Bush act˙a en Iraq como Robespierre

Bush actúa en Iraq como Robespierre

“Cuando se usa la fuerza para imponer una causa noble... al final queda sólo la fuerza”.

El pensador José Antonio Marina publica “Los sueños de la razón”, un ensayo sobre la experiencia política.

El pensador José Antonio Marina ha recuperado a su heterónimo don Nepomuceno de Cárdenas para convertirlo en narrador de su último ensayo, “Los sueños de la razón” (Anagrama), que explora los orígenes de nuestras instituciones e ideas políticas con abundantes recursos prestados de la narrativa. Así, en el libro don Nepomuceno, un ilustrado caribeño de finales del XVIII, que posee un ingenio azucarero con numerosos esclavos, decide viajar a París, a la efervescente Revolución Francesa, para ser testigo de aquellos momentos y ver cómo instaurar un orden nuevo en sus dominios. Lo que se encontrará –y, sobre todo, lo que pensará sobre ello– constituye el núcleo de un ensayo que aspira, según Marina, “a congeniar lo mejor de la filosofía, la historia y el relato, es decir, la verdad, la exactitud y la seducción, respectivamente”.

Esa crónica de las experiencias políticas tiene mucho de comparación entre las dos grandes revoluciones de la época, la americana y la francesa. “Mientras que a los americanos les daba miedo el poder y se esforzaron en contrapesarlo –cuenta Marina–, los franceses estaban fascinados por el poder absoluto y lo que hicieron fue transferirlo del rey a la nación. Los americanos creen que hay que partir de la experiencia, muy contrastada, para extraer de ella principios, mientras que en Francia se parte de grandes ideales.”

Don Nepomuceno se pregunta “por qué los mismos hombres que han promulgado la declaración universal de los derechos humanos instauran un régimen de terror tan sólo cuatro años más tarde”. Marina ve un paralelismo con la actualidad: “Robespierre creía que había que imponer los derechos humanos por la fuerza, incluso conquistando países. Como Bush en Iraq. Sin embargo, la experiencia francesa nos demuestra que, cuando alguien usa la fuerza para imponer un fin noble, al final se queda solamente en el uso de la fuerza y no llega el objetivo, porque el método genera tragedias y odios”.

Marina cree que hay más debates actuales que reflejan los de aquellos tiempos: “En el País Vasco, por ejemplo. Cuando los revolucionarios inician la quiebra que conduce al terror, es cuando afirman que la nación posee derechos que están por encima de los de los individuos. ¿Y quién decide los derechos que tiene la nación? Casualmente, el partido jacobino... Siempre que se han otorgado derechos a naciones, iglesias o partidos, se han conculcado los derechos individuales”.

A don Nepomuceno, como a Marina, le interesan dos materias: la botánica y la economía política, “que es la ciencia que se ocupa de la felicidad y la riqueza”, y finalmente decide implantar el progreso en su hacienda, con tenacidad pero gradualmente: “Se da cuenta de que las personas quieren básicamente satisfacer dos necesidades, la de bienestar y la de ‘grandeza’, es decir, sentirse reconocidos, útiles o eficaces. Ve que las ideas deben ser grandes, pero los métodos siempre pequeñitos. Crea las condiciones para que los esclavos vayan tomando decisiones por sí mismos en vez de liberarlos a todos de golpe”. Marina elogia el optimismo histórico de su narrador, para quien “si estamos dormidos, la razón produce monstruos, como apuntó Goya, pero si estamos despiertos, nos lleva al progreso y a la felicidad”.

Marina reveló que le ha cogido tanto cariño a su heterónimo que ya planea otro libro narrado por él, “La inteligencia del emperador”, donde don Nepomuceno conocerá al secretario privado de Napoleón, lo que le dará pie a contrastar “la gran capacidad intelectual del personaje histórico con la poquísima inteligencia de su conducta”.

Xavi Ayén, lavanguardia, 6-XII-03