´Seguros La Valenciana´, Enric Juliana

Seguros La Valenciana

La reforma del Estatuto valenciano, aprobada ayer en primera instancia, ha sido concebida como un airbag de la segunda transición española, empleado sea el término con todas las cautelas que exigen tiempos tan raros y dislocados.

Una premisa es necesaria para aquilatar la entente valenciana entre el Partido Popular y el PSOE en el Congreso de los Diputados: es del todo falso que la política española se reduzca a una bronca simple y redundante. A un rudimento. Es dura, agreste, cainita y tiende a despreciar cuanto ignora, pero entiende de cálculos y astucias. Existe un maquiavelismo español. Vaya si existe. Tanto es así que Nicolás Maquiavelo admiraba mucho a César Borgia (hijo predilecto de Alejandro VI, el Papa valenciano que intentó convertir el Estado pontificio en una monarquía hereditaria), pero su verdadero ideal de gobernante fue Fernando el Católico, el de Antequera.

El Estatuto valenciano es el airbag de la segunda transición en la medida en que fue diseñado por los dos grandes partidos para protegerse de las colisiones laterales que pueda provocar el Estatut de Catalunya. Al Partido Popular le permite tener un pie dentro del proceso de reformas mientras Ángel Acebes saluda a las damas del barrio de Salamanca en las mesas petitorias contra la osadía catalana. Y al PSOE le ayuda a mantenerse dentro del perímetro de la igualación, verdadero mito de la España contemporánea, a la vez que ensaya federalismos más o menos asimétricos con sus aliados de Barcelona, audaces de día, prudentes de noche y peleados entre sí sin pausa ni descanso. El Estatuto valenciano fue concebido como un seguro. Si el Estatut acabase provocando un incendio en las demás comunidades, la cláusula Camps se activaría para apagarlo. Nosaltros no serem menys que els catalans, viene a decir la famosa disposición adicional. Ya ocurrió algo similar en los años ochenta: cuando Andalucía también pidió café, Valencia alzó de inmediato la taza.

El Estatuto valenciano permite al PP no quedar totalmente aislado en el tablero de la España plural y al PSOE mantener un asidero con la ardiente España nacional. Hace un par de semanas, sin embargo, el pacto estuvo a punto de romperse por un ramalazo de astucia levantina, por ese viejo nexo entre lo valenciano y lo maquiavélico. Los socialistas estuvieron tentados de llevar a cabo la siguiente jugada: apostar fuerte en favor de la identificación semántica entre catalán y valenciano y rebajar el tope electoral que regula el acceso a las Cortes regionales (del 5% al 3%), en beneficio de los escuálidos catalanistas y de la extrema derecha valencianista, de nuevo al alza.

El PP no podía aceptarlo y se habría visto obligado a rechazar en sede valenciana un Estatuto aprobado en las Cortes por el PSOE, Izquierda Unida, Galeusca al completo y Esquerra Republicana, cantando a coro aquella vieja canción del grupo Al Tall titulada Quan el mal ve d´Almansa. ¡Habría sido la papeleta Camps! Con el aliento de la extrema derecha en la nuca, los populares amenazaron con adelantar la fecha de las fallas y organizar en el lecho del Turia un aquelarre anticatalanista de campeonato. El PSOE consultó a César Borgia y decidió no aventurarse. Las encuestas siguen en ámbar y aún no tienen en Valencia un líder capaz de salir vivo de la mascletá. Al ministro Jordi Sevilla, natural de Castellón, hay quien jura haberle visto calentando en chándal en el estadio de Mestalla.

lavanguardia, 10-II-06