´El fracaso escolar´, Oriol Pi de Cabanyes

El último informe de la OCDE vuelve a señalar la escasa eficiencia de nuestro sistema educativo. ¿Cómo se explica que, siendo España uno de los países materialmente más ricos del mundo, presente una tal pobreza de resultados en el campo de la formación y de la capacitación de su capital humano?

Ante esta situación sólo caben dos alternativas: o nuestra sociedad del bienestar va a entrar pronto en una crisis sin freno o la situación presente es perfectamente sostenible, porque no depende ya nuestro sistema económico de la calidad de los aprendizajes.

Si esto es así, si la enseñanza obligatoria hasta los dieciséis años ya no sirve en general o se ha convertido por mor de una praxis equivocada en una suerte de aparcamiento de niños y adolescentes que peor estarían sueltos por la calle, ¿qué debe esperar, o qué espera la sociedad de la ingente cantidad de recursos públicos que se destinan a la educación con unos resultados que se revelan sin remedio tan decepcionantes año tras año?

Digámonos la verdad, aunque duela: la mayoría de los padres sólo pide al sistema educativo que sus niños aprueben, no que aprendan, y sobre todo que estén bien guardados cuantas más horas y más días mejor.

Ya que si la pretensión es que la acción educativa tenga alguna eficacia en la evolución hacia niveles de conocimiento que se consideran superiores debería delegarse o reconocerse alguna autoridad a los maestros, que son los naturales depositarios de esa responsabilidad.

El problema no viene sólo de la pérdida de esta complicidad básica. El principal problema de la educación en nuestras sociedades acomodadas es que, tanto en sus bases teóricas como en su práctica, la pedagogía dominante no ayuda al menor a hacerse mayor sino que, bien al contrario, considera que la progresión hacia el mundo de los adultos no es un paso adelante, sino una pérdida irreversible de la felicidad que se supone inherente a la vida infantil.

Y si en el fondo se considera toda evolución hacia la madurez como un temible peligro de trauma, la educación ¿en qué queda? Una de las mayores paradojas de nuestro progresismo retórico es que, habiendo idealizado a la manera de Rousseau las virtudes ideales de la infancia, acaba por alargar y extender en el tiempo el dominio de la inconsciencia y bendiciendo el reaccionarismo más irresponsable.

"¿Qué queremos que devengan nuestros hijos? - se pregunta Sarkozy en su reciente Carta a los educadores-.Mujeres y hombres libres, curiosos de lo que es bello y grande, disfrutando de corazón y espíritu, capaces de amar, de pensar por ellos mismos, de ir hacia los demás, de abrirse al prójimo, capaces también de adquirir un oficio y de vivir de su trabajo. Nuestro papel no es el de ayudar a los niños a quedarse en niños, ni tampoco a llegar a ser niños grandes, sino el de ayudarles a devenir adultos, a devenir ciudadanos. Somos todos educadores".

En casa y en la escuela debería practicarse sistemáticamente una misma pedagogía del deber, del esfuerzo, del respeto. Y no una pedagogía del simple divertimento, o del entretenimiento, que deviene una actividad narcotizante. Tal vez lo más importante que deba facilitar a la sociedad el sistema educativo sea la educación en responsabilidad. Que debe empezar, claro está, en casa. Pero hay que saber decir que no, que suele ser más difícil que ceder a todo capricho.

Sarkozy ha hablado de "refundación" del proyecto educativo francés. También aquí convendría una revisión a fondo de los valores y de las ideas de los expertos que inspiraron una reforma educativa que ya nadie discute hoy que ha fracasado estrepitosamente.

lavanguardia, 26-IX-07.