ŽEmpieza el cursoŽ, Xavier Bru de Sala

No el curso político, que no empieza porque es una continuación del anterior. Tiempo habrá para comentar las consecuencias de la desaparición de Imaz de la escena. Como lo habrá para ir siguiendo el desconcierto catalán y el proceso preelectoral español. El que acaba de empezar es el curso escolar, con algunas novedades que merecen atención: el crecimiento de la población infantil, mayormente a cargo de la inmigración extracomunitaria; la nueva asignatura de educación para la ciudadanía; la vuelta a las gravísimas limitaciones presupuestarias del pasado, decretada por el ministro Solbes cuando se desdice de compensar el aumento desigual de la población en la financiación de las comunidades.

Antes, una consideración general sobre la importancia del tema.

Por la atención pública que le dedicamos, parece que es algo secundario, o no de primera magnitud, cuando todos estamos de acuerdo en que el llamado capital humano, la suma de la preparación y la calidad de todos los ciudadanos, es el primer activo de cualquier sociedad. ¿Cómo preparar mejor a las generaciones que irán tomando el relevo? Ante todo, hablando de ello, enfrentándose de cara a una realidad, el mundo de la enseñanza, que tiende a escurrirse de las manos. Tenemos asumido que, salvo en algunas escuelas y facultades de primerísimo nivel internacional, el resto del sistema deja bastante que desear. No es el peor de nuestro entorno español y europeo, pero dista de poder compararse a los más avanzados. En un país con tanta debilidad política, estructuras tan inconsistentes y tradiciones que no son tales por su discontinuidad, la enseñanza debería ser un punto fuerte. No lo es.

¿Qué sacamos de tener más niños en edad escolar si la ventaja que eso supone en términos de pirámide de edad - estamos aún en situación grave de envejecimiento- resulta anulada por una formación mediocre? Algunas de las repercusiones en positivo menos destacadas de la inmigración consisten en que el incremento de la población rebaja la media de edad, puesto que los inmigrantes son casi todos jóvenes; además han costado cero a la sociedad de acogida hasta su llegada; encima están mejor dispuestos a tener hijos - algo bastante sacrificado- que la población autóctona. Que dispongamos o no de un buen sistema de integración, con las correspondientes perspectivas en términos de ascensor social, depende de nosotros. Sabemos de sobra los costes en desestructuración social e inseguridad ciudadana que comporta encerrar a los inmigrantes en guetos y rebajar su nivel educativo. Nunca podremos decir que no estábamos avisados de las consecuencias, pero como se producen tantos años después de sus causas, los líderes políticos tienden a la irresponsabilidad, ya que el pollo jamás irá para ellos. En Catalunya, por desidia colectiva, incluso se ha debatido menos de lo que corresponde la nueva asignatura de educación para la ciudadanía. Como esas cosas nos vienen dadas, puesto que se trata de una cuestión mucho más política que ética o educativa, hemos esperado, sin casi participar, a ver si el ministerio, la jerarquía eclesiástica y la patronal de derechas se acababan de pelear o si encontraban finalmente el consenso que ahora parecen haber alcanzado. Luego, que dicho consenso consiste en que cada cual rellene la asignatura con sus propios valores, en vez de ser comunes, importa un pito a casi todo el mundo. No debería ser así. Las divergencias ideológicas, en casa, en familia. En la escuela, en toda, pero todavía mucho más en la pública y la concertada, que pagamos entre todos, deben regir los mismos principios en cuanto a valores cívicos - por supuesto laicos-, convivencia en la diversidad y respeto a la ley. Lejos de ello, la asignatura servirá en muchos casos para machacar discurso retrógrado. En otros para lo contrario e igualmente trasnochado. Por fortuna, y a partir de la experiencia acumulada, si los valores difundidos no responden a la época y el contexto social en los que despiertan a la autonomía personal, suele ocurrir que los jóvenes los rechazan, y con ellos, las creencias y la concepción del mundo de quienes tan burdamente pretenden inculcárselos. Recordemos que la población española, y más la catalana, se encuentra en posición destacada, según el eurobarómetro, en cuanto al rechazo de prejuicios y la asunción de valores posmaterialistas y respetuosos con la libertad individual de opción.En fin, poco sacaremos en claro mientras la gravísima negativa de Solbes a un trato financiero equitativo - que tenga en cuanta la población real, a la que se presta servicio- pase casi inadvertida. Mientras el enfado por el afeitado de mil millones de euros anuales en las cuentas de la Generalitat sea sólo de Castells. Mientras los principales afectados, los consellers de Educació y Sanitat, sigan callados y sumisos. Mientras el president Montilla se niegue a defender en público lo que dice procurar en privado y por vía amistosa. Mientras le sigan tomando el pelo.

lavanguardia, 15-IX-07.