ser Wolfowitz en Espaņa

ser Wolfowitz en España

Rafael L. Bardají, subdirector de Investigación y Análisis del Real Instituto Elcano, y ex asesor de los ministros de Defensa Eduardo Serra y Federico Trillo-Figueroa

No es fácil ser neoconservador en España. Aquí el término “neocon” se utiliza como un insulto o como una forma de descalificación y desprestigio. Y, sin embargo, mis amigos americanos como Bill Kristol bromean pensando que la España de José María Aznar es el paraíso “neocon” hecho realidad. Desconocen que en nuestro país política e ideología quedaron radicalmente separadas hace años y que si alguien pretende jugar con los valores por encima del pragmatismo ramplón, cuando más, se atreve a presentarse como liberal. Y es que afuera sólo llega la imagen de un presidente cuya política se basa en principios y no sólo en intereses estrechamente definidos, la de una persona firme y, como al mismo Aznar le gusta decir, seria. Y eso, aunque no se pueda contar abiertamente por estos lares, son características muy queridas de los neoconservadores norteamericanos.

Por razones obvias de nuestra cultura política ningún cargo arriesgaría su futuro reconociéndose públicamente como un “neocon”. Sería crucificado rápida e implacablemente por extremista, aventurero, militarista, desestabilizador y visionario. Pero para quienes sí pueden y quieren admitirlo porque no les va en ello su vida política, lejos de ver en esos calificativos algo que repudiar, entienden que vivimos en tiempos revolucionarios donde los cambios se pueden hacer para bien de todos sin tener que vivir atemorizados por ellos. Los cambios conllevan riesgos, pero también grandes oportunidades.

Encararlos apropiadamente. Y para ello, si la necesidad de contar con una acción exterior consensuada lleva a la parálisis, el consenso en política exterior deja de ser deseable. La historia no nos espera. Por tanto, si el Gobierno cuenta con los apoyos políticos y parlamentarios suficientes, debe asumir la responsabilidad de actuar. Así ha ocurrido con la crisis de Iraq, donde el presidente de Gobierno corrió importantes riesgos por cargar con lo que creía era su deber.

También es el desarrollo de una política exterior sustentada en claros principios y no exclusivamente en intereses. Al Gobierno se le critica por ir y estar en Iraq si con eso obtiene contratos para las empresas españolas, por interesado y egoísta, pero también si no los obtiene, por ser el tonto útil de otros países. La cultura del chalaneo y el acomodo fácil no puede entender la defensa de ciertos principios. La extensión de la democracia, como el sistema más adecuado para la realización de las personas y la paz internacional no es ya un capricho. En un mundo turbulento, en el que unos pocos individuos pueden causar daños catastróficos gracias al cruce de terrorismo y armas de destrucción de masas, el cambio de régimen a la democracia se vuelve un imperativo de la humanidad.

En tercer lugar, la democratización puede y debe hacerse por la fuerza, cuando las circunstancias así lo permitan o lo exijan. Saddam ha sido derrocado porque se negó a abandonar su ambición de dotarse de sistemas nucleares y otros. Pero nadie duda de que un Iraq democrático será un valor añadido de incalculable importancia para el futuro del mundo árabe y para sus relaciones con nosotros.

Con estos supuestos se puede entender por qué los “neocons” son vistos con preocupación tanto en la derecha, nada acostumbrada a otra cosa que no fuera la defensa del pasado, y en la izquierda, quien siempre se ha presentado como la detentadora del futuro y de la ética y que no puede admitir verse desbancada como supuesta fuerza motora del progreso y el bienestar sin distingos geográficos, religiosos o culturales.

España ha despertado como una nación que vuelve a jugar en el tablero internacional. Los “neocons” españoles, que los hay, han sido tal vez los únicos capaces de presentar un curso de acción coherente para las circunstancias del momento. Esas circunstancias eran especiales y seguro que no se repetirán en mucho tiempo, y los “neocons” tendrán que abandonar ese paraíso con el que bromean mis amigos. Ellos, cuando Bush sea reelegido, no.

26-XI-2003, lavanguardia-cultura/s