´Periodismo de comité central´, Pilar Rahola

Como todo el mundo sabe, lo más parecido a un periodista independiente es un jefe de campaña electoral. O eso sabe el mundo entero, o es que los partidos políticos actúan con un autismo y una soberbia tan prodigiosa, que les resulta igual lo que piense el mundanal ruido. Como dijo aquel, la finezza no se prodiga en la política de estas tierras, y por ello nuestros partidos acaban de votar una pomposa ley sobre la Corporació Catalana de Ràdio i Televisió, que no se creen, ni antes de hacerla efectiva.

Es, como dice un amigo, "una ley para poder hacer fraude de ley", y ahí los tenemos, en una carrera de nombres que más bien parece una carrera de notables despropósitos. Veamos. La ley que nació para garantizar la independencia de los medios de comunicación públicos respecto al poder político empieza su andadura con todos esos partidos peleándose por ver quién sitúa mejor a su propio comisario político.

La lista de nombres que estos días nos ha entretenido, para formar parte del consejo de gobierno de la Corporació, es de tal naturaleza que podemos afirmar que hasta el sentido de la apariencia se ha perdido.

Ya no vale, para la política catalana, ni aquello de la mujer del César... Y así, vemos, alucinados, que dichos partidos han planteado nombres como los de David Madí, Anna Balletbò, Ricard Fernández Déu, el ex conseller Joan Manuel del Pozo o el actual secretario de Comunicació, Albert Sáez, para dichos cargos. Es decir, personas de partido hasta la médula como Anna Balletbò, o el ínclito David Madí, que llevó las elecciones de Artur Mas y se prodigó como uno de los jefes de campaña más polémicos de la historia electoral, representarían la idea que los partidos políticos tienen de "un profesional independiente de reconocido prestigio". Ni son profesionales de la información, ni, según parece, puñetero lo que importa, porque tampoco son independientes de nada, y tampoco importa una puñetera. Es decir que, para garantizar la credibilidad de uno de los pilares fundamentales de la democracia, la información, especialmente la que se genera en los medios de comunicación públicos, los partidos políticos envían a sus notables más sectarios. Ayer, por poner el ejemplo más cercano, Felip Puig intentaba justificar la decisión de poner a Madí ante un atónito Josep Cuní, y el resultado no era una defensa (imposible) de la independencia, solvencia y etcétera del señor Madí, sino un deplorable ejercicio del "tú más" que tanta mala literatura genera en la política. Si los socialistas envían al actual secretario de Comunicació (uno de los pocos, por cierto, que es periodista), los convergentes enviamos a Madí, y tiro porque me toca.

Las preguntas, si me perdonan, rayan en la impertinencia, pero es a lo que obliga una situación auténticamente daliniana. Primera pregunta a sus ínclitas señorías: ¿por qué debaten y votan una ley sobre medios de comunicación públicos que ni se creen, ni quieren, ni piensan cumplir? Segundo, ¿es normal que los propios partidos que votan leyes sean los que ejercen fraude de ley? Tercero, ¿tan poco les importa mantener las formas ahora, ya que no tienen interés en mantener los fondos? Cuarto, si realmente querían una ley que garantizara la independencia informativa, ¿por qué se otorgaron el privilegio de ser los que diseñaban el consejo de gobierno de la Corporació? Hubiera parecido lógico que fuera el CAC - ya no sabemos para qué sirve, que sirva para algo-, el organismo que hubiera planteado un listado profesional de nombres, pero ni esa concesión hacia la despolitización del periodismo nos fue dada. Quinto, ¿se dan cuenta de la inmadurez y la falta de solvencia que representa una actitud de esta naturaleza? Que a estas alturas de la democracia los partidos políticos se peleen, aún, por enviar a sus comisarios ideológicos y a sus más aguerridos jefes de prensa, a controlar a los medios de comunicación públicos es realmente patético y nos da la medida de la poca categoría que rige la política catalana. Después vendrán tipos que quieren arrancar costras, u otros que quieren tener a un miembro del partido en cada tertulia, aunque sea para hablar de la baba del caracol, u otros que nos dirán el minutaje de cada debate electoral y nos alertarán de las preguntas "adecuadas". Y, en las zonas más oscuras de los despachos, los habrá que harán listas negras...

Ciertamente hemos recorrido un largo trecho por los caminos de la democracia, pero ello no ha implicado una seria democratización de la naturaleza interna de los partidos políticos, que continúan siendo profundamente autárquicos y seriamente manipuladores. En pleno siglo XXI, cuando los ciudadanos participan activamente en radios, prensa y televisión y las autopistas de la información crean tupidas redes de comunicación libre, nuestros partidos aún sueñan con los años felices del Pravda.Es como si el mundo avanzara sin ellos dentro, como si existiera un abismo entre la dinámica realidad actual, y el añorado pasado clandestino. Sólo así puede entenderse que alguien quiera hacer pasar un camello por el ojo de una aguja, es decir, a Madí o Balletbò por la puerta de la Corpo.

19-XII-07, Pilar Rahola, lavanguardia