´oxímoron´, Enric Juliana

oxímoron

El resentimiento (y el resentimiento contra el resentimiento, esto es, el resentimiento al cuadrado) es una toxina que amenaza constantemente el alma de Catalunya, como ya advirtió Josep Ferrater Mora en “Les formes de la vida catalana”: “El amor exagerado a la propia realidad puede transformase en menosprecio a la realidad de los otros”. La sardana se abre, pero también se cierra.

Y quizá también convenga revisar el mito de que el catalán no es en absoluto violento. Barcelona es la ciudad de la Península que vivió con mayor fulgor e intensidad las agresividades del siglo XX. De la dura experiencia de la Setmana Tràgica, de la revolución y de la Guerra Civil surgió una sociedad pacífica en tanto que autocontenida y escarmentada. Con el freno de mano puesto. Una ira sorda, muy interiorizada –Pujol escarnecido y la sistemática campaña “Maragall borratxo”–, en eso ha consistido, también, el denominado “oasis catalán”, que ahora, cual espejismo, parece desvanecerse.

Quizá sea una excelente noticia su evaporación, si se saben ventilar adecuadamente las agresividades futuras. En las grandes democracias, el altar donde se ofician los rituales del antagonismo es el Parlamento. En este sentido, es muy positivo que el nuevo Govern haya decidido someterse a un mayor control de la Cámara.Los debates serán agrios, la atmósfera será distinta, más eléctrica, pero ello no tiene porque ser negativo para la unidad civil, si se sabe propiciar un mayor diálogo de fondo, un intenso debate cultural de múltiples registros, con una nueva pasión por el estilo y el método. Más antagonismo, pero también más reconocimiento mutuo. He ahí la fórmula, quizá imposible. El oxímoron: los contrarios que se cruzan para crear algo nuevo.

lavanguardia, 31-XII-03