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¿adultos?

Juegan con la play y los hay que también se tragan los programas de pornografía sentimental de las tardes, pero la vuelta al colegio sigue siendo un clásico del ritual familiar, de las costumbres comerciales, de la agenda periodística y del debate político. Mientras en los despachos de la Conselleria d'Educació vuelven a hablar sobre la posibilidad de acortar las vacaciones de verano, desde la Conselleria de Salut han comunicado que, a partir de octubre, se distribuirá la píldora del día después gratis y sin receta en los CAP y urgencias, para disminuir, sobre todo, el número de embarazos no deseados entre adolescentes. La consellera Geli ha remarcado que se aprovechará el suministro de este anticonceptivo de urgencia para informar a las jóvenes sobre la necesidad de usar otros métodos regulares de prevención.

A la vista del creciente número de embarazos juveniles, la decisión de las autoridades autonómicas es comprensible y puede argumentarse como mal menor. El gobierno de una sociedad abierta, regida desde una concepción aconfesional, está obligado a tomar decisiones que no siempre son del gusto de todos, especialmente de los que sienten y practican unos determinados credos. Es bueno que el poder público prevalezca sobre otras consideraciones, por respetables que sean. No por un celo laicista, simplemente por la defensa del bien común, que cada vez deberá ser más respetado como territorio neutral por los viejos y los nuevos ciudadanos. En este sentido, la decisión de Geli es plausible.

Pero esta medida pone en rotunda evidencia uno de los problemas más graves de nuestros adolescentes y de la sociedad en general: el desequilibrio abismal entre el ejercicio prematuro de roles adultos y la dejación de la responsabilidad personal en beneficio de terceros, la Administración en este caso. La píldora del día después se facilitará sin pedir autorización a los padres y, así, el profesional de turno otorgará, de facto, rango de adulto a quien, de hecho, es menor de edad. El detalle de que este anticonceptivo se facilite gratis (un pago asequible ayudaría a ser más consciente) aumenta la banalidad del circuito. El Estado convierte al adolescente en adulto súbito, a la vez que le infantiliza como subvencionado total. El cortocircuito de la responsabilidad transforma una solución extrema en algo más trivial que enviar un mensaje de móvil. Y no lo salvará una charla en el CAP. Karl Popper, del que pasado mañana recordaremos el décimo aniversario de su muerte, nos dejó escrito que “debemos aprender a hacer las cosas lo mejor posible y a descubrir nuestros errores”. Esto también es útil y exigible a los 14 años.

lavanguardia, 15-IX-2004