6- La interminable cruzada neocon

(y) 6- La interminable cruzada neocon
LV, 27/01/2004

En Iraq, la política neoconservadora se ha llevado en gran medida a la práctica. ¿En qué otros lugares buscarán los neoconservadores aplicar el poderío estadounidense? Ya han señalado dos objetivos: Siria e Irán.

El hombre clave en ambos es Michael Ledeen, quien paradójicamente tiene un apellido muy parecido a Ossama Bin Laden. Fue Leeden el autor de una directriz política descarnada pero fundamental: “Cada diez años más o menos, Estados Unidos tiene que elegir algún país de mierda y empujarlo contra la pared, sólo para enseñarle al resto del mundo que vamos en serio” (1).

“Esta doctrina de lo que llaman anticipación o guerra preventiva”, escribió el destacado historiador estadounidense Eric Foner, “es exactamente el mismo razonamiento que utilizaron los japoneses para atacar Pearl Harbor” (2).

Siria es el “país de mierda” que más les gusta odiar a los neoconservadores. Para ellos es importante porque el Gobierno israelí teme ser incapaz de imponer sus condiciones a los palestinos mientras Siria siga siendo una importante potencia árabe. En consecuencia, tal como lo ven Sharon y sus colegas, ahora que Iraq está dominado, el siguiente de la lista debería ser Siria. Es la política propugnada por Richard Perle, Douglas Feith y David Wurmser en su documento de la “ruptura radical” preparado para el Gobierno del Likud. Y en este contexto deben valorarse los últimos ataques aéreos contra objetivos en Siria. Evidentemente, su propósito era advertir al Gobierno sirio de que no apoyara el movimiento de la resistencia palestina.

¿E Irán? Como ha escrito Marc Perelman: “Una coalición en ciernes de halcones conservadores, organizaciones judías y monárquicos iraníes presiona a la Casa Blanca para que redoble los esfuerzos cara a conseguir un cambio de régimen en Irán... La naciente coalición recuerda los preparativos para la invasión de Iraq” (3). En el lugar ocupado por Ahmed Chalabi como candidato de los neoconservadores para gobernar Iraq, el favorito para tomar el poder en Irán es Reza Palhevi, hijo del último sha. El joven pretendiente, por su parte, ha establecido “discretos contactos con altos funcionarios israelíes... el primer ministro Sharon y el antiguo primer ministro Beniamin Netanyahu”.

Como en la campaña iraquí, la publicidad de la nueva aventura es llevada a cabo por “The Weekly Standard”, la revista neoconservadora de William Kristol. Más importante es que Michael Rubin, el especialista del Winep sobre formas de derribar regímenes, se ha unido a la Oficina de Planes Especiales de Abram Shulsky para garantizar que los informes de los servicios de inteligencia corroboran la política neoconservadora. En segundo plano también se ha mostrado activo Michael Ledeen, quien ha afirmado que el actual régimen iraní está a punto de derrumbarse. Sólo necesita un empujón. Deberíamos dárselo, según afirmó en una conferencia pronunciada en el Jinsa el 30 de abril del 2003: “Se acaba el tiempo para la diplomacia; es tiempo de un Irán libre, una Siria libre y un Líbano libre”.

Con patrocinio del Congreso, Ledeen y otros hombres de ideas afines han creado la Coalición para la Democracia en Irán con el objetivo de unir las fuerzas necesarias para conseguir un “cambio de régimen”. Del mismo modo que asesoraron al presidente Bush diciéndole que los iraquíes recibirían a los soldados estadounidenses con flores, los neoconservadores aseguran hoy que los persas cantarán y bailarán por las calles.

La lista de países seleccionados no se acaba en Irán. Los planificadores militares han mencionado también Pakistán, Libia, Somalia y Sudán. Se ha soltado incluso un globo sonda para ver la reacción de una iniciativa contra Arabia Saudí.

Antes de abandonar la presidencia de la Junta de Política de Defensa, Richard Perle convocó una reunión informativa a cargo de un partidario de atacar Arabia Saudí. Laurent Murawiec describió Arabia Saudí como “la raíz del mal, el primer móvil, el oponente más peligroso” de Estados Unidos en Oriente Medio (4). Recomendó que los “funcionarios estadounidenses dieran un ultimátum para que dejara de respaldar el terrorismo o hiciera frente a la toma de los campos petrolíferos y los activos financieros invertidos en Estados Unidos”. Los resultados fueron predecibles: los saudíes retiraron inmediatamente varios centenares de miles de millones de dólares de Estados Unidos y decidieron no permitir que los soldados y aviones estadounidenses operaran contra Iraq desde territorio saudí.

Sin amilanarse, la revista neoconservadora “The Weekly Standard” publicó casi al mismo tiempo que la reunión un artículo titulado “El próximo enfrentamiento saudí”, y ese mensaje fue retomado por la revista del Comité Judío Estadounidense, “Commentary”, con un artículo aún más explícito titulado “Nuestros enemigos, los saudíes”. De todos modos, en parte quizá porque la familia Bush e importantes apoyos empresariales del Gobierno Bush tienen ahí una gran implicación, Arabia Saudí parece haber sido abandonada como objetivo. Sin embargo, quedan muchos objetivos potenciales.

Corea del Norte estaba en los puestos superiores de la lista hasta que resultó evidente el catastrófico coste de una campaña contra ese país. Como se cree que ya posee armas nucleares y como las unidades avanzadas de su Ejército están al alcance de la artillería de la capital surcoreana, Seúl, parece haberse asegurado la inmunidad contra un ataque. En realidad, los más o menos 30.000 soldados estadounidenses estacionados en el país son más rehenes que fuerza disuasoria.

La probable lección que al menos algunos gobiernos extraerán del contraste entre Iraq y Corea es que la “supervivencia del régimen” tiene que conquistarse consiguiendo un arma nuclear del modo más rápido y secreto posible. La posesión de una bomba es el billete de Corea para la seguridad; ser atrapado intentando hacerse con una supuso la condena a muerte de Saddam; muchos creen que podría seguir en el poder de haber esperado a tener una bomba para atacar a Kuwait.

Irán estará hoy sopesando esas lecciones mientras reflexiona sobre su respuesta a los planes de los neoconservadores. Probablemente no se encuentra solo.

Mientras tanto, las tropas estadounidenses ya están implicadas en una prolongada guerra de guerrillas en Filipinas; es posible que participen de modo más intenso en operaciones en Colombia; además, hoy mantienen bases en al menos 14 países africanos y varias decenas más en Asia central y del sur, el Pacífico y América Latina. Éstos son los hechos, pero las fantasías siguen ahí: se dice que las más desenfrenadas incluyen incluso la China continental.

Convertir las fantasías en planes es casi automático: el trabajo de la oficialidad de cualquier ejército es planear contingencias futuras. Sin embargo, convertir los planes en acción exige importantes decisiones políticas. ¿Son siquiera concebibles tales decisiones?

Por supuesto, nadie puede saberlo. Lo que sabemos son dos posiciones contradictorias: por un lado, el mando militar estadounidense ha dicho al Gobierno que la carga es insostenible con fuerzas convencionales. Desea desarrollar armas nucleares “utilizables” para guerras pequeñas. También ha instado a dejar de lado el unilateralismo y que se hagan esfuerzos para aglutinar el apoyo de al menos 70 países. Hasta la fecha, la respuesta ha sido escasa. Como han puesto de manifiesto las encuestas de opinión, la actual política estadounidense es muy impopular en casi todas partes (5).

Puede que incluso sea “insoportable” también financieramente según muchos economistas, incluido el respetado banquero de inversión Felix Rohatyn (6). Como han señalado los historiadores, lo que en última instancia acabó con Roma y otros imperios no fue la derrota militar, sino el derrumbe financiero. Se ha estimado que, en Estados Unidos, el plan diseñado por el neoconservador James Woolsley para la generación de una “guerra permanente” costaría al menos 15 billones de dólares.

¿Tendrá cuidado el presidente Bush?

Los augurios no son favorables.

En un discurso pronunciado en el Instituto Empresarial Americano, llamó a los neoconservadores “algunos de los mejores cerebros de nuestro país”. No obstante, Bush podría cambiar de opinión. A medida que vea el grado de hostilidad engendrado por sus políticas, que aumente la cifra de bajas en Afganistán e Iraq y que se acerquen las elecciones presidenciales, quizá acabe considerando a los neoconservadores como un lastre político.

En última instancia, la opinión pública estadounidense y el señor Bush deben darse cuenta de que, como editorializó la revista neoconservadora “The Economist”, los neoconservadores no son conservadores (7). Son radicales. Sus planes equivalen a una cruzada mundial. Con todas sus connotaciones históricas antimusulmanas, ésa es precisamente la palabra más premeditada para perpetuar el movimiento por la senda deseada por los neoconservadores, una guerra permanente e interminable.

Bush deberá decidir si la opinión pública aceptará esa senda.


(1) Citado por Jonah Goldberg, “Baghdad Delenda Est, Part Two”, “National Review Online”, 23 abril 2002. En www.nationalreview.com
(2) “Columbia Daily Spectator”, 7 noviembre 2002.
(3) Marc Perelman, “Forward”, 16 mayo 2003.
(4) Thomas E. Ricks, “The Washington Post”, 6 agosto 2002.
(5) Los resultados de las encuestas no se publicaron en la prensa estadounidense. Para ello, véase Peter Preston, “Can might alone earn a nation love?”, “The Guardian”, 10 diciembre 2002.
(6) “The Financial Times”, 10 junio 2003. Su artículo no se publicó en Estados Unidos.
(7) Mayo 2003.