´¿Y si evaluamos a los profesores?´, Montserrat Domínguez

"Instalados en el suspenso", titulaba ayer en primera este diario. El informe PISA de la OCDE, centrado en esta ocasión en los conocimientos científicos, vuelve a colocar a nuestro país en un vergonzante 31. º puesto, frente al altísimo nivel de Finlandia, cuyos estudiantes no sólo son los mejores sino que además mejoran, mientras que España se estanca, con Andalucía y Catalunya a la cola.

A los pies de los caballos una vez más, les recomiendo otro informe: el de la consultora McKinsey de este septiembre. Pese a no estar especializada en educación, ha hecho un apasionante estudio comparativo de cómo los diez mejores sistemas educativos del mundo (Finlandia, Corea del Sur, Japón o Canadá, entre otros) han llegado donde están.

No se trata sólo de inversión, dice, ya que los resultados académicos no han mejorado a pesar de que la mayoría de los países de la OCDE han realizado un esfuerzo presupuestario imponente en los últimos años: en EE. UU. un 73% más desde 1980, mientras que Australia ha triplicado sus partidas desde 1970. Tampoco parecen ser efectivas la batería de medidas que han acompañado este esfuerzo inversor: colegios más descentralizados, menor número de alumnos por clase, etcétera. Todo ello es bueno, pero no se traduce en una mejora sustancial del rendimiento.

¿Cuál es la clave, entonces? McKinsey señala tres: conseguir los mejores profesores, obtener de ellos lo mejor que pueden dar y no dejar atrás a ningún alumno. Sobre este último punto, el informe destaca que los mejores sistemas son aquellos en los que la escuela compensa las desventajas que algunos alumnos tienen por su extracción social, económica o cultural. Es decir, que el esfuerzo por integrar en el sistema a los estudiantes más retrasados compensa al país en general.

Pero el énfasis en el profesorado es primordial. El informe subraya una perogrullada tan obvia que a veces se nos olvida: la calidad de un sistema educativo nunca podrá ser mayor que la calidad de los profesores. En los países modelo que han estudiado, convertirse en profesor no es fácil, pero a cambio gozan de un alto reconocimiento social. Un buen salario es importante, pero no definitivo, asegura McKinsey: de hecho, se cita a España junto a Alemania y Suiza como ejemplos de sueldos por encima de la media, que no guardan correlación con la excelencia del alumnado. Otro aspecto fundamental es la necesidad de una formación continua, similar a la que tienen los médicos: que los profesores tengan posibilidad de seguir aprendiendo a lo largo de su carrera, y que puedan compartir con otros colegas nuevos y más efectivos instrumentos para desarrollar su trabajo.

Si del nivel del profesorado depende el nivel de la enseñanza, ¿por qué no abrir un debate sobre la calidad de nuestros educadores? La clave no estaría tanto en el número de horas que se dedican a las ciencias, las letras o el inglés, sino en quién y cómo las imparte. Lo que dice el informe McKinsey, en el fondo, ya lo sabíamos todos: que un buen maestro es un tesoro, y que nunca olvidamos a aquellos que despertaron nuestra curiosidad y nuestras ganas de aprender.

lavanguardia, 30-XI-07.