La CIA no erró sobre Iraq: fue substituida

La CIA no erró sobre Iraq: fue substituida

William R. Polk, LV, 11-II-2004.

Mientras George J. Tenet, director de la CIA, se esfuerza en Washington por demostrar que su organismo no exageró el peligro que suponía Iraq para Estados Unidos, los soldados estadounidenses no dejan de ser objeto de ataques sobre el terreno por todo el país. La mala interpretación es evidente en ambas situaciones. No entender un curso similar de los acontecimientos en Vietnam costó miles de vidas estadounidenses y miles de millones de dólares. Vale la pena, pues, intentar alcanzar una interpretación de los problemas tan precisa como nos sea posible.

Analicemos primero las cuestiones de los servicios de inteligencia. En su discurso pronunciado el pasado 5 de febrero en la Universidad de Georgetown, Tenet fue franco sobre lo que consideraba como cuestión central: el análisis ofrecido por su agencia daba “generalmente en el blanco” y sus consejos al presidente iban acompañados de la salvedad de que todos los datos de los servicios de inteligencia debían considerarse sólo como una “estimación”. También se refirió a las visitas sin precedentes y muy comentadas en la prensa del vicepresidente Dick Cheney para “debatir” las apreciaciones con analistas de la CIA. Los funcionarios de dicho organismo las percibieron como intentos de hacerles decir lo que el Gobierno deseaba oír y no lo que sostenían sus análisis. Ha tenido que ser personalmente incómodo y profesionalmente inquietante para Tenet, pero el caso es que en su discurso vino a negar que fuera así.

En dicha alocución, Tenet eludió con sumo cuidado el problema central. El problema no es que la CIA se equivocara, sino que fuera sustituida. Fue sustituida por una nueva oficina creada para que proporcionara más “apoyo” a la ya decidida dirección política. Esta Oficina de Planes Especiales se creó bajo la égida del vicesecretario de Defensa Paul Wolfowitz y el subsecretario Douglas Feith. A las órdenes de Stephen Cambone, subsecretario de Defensa para Asuntos de Inteligencia y el hombre que tomó la iniciativa en la campaña para justificar el ataque contra Iraq, se encontraba Abram Shulsky, uno de los más importantes pero menos conocidos miembros de la pequeña banda de los neoconservadores.

La organización de Shulsky tenía como objetivo esencial ocupar el lugar de todo el sistema de inteligencia estadounidense. Aunque no se haya admitido nunca, su tarea consistía en la práctica en demostrar la acusación promovida de modo agresivo por el vicepresidente Cheney de que Saddam Hussein, junto con su aliado Ossama Bin Laden, estaba preparado para atacar Estados Unidos con un arsenal de armas de destrucción masiva. Éste fue el análisis de inteligencia alternativo que escucharon quienes tomaron las decisiones. Y éste ha sido el análisis alternativo que Tenet ha evitado con sumo cuidado comentar.

Mientras tanto, sobre el terreno, en Iraq se produce un omnipresente fracaso de los análisis de inteligencia que puede, a largo plazo, resultar aún más costoso para los estadounidenses. En pocas palabras, se trata de lo que está ocurriendo de verdad en ese país. La suposición ha sido que sólo un pequeño grupo de “baasistas irreductibles” se oponen a los estadounidenses y que, una vez eliminados por los grupos de “búsqueda y aniquilamiento”, la “seguridad” quedará garantizada.

Si estudiamos el fracaso más doloroso de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, Vietnam, descubriremos una analogía. Dicho sin rodeos, pensábamos que podíamos hacerles hacer lo que quisiéramos a base de tiros y bombas. Veíamos lo que queríamos ver y nunca nos preocupamos por hacernos las preguntas fundamentales acerca de lo que querían las personas del otro bando, cómo actuaban y cómo encajábamos nosotros en su mundo.

Durante ese periodo, fui miembro del Consejo de Planificación de Políticas. Para mi desesperación, me encontré con que, a pesar de haber reunido más información sobre ese pequeño país de la que había reunido jamás un gobierno sobre país alguno, carecíamos de criterios para separar los datos importantes de los que sólo eran interesantes. Por ello, ante el compromiso de tener que pronunciar un discurso ante la Escuela Nacional de Guerra, leí cuanto encontré sobre la guerra de guerrillas en todo el mundo y elaboré a partir de esas experiencias un “modelo” analítico.

En esencia, descubrí que la guerra de guerrillas se componía de tres elementos. Primero, los guerrilleros deben establecer sus credenciales, obtener legitimidad, porque tienen que pedir sacrificios a quienes dirigirán. Es algo que suelen llevar a cabo presentándose como nacionalistas que se oponen a unos imperialistas extranjeros: yugoslavos contra alemanes, griegos contra alemanes e italianos, irlandeses contra británicos, argelinos contra franceses, sionistas contra británicos, chinos contra japoneses, vietnamitas contra franceses primero y luego contra estadounidenses, etcétera.

Una vez obtenida la legitimidad, los movimientos guerrilleros están en condiciones de dar el segundo paso: sustituir la Administración de aquellos a quienes derrocarán. En Vietnam, durante la década de 1950, como mostraban los informes policiales que investigué, el Vietminh eliminó la Administración instalada por los franceses en todas partes salvo en las principales ciudades y la reemplazó por una propia. En Grecia, Yugoslavia y otros lugares los guerrilleros hicieron lo mismo. Incluso donde los guerrilleros son demasiado débiles para proporcionar servicios, como en el caso de Irlanda del Norte, afirman su derecho a exigir contribuciones (“impuestos”) y protección (poder policial y justicia), de manera que reclaman un derecho a ejercer una administración.

Cuando han establecido sus credenciales nacionalistas y asumido al menos algunos atributos de gobierno, los guerrilleros han ganado, según mis cálculos, un 95 por ciento de la campaña. Como escribió el estadista estadounidense John Adams a Thomas Jefferson a propósito de la revolución norteamericana, nuestra guerra de guerrillas contra los británicos, la verdadera revolución se produjo mucho antes de el estallido de los combates, que “no fueron parte de la revolución; sólo un efecto y una consecuencia”. La fuerza militar es la parte fea del asunto.

La fuerza es importante, sin duda, pero no suele serlo por lo que creen quienes se oponen a los guerrilleros. Los extranjeros consideran el uso de la fuerza como una forma de crear “seguridad”. Sin embargo, los guerrilleros victoriosos son los que aprendieron a utilizar en provecho propio, como en el jiujitsu, la fuerza del enemigo. Empujan a los extranjeros a acciones que son dolorosas o espantosas para los nativos y con ello debilitan sus reivindicaciones a la legitimidad. En Vietnam, por ejemplo, los cuadros del Vietminh disparaban contra aviones estadounidenses, lo cual provocaba el bombardeo de los poblados. A continuación volvían para preguntar retóricamente a los aldeanos asustados o heridos: “¿Sois amigos de quienes han destruido vuestras casas y matado a vuestros familiares?”.

Los modelos nunca son exactos; siempre hay excepciones. De modo que el modelo que construí para Vietnam sólo es indicativo. Pero las semejanzas y las diferencias con nuestro caso actual son instructivas.

Tomemos ante todo la cuestión de la legitimidad. Hasta ahora al menos, los iraquíes parecen estar bastante divididos, de modo que no hay nada parecido al nacionalismo sin fisuras exhibido en muchas guerras de guerrillas. Ahora bien, en muchas de ellas vemos que en las primeras etapas el nacionalismo estaba dividido y era débil. Tampoco existe una dirección unificada como en Vietnam; de todos modos, en Yugoslavia, Grecia y Argelia la dirección unificada sólo apareció al final de la lucha. Todos los grupos tenían un objetivo principal: expulsar a los extranjeros. Y, a pesar de los matices, éste es claramente el objetivo de al menos los árabes suníes y chiitas, que constituyen alrededor del 75 por ciento de la población. Los kurdos se inhiben por temor a una probable invasión turca si los estadounidenses abandonan de repente el país, pero su miedo no es equiparable a un sentimiento proestadounidense. Ni en sueños podríamos lograr la legitimidad nosotros solos. Expulsar al extranjero es la esencia del nacionalismo.

En el ámbito de la Administración, he-mos demostrado ser incapaces de volver a poner en pie la que hemos destruido; y también hemos fracasado a la hora de proporcionar servicios mínimos al grueso de la población iraquí.

Por último, nos encontramos ahora discutiendo –como pasó en la guerra de Vietnam– el menos importante de los tres elementos, la fuerza militar. Y no con mucho éxito: hemos padecido más bajas en los meses posteriores a la invasión que en los tres primeros años de nuestra intervención en Vietnam. ¿Es posible creer de verdad que las cosas van a mejorar?

Entonces, ¿qué cabe esperar? La respuesta breve es la derrota. Se trata de una píldora amarga, que ningún dirigente político estará dispuesto a tragar; sobre todo en un año electoral. ¿Y cuáles son las otras posibilidades?

La primera es, sencillamente, la dilación. La expresión “en mi guardia, no” procede de los oficiales de la Marina que intentaban evitar cualquier catástrofe de la que pudieran ser responsabilizados personalmente. Habrá una fuerte y comprensible tendencia por parte del Gobierno de Bush a intentar frenar la marea que avanza contra nosotros en Iraq. Tiras y aflojas, negociaciones, evasivas, fomento de las diferencias: así se puede ganar tiempo. Sin embargo, si el tiempo no se utiliza de forma constructiva, el resultado será, como en Vietnam; mucho peor por llegar más tarde.

La segunda posibilidad es sostener un consejo gobernante elegido a dedo. Los británicos consiguieron hacerlo con éxito razonable entre 1919 y 1932. Sin embargo, no hay que olvidar que en esa década apenas había en Iraq una población alfabetizada y políticamente activa. En 1920, menos del 0,5 por ciento de la población estaba escolarizada; ese año, el Estado inauguró dos escuelas secundarias. Una tenía 7 y la otra 27 alumnos. Los británicos se mostraban abiertos en relación con su política. En su informe de 1923-1924 a la Liga de Naciones, escribieron: “En este país sólo es deseable y practicable proporcionar una enseñanza secundaria a unos pocos escogidos”. Incluso al final del mandato británico en el año 1932 el alumno medio fuera de las principales ciudades sólo pasaba dos años en la escuela y sólo 14 de las 154 escuelas entonces existentes tenían seis cursos. Cuando me instalé en Bagdad en 1951, en todo el país sólo había 5 ingenieros mecánicos.

Hoy la situación es completamente diferente. El país posee una de las tasas de alfabetización más elevadas de Oriente Medio y cientos de miles de iraquíes son profesionales muy cualificados. Para continuar con el ejemplo antes mencionado, ahora tiene miles de ingenieros mecánicos. En resumen, los iraquíes no son un pueblo “subdesarrollado”. Debería resultar evidente que no es posible engañarlos con una fachada en lugar de un gobierno de verdad.

La tercera posibilidad no es sencilla y no será fácil, pero es la única que ofrece a Estados Unidos una oportunidad de salir de Iraq de forma menos ignominiosa de lo que lo hicimos en Vietnam. Esta política puede dividirse en principios y procesos.

Entre los principios que tenemos establecer de forma muy clara están: 1) que nos iremos; 2) que no nos introduciremos en la economía iraquí para, como los británicos entre 1932 y 1958, gobernar el país tras una fachada nativa; 3) que no nos apoderaremos ni desnacionalizaremos el petróleo iraquí; y 4) que permitiremos, de una forma trasparente, un elevado grado de autodeterminación.

Y entre los procesos: 1) que saldremos del país a toda velocidad sin apresurarnos; 2) que empezaremos en el acto a transferir de forma significativa el poder político; y 3) que actuaremos inmediatamente para atenuar nuestro papel unilateral permitiendo actividades políticas y comerciales serias por parte de otras potencias, así como actividades políticas y de “seguridad” realizadas bajo los auspicios de las Naciones Unidas.

Me atrevo a afirmar que, a pesar de las declaraciones, un punto de vista sensato de lo que está sucediendo de verdad en Iraq indicaría que en la mayor parte de estas cuestiones nuestros actos nos llevan en la dirección contraria.

Tomemos un ejemplo crítico: hemos hablado con aparente orgullo de nuestra creación de un consejo de gobierno provisional.

Sin embargo, puesto que hemos designado a todos los miembros y el consejo carece de poder, los iraquíes lo perciben con un intento de engañarlos mientras seguimos gobernando el país. Quizá algunos sostengan que se trata de una actitud paranoica, pero para alguien que ha estudiado la historia y la política iraquí –como he hecho durante los últimos 50 años– se trata de algo comprensible; eso es justamente lo que hicieron los británicos durante su gobierno del país.

¿Qué otra cosa podríamos haber hecho o podríamos hacer ahora? Considero que el mejor enfoque sería invertir el énfasis que damos al Consejo Nacional y proporcionar dinero y otras formas de reconocimiento y apoyo a grupos de barrio. Es posible ayudarles a conseguir agua potable, recoger de las basuras, abrir clínicas y escuelas, proporcionarles protección contra los robos, etcétera, así como en la representación de sus habitantes ante las autoridades superiores.

Si la actual situación tiene que ser algo más que un paréntesis entre dictadores, la autodeterminación tiene que empezar ahí, en las bases.

Y de ello hay una antigua tradición –musulmana, cristiana y judía– en Oriente Medio. De los barrios de pueblos y ciudades se ha esperado muchas veces que fueran autónomos y mantuvieran instalaciones como escuelas, mercados, baños públicos, clínicas y lugares de culto. Han fijado impuestos y pagado una suma global al Estado; han mantenido sus propios cuerpos de policía, y sus dirigentes han representado a los habitantes ante los gobernantes. Dicho sistema se vio debilitado y en parte sustituido por la modernización, pero quedan algunos elementos y podrían revigorizarse en las circunstancias adecuadas.

Empezar en el nivel de barrio también evita el peligro de corromper el concepto mismo de gobierno democrático, como hicieron los británicos y como estamos haciendo ahora con el consejo de gobierno designado, impotente y manipulado.

Los observadores sensatos, como el fallecido representante de las Naciones Unidas Sergio Vieira de Mello, han comprendido que la clave en Iraq es la soberanía, no la seguridad. Sólo si somos capaces de vencer en el obstáculo de la “percepción” –la extendida creencia según la cual pretendemos quedarnos, controlar la economía, dominar su vida y explotar el petróleo– dejarán los iraquíes en número suficiente de proteger a los guerrilleros y podrán atajarse los ataques. Sólo así podrá alcanzarse la seguridad; el intento de ganar en Iraq mediante la fuerza militar tendrá el mismo resultado que en Vietnam.

Por último, al margen de cómo hemos llegado a la situación en la que nos encontramos ahora en Iraq –ya sea a propósito o por culpa de unos datos defectuosos de los servicios de inteligencia–, debemos enfrentarnos a la probabilidad de que una retirada precipitada provocaría el caos; veríamos una proliferación de las mafias locales (como en Afganistán); pueden producirse matanzas entre comunidades y, ya sea por ambición o miedo, es casi seguro que intervendrían otros estados de Oriente Medio.

Por ello, está claro que tenemos que empezar a poner en práctica una política metódica, inteligente y eficaz en lugar de limitarnos a intentar aplastar toda oposición, sostener fantochadas o sencillamente esperar hasta que pasen las elecciones estadounidenses. El tiempo no está de nuestra parte. Es mejor que nos pongamos manos a la obra.