¿una corrección política liberal?

¿una corrección política liberal?

Creo que la peor manera de combatir los abusos de la corrección política progresista es la imposición de otra corrección política desde el ideario liberal. En realidad, es discutible que cualquier forma de coacción del pensamiento pueda llamarse progresista. Aun así, es cierto que una cierta tradición de izquierdas nos acostumbró a señalar lo que se podía pensar y lo que no. Ese progresismo de izquierdas -preferiría llamarlo pseudoprogresismo- cuajó y tuvo su tiempo de mayor gloria bajo el franquismo. Se movió con una gran impunidad entre los ambientes clandestinos y, falto totalmente de crítica -que hubiera parecido traición-, dejó un estigma permanente entre algunas de las mentes que actualmente, desde muy distintos puestos, dirigen el país. Y también es cierto que, si bien ya muy cepilladas en el sentido guerrista, esas mentes aún siguen imponiendo sus prejuicios de manera autoritaria. Francesc-Marc Álvaro ha descrito con gran acierto algunos de esos episodios en Els assassins de Franco.

Pero de un tiempo a esta parte está apareciendo con fuerza una corrección política simétrica a esa realidad. Se trata de la salida en escena de unos centinelas que alertan contra aquella corrección política pseudoprogre, siempre atentos a cualquier señal de vida, aunque sean los últimos estertores. Que cada cual tenga libertad para combatir los molinos de viento que más le venga en ganas, faltaría más. Pero el problema empieza cuando tales centinelas no se contentan con denunciar los abusos de un pensamiento falaz y a menudo hipócrita, sino que con su obsesión, están construyendo otro tipo de corrección política. No voy a juzgar intenciones, y por lo tanto no puedo asegurar que se trate de algo organizado o consciente. En cualquier caso, lo cierto es que de una manera machacona son enviados a la picota los viejos progres en nombre de otra corrección política, ahora de talante neoliberal. Quizás la antigua raíz comunista de cierto progresismo decadente pueda explicar salidas de tono autoritarias, pero parece realmente inconsistente que, desde posiciones liberales, se dedique tanto tiempo y esfuerzo a ejercer de policía del pensamiento para, al final, intentar construir nuevas correcciones políticas, con el mismo acriticismo de las primeras. Y aunque no me veo capaz de medir su éxito popular, en ciertos espacios comunicativos, ciertamente se están saliendo con la suya. Ya va siendo difícil discrepar de ellos.

Aparte de la contradicción de partida que es querer construir un pensamiento liberal políticamente correcto -que es como querer proteger la libre circulación levantando un muro infranqueable-, esta reacción neoliberal tiene dos puntos verdaderamente débiles. Primero, exagera la importancia del adversario. Yen segundo lugar, defiende la posición contraria desde una sinrazón parecida a la que dice combatir. Pongamos el caso de la búsqueda, denuncia y captura del -y en algunos casos, disparo al- antiamericano. Que en Europa existe una imagen equivocada de Norteamérica es, por lo menos, tan cierto como que existe una idea equivocada -cuando existe alguna- en Norteamérica de Europa. Siendo un confeso admirador de EE.UU., en estos momentos podría escribir una lista más extensa de perseguidores de antiamericanos que de antiamericanos propiamente dichos. Otra cosa serían las críticas a la política de la actual Administración Bush, pero en esto nos ganarían por goleada los propios norteamericanos.

Otro ejemplo que recientemente cunde mucho es el del tiro al ecologista antinuclear. No es que no comparta la crítica a la sinrazón de la mayor parte del ecologismo populista y a sus estrategias conservadoras que crean verdaderos estados de alarma científicamente injustificados, sea con la energía nuclear, sea con los transgénicos, no digamos ya con buena parte la medicina o la alimentación que llaman natural o incluso con el efecto invernadero. Pero la mayoría de nuestros neoliberales defiende la energía nuclear o el uso de alimentos transgénicos basándose no tanto en el conocimiento riguroso de las ventajas o los inconvenientes como en argumentos igualmente irracionales y con principios igualmente dogmáticos, epidérmicos y reactivos. Puede ser que, a la vista de los precios del crudo y de la incapacidad para limitar el consumo energético, la energía nuclear acabe siendo el único camino políticamente posible a corto plazo. Es decir, quizás sea un mal, si no menor, inevitable. No lo sé. Quizás el calentamiento global del planeta no sea culpa de la industrialización. Pero haberlo lo hay, y va a ser mucho más rápido de lo previsto. Ahora bien, de ahí a cantar las excelencias de la energía nuclear o relativizar los problemas del calentamiento global sólo porque sirve para meterse con la demagogia populista de los ecologistas, que son los malos, va un buen trecho.

Algo parecido está pasando con el presidente de Bolivia, Evo Morales. Seguro que el populismo del presidente indígena casa mal con las reglas de la democracia liberal especialmente respetuosa con las hegemonías económicas -por cierto, con prácticas antiliberales- de las grandes multinacionales. Pero, por una parte, ¿tan difícil resulta imaginar qué supone allí la llegada de Evo Morales después de tanto dirigente político servil a intereses distintos de los del pueblo boliviano? Y, por otra parte, ¿cuántos de los que ahora denuncian airadamente algunas voces contemporizadoras con las expropiaciones de Evo Morales habían escrito algún artículo denunciando el abuso económico que se operaba allí con absoluta gran impunidad? En algunos casos, da la impresión de que los bolivianos siguen sin importar nada y que Evo Morales es el pretexto para perseguir a esos viejos progresistas locales que, según la caricatura, tienen veleidades antisistema de lunes a jueves en sus puestos de trabajo acomodados, mientras que de viernes a domingo se dedican a vivir como burgueses en su finca del Empordà. Pero también existen supuestos liberales que reciben cuantiosas subvenciones públicas y que no se atreven a pensar en otra cosa que no sea en la estabilidad política a cualquier precio.

Me considero un liberal y, pidiendo clemencia, añado que liberal de izquierdas. Pero creo que es una inmensa traición al librepensamiento el confundir su ejercicio con convertirse en el carcelero del adversario.

lavanguardia, 31-V-06