuestra que el 40% acepta el documento, yo no me hago ilusiones y creo que aún queda mucho para que se lleve a la práctica. Actualmente no hay en Israel una auténtica fuerza política que acepte siquiera formalmente las grandes concesiones que se plasman en el documento.

Tras el estallido de la “intifada”, gran parte de la sociedad israelí ya no confía en la sensatez de los palestinos ni en la capacidad de la Autoridad Palestina para garantizar el cese de la violencia y el terrorismo. E incluso aunque en Israel este documento pudiera ser aprobado en un referéndum por una mayoría ajustada, la evacuación de cien mil colonos resultaría muy difícil, y no veo a corto plazo que pueda haber un Gobierno pacifista capaz de materializar una medida tan dura como esa, si no tiene el apoyo masivo del centro y de la derecha moderada. Por eso, la confianza rota entre ambos pueblos ha de arraigar de nuevo y restablecerse lentamente para poder acercarnos al fin del conflicto.

Así pues, el valor de este documento es el de ser la luz de un faro a lo lejos que señala un objetivo muy lejano pero factible. Por supuesto que el verdadero acuerdo de paz que algún día se firme entre el Gobierno de ambos pueblos y que reciba amplias garantías por parte de la comunidad internacional contendrá varios puntos diferentes al documento ahora firmado, pero no obstante la iniciativa de Ginebra le servirá de modelo.

Por consiguiente, este documento, pese a su inviabilidad inmediata, constituye un punto de referencia para todas las medidas que entre tanto se vayan tomando, ya sea con el acuerdo de ambos lados, ya sea bajo tutela internacional, ya sea una medida unilateral israelí como el desmantelamiento de parte de los asentamientos, la creación de una frontera en ciertas zonas y el cambio en la táctica de lucha tras la evacuación de los asentamientos: de una inútil lucha policial contra los terroristas y los hombres de la guerrilla de los grupos fundamentalistas islámicos se pasaría a un enfrentamiento militar frontal, si es necesario, contra toda la población palestina, pues solamente ella es capaz de acabar con el terrorismo y con las hostilidades, algo que hará si se siente motivada política y moralmente gracias al desmantelamiento de los asentamientos y al cese de la ocupación, y movida además por las esperanzas de acuerdo que refleja la iniciativa de Ginebra.

Además, no estamos ante un documento elaborado por unos ingenuos de buena voluntad. Este documento ha sido firmado por militares veteranos tanto israelíes como palestinos, que han llevado a cabo duros enfrentamientos con el otro lado. Pero precisamente los que han empleado la fuerza militar saben mucho mejor que los ciudadanos de a pie las limitaciones y la ineficacia de las medidas militares cuando no hay tras ellas un plan político sensato que tenga una justificación moral para ambos pueblos y para la comunidad internacional.

Entre tanto, ¿qué se puede hacer? Yo creo que sólo una retirada unilateral parcial (sin dividir Jerusalén ni desmantelar los asentamientos más grandes) y la creación de una frontera defensiva clara pueden servir de impulso para restablecer la confianza mutua y reducir significativamente la violencia. No obstante, esas medidas, por muy unilaterales que sean, y sin pretender con eso que se acabe el conflicto, deben orientarse siguiendo la luz del faro que se ve a lo lejos.

Y mientras, muchas personas deben firmar ese documento, incluso aunque muchas no vean en vida su puesta en práctica. El principio que paralizó nuestra vida: “No hay con quien hablar ni nada de lo que hablar” se ha transformado ahora en un sí hay con quien hablar y es posible llegar con él a un acuerdo global basándose en el principio que guía la aspiración de cualquier pueblo: “Plena soberanía dentro de las fronteras de tu identidad”. Y entre tanto, todos aquellos preocupados por el caos y la muerte cada vez mayores en Oriente Medio deben también firmar con su puño y letra este documento. Entiendo que los gobiernos no pueden firmar un documento privado como éste, pero sí están llamados a hacerlo parlamentarios de cualquier país del mundo para que su fuerza sea mayor en la sociedad israelí y en la palestina, como diciendo: si conseguís alcanzar la paz animados por el espíritu de este documento, nosotros por nuestra parte os ayudaremos y respaldaremos.

En más de una ocasión he mostrado mis dudas sobre la voluntad y capacidad de Estados Unidos para hacer que ambos pueblos lleguen a acuerdos, siquiera parciales, y eso debido a su compleja actitud religioso-sentimental hacia Israel. Así pues, me dirijo a los europeos para que apoyen estos acuerdos, y si se prometiese a ambos pueblos que la recompensa por su ratificación sería la entrada de Israel y del Estado palestino en la Unión Europea con un estatus especial, esto contribuiría sin duda a aumentar la pequeña luz del faro que se encendió hace unas semanas junto al mar Muerto, en el lugar más bajo del planeta Tierra.
Cuando me enteré de que israelíes y palestinos habían firmado en Jordania un acuerdo totalmente detallado, y acompañado de mapas precisos, sentí una gran emoción. Por primera vez, estábamos delante de un documento que era más que una declaración de principios, ideas, deseos y esperanzas que después cada uno interpreta a su manera, lo que hace que a veces se altere su significado original.

Durante las largas y difíciles conversaciones y discusiones que algunos israelíes valientes iniciaron con los palestinos de la OLP nada más terminar la guerra de Yom Kipur, tuvimos noticias de muchos documentos llenos de buenas intenciones, incluido en cierto sentido el acuerdo de Oslo, que en su mayor parte era un documento que expresaba buenas intenciones más que establecer hechos concluyentes, algo que sí se hizo por ejemplo en el acuerdo de paz con Egipto. Pero, con todo, aún no había surgido en toda la historia del conflicto palestino-israelí un documento tan detallado y preciso como el de ahora, en el que se tratasen todos y cada uno de los aspectos relevantes para alcanzar un acuerdo definitivo de paz entre los dos pueblos, desde el reconocimiento de la esencia del carácter del Estado israelí, hasta todos los detalles sobre cómo actuar en lo que respecta al derecho de retorno y, sobre todo –y eso es lo más importante–, se ha establecido un mapa al detalle, metro a metro, para establecer la frontera entre ambos pueblos con el fin de fijar los límites de cada soberanía teniendo en cuenta la situación actual.

Es cierto que se trata de un documento de carácter privado que no compromete ni al Gobierno israelí ni a la Autoridad Palestina y, por tanto, es tan sólo un modelo para el futuro ya que no tiene ninguna validez desde el punto de vista jurídico y político. No obstante, las personas de ambos lados que han firmado ese documento y sobre todo las que lo firmarán próximamente son personas de gran relevancia; son personalidades muy importantes tanto de la sociedad palestina como israelí: ministros y ex ministros de la Autoridad Nacional Palestina, jefes de la guerrilla de los Tanzim y de Al Fatah, el ex jefe de las fuerzas armadas israelíes, altos cargos del Ejército israelí en la reserva, diputados de la Knesset, antiguos altos funcionarios del Gobierno e intelectuales; y esto es solamente el principio.

La firma personal en el mismo documento –algo que ha despertado la ira de varios de sus críticos– estaba totalmente justificada. Pues la historia nos ha enseñado que este tipo de documentos, incluso aunque estén perfectamente detallados, tiende a ser interpretado de formas diferentes, por lo que conviene sellar el compromiso de los firmantes tanto con respecto al pasado como al futuro, y además, teniendo en cuenta las presiones que los firmantes van a recibir de sus detractores, era necesario registrar las firmas de cada uno. Se trataba de un hecho completamente ético e imprescindible desde el punto de vista político. La idea de comprometerse a través de una firma de puño y letra fue de Sari Nusseibeh y Ami Ayalon y la plasmaron en el documento de acuerdos generales que ambos formularon además en una campaña de recogida de firmas tanto en Israel como en Palestina. En cierto sentido, el documento que ahora se ha firmado en Jordania viene a completar y detallar dicha campaña –llamada “Firmando para la paz”– que desde hace ya varios meses se está llevando a cabo en la sociedad israelí y palestina y que hasta ahora ha conseguido recoger decenas de miles de firmas en ambos lados.

El documento en cuestión es en realidad lo que habría sido la conclusión natural tras la guerra de los Seis Días, según lo aprobado por la comunidad internacional a través de la resolución 242 del Consejo de Seguridad de la ONU. Esa resolución es la que aparece en los tratados de paz con Egipto y con Jordania, y también en los acuerdos de retirada de tropas con Siria, e incluso en los acuerdos de Oslo. En otras palabras, la iniciativa de Ginebra –así es como se conoce el documento firmado ahora en Jordania– constituye la expresión real de aquella resolución del Consejo de Seguridad, aprobada tanto por Occidente como por el bloque comunista nada más terminar la guerra de los Seis Días, y que además es apoyada por la mayoría de los países del mundo incluidos no pocos países árabes.

Si ambas partes hubiesen aceptado unos acuerdos como los de ahora hace treinta y siete años, se habrían podido poner en práctica fácilmente y sin necesidad de desmantelar los asentamientos judíos que se establecieron después de la guerra; tampoco sería necesario el intercambio de territorios y por supuesto no se habría derramado tantísima sangre. Pero durante años los palestinos se negaron a negociar con los israelíes y a reconocer el Estado de Israel, y después los israelíes empezaron una operación de anexión de facto de los territorios palestinos. Y esa horrenda intromisión en el entramado social de otro pueblo ha provocado muerte y destrucción, algo que se habría evitado si ambos lados hubiesen aceptado hace muchos años un acuerdo como el de ahora.

¿Cuál es el valor práctico de la iniciativa de Ginebra? Pese a que la reacción espontánea de la opinión pública pacifista en Israel ha sido mejor de lo previsto y una primera encuesta demuestra que el 40% acepta el documento, yo no me hago ilusiones y creo que aún queda mucho para que se lleve a la práctica. Actualmente no hay en Israel una auténtica fuerza política que acepte siquiera formalmente las grandes concesiones que se plasman en el documento.

Tras el estallido de la “intifada”, gran parte de la sociedad israelí ya no confía en la sensatez de los palestinos ni en la capacidad de la Autoridad Palestina para garantizar el cese de la violencia y el terrorismo. E incluso aunque en Israel este documento pudiera ser aprobado en un referéndum por una mayoría ajustada, la evacuación de cien mil colonos resultaría muy difícil, y no veo a corto plazo que pueda haber un Gobierno pacifista capaz de materializar una medida tan dura como esa, si no tiene el apoyo masivo del centro y de la derecha moderada. Por eso, la confianza rota entre ambos pueblos ha de arraigar de nuevo y restablecerse lentamente para poder acercarnos al fin del conflicto.

Así pues, el valor de este documento es el de ser la luz de un faro a lo lejos que señala un objetivo muy lejano pero factible. Por supuesto que el verdadero acuerdo de paz que algún día se firme entre el Gobierno de ambos pueblos y que reciba amplias garantías por parte de la comunidad internacional contendrá varios puntos diferentes al documento ahora firmado, pero no obstante la iniciativa de Ginebra le servirá de modelo.

Por consiguiente, este documento, pese a su inviabilidad inmediata, constituye un punto de referencia para todas las medidas que entre tanto se vayan tomando, ya sea con el acuerdo de ambos lados, ya sea bajo tutela internacional, ya sea una medida unilateral israelí como el desmantelamiento de parte de los asentamientos, la creación de una frontera en ciertas zonas y el cambio en la táctica de lucha tras la evacuación de los asentamientos: de una inútil lucha policial contra los terroristas y los hombres de la guerrilla de los grupos fundamentalistas islámicos se pasaría a un enfrentamiento militar frontal, si es necesario, contra toda la población palestina, pues solamente ella es capaz de acabar con el terrorismo y con las hostilidades, algo que hará si se siente motivada política y moralmente gracias al desmantelamiento de los asentamientos y al cese de la ocupación, y movida además por las esperanzas de acuerdo que refleja la iniciativa de Ginebra.

Además, no estamos ante un documento elaborado por unos ingenuos de buena voluntad. Este documento ha sido firmado por militares veteranos tanto israelíes como palestinos, que han llevado a cabo duros enfrentamientos con el otro lado. Pero precisamente los que han empleado la fuerza militar saben mucho mejor que los ciudadanos de a pie las limitaciones y la ineficacia de las medidas militares cuando no hay tras ellas un plan político sensato que tenga una justificación moral para ambos pueblos y para la comunidad internacional.

Entre tanto, ¿qué se puede hacer? Yo creo que sólo una retirada unilateral parcial (sin dividir Jerusalén ni desmantelar los asentamientos más grandes) y la creación de una frontera defensiva clara pueden servir de impulso para restablecer la confianza mutua y reducir significativamente la violencia. No obstante, esas medidas, por muy unilaterales que sean, y sin pretender con eso que se acabe el conflicto, deben orientarse siguiendo la luz del faro que se ve a lo lejos.

Y mientras, muchas personas deben firmar ese documento, incluso aunque muchas no vean en vida su puesta en práctica. El principio que paralizó nuestra vida: “No hay con quien hablar ni nada de lo que hablar” se ha transformado ahora en un sí hay con quien hablar y es posible llegar con él a un acuerdo global basándose en el principio que guía la aspiración de cualquier pueblo: “Plena soberanía dentro de las fronteras de tu identidad”. Y entre tanto, todos aquellos preocupados por el caos y la muerte cada vez mayores en Oriente Medio deben también firmar con su puño y letra este documento. Entiendo que los gobiernos no pueden firmar un documento privado como éste, pero sí están llamados a hacerlo parlamentarios de cualquier país del mundo para que su fuerza sea mayor en la sociedad israelí y en la palestina, como diciendo: si conseguís alcanzar la paz animados por el espíritu de este documento, nosotros por nuestra parte os ayudaremos y respaldaremos.

En más de una ocasión he mostrado mis dudas sobre la voluntad y capacidad de Estados Unidos para hacer que ambos pueblos lleguen a acuerdos, siquiera parciales, y eso debido a su compleja actitud religioso-sentimental hacia Israel. Así pues, me dirijo a los europeos para que apoyen estos acuerdos, y si se prometiese a ambos pueblos que la recompensa por su ratificación sería la entrada de Israel y del Estado palestino en la Unión Europea con un estatus especial, esto contribuiría sin duda a aumentar la pequeña luz del faro que se encendió hace unas semanas junto al mar Muerto, en el lugar más bajo del planeta Tierra.