“Muertos de pie“, Llątzer Moix

A principios de septiembre, coincidieron en las páginas de obituarios de The Times el duque de Buccleuch y Queensberry y Jane Tomlinson. El primero, fallecido a los 83 años, era uno de los grandes terratenientes del Reino Unido, pese a lo cual no pertenecía a la clase ociosa. En 1971, mientras cazaba a caballo, sufrió un accidente que le confinó de por vida en una silla de ruedas. Su comentario, en aquella coyuntura, fue el de una persona poco dada a la autocompasión: "No me gustaría que este accidente me obligara a desatender mis obligaciones, ni a trabajar a ritmo forzado, de modo que en adelante me pondré el despertador a las cinco de la mañana, en lugar de a las siete, como solía".

Jane Tomlinson, fallecida a los 43 años, pertenecía a una clase social distinta de la del duque, pero compartía su ánimo. A los 26 años, casada y madre de dos hijos, Tomlinson sufrió un cáncer de pecho. Una vez superado aquel episodio, decidió diplomarse en radiografía, convencida de que su experiencia como enferma la habilitaba de modo especial para el trabajo. Tres años después logró controlar una nueva metástasis. Pero a los diez, el cáncer se extendió a los huesos y los médicos dieron a Tomlinson, que acababa de tener su tercer hijo, un año de vida. Su reacción fue sorprendente: decidió convertirse en atleta. Empezó con carreras de 5 kilómetros y acabó en la maratón de Nueva York. Luego, en el 2004, viajó en bicicleta de Roma a Leeds, sin ahorrarse el Mont Ventoux, sobreponiéndose al desgaste y los dolores.

En una cultura como la nuestra, proclive a la queja, la transferencia de responsabilidades y la autocompasión, las reacciones del duque y de Tomlinson adquieren un valor singular. Imitar a estas personas no debe de ser sencillo; sin embargo, cuando el médico nos habla de nuestra posible fecha de caducidad, los humanos tendemos a redescubrir y revalorizar todos los encantos de la vida, incluso los menores. Quizá sería más conveniente no haberlos perdido de vista nunca.

Por desgracia, no es eso lo que ocurre a diario. Escucho a mi alrededor, con fatigosa frecuencia, quejas sobre el peso del trabajo, las relaciones y, en general, sobre el peso del mundo, como si la experiencia vital fuera exclusivamente una tomadura de pelo. Quizá lo sea en buena medida; pero, al tiempo, tiene también mucho de desafío a las propias capacidades, de autoexploración y, llegado el caso, de autosuperación: procesos que dan sentido a la existencia, incluso después de aceptar que tiene poco.

Decía Robert Louis Stevenson - enfermo crónico, muerto a la temprana edad de Tomlinson- que "incluso si el doctor no te da un año de vida, aunque dude sobre si te queda un mes, sé valiente y averigua qué es lo que puedes hacer en una semana". Cosa difícil, por supuesto. Pero no más que irse de este mundo con la sensación de que uno rehusó el combate o no explotó su potencial. Eso sí que debe doler.

Llàtzer Moix, lavanguardia, 14-X-07.