´Pakistán no tiene esperanza´, Walter Laqueur

Un día antes de su asesinato, Benazir Bhutto expresó su miedo a que Pakistán estuviera condenado y a que acabaran los yihadistas radicales.

¿Se están materializando sus miedos?

La tragedia se remonta a casi treinta años atrás, cuando el dictador militar de entonces, Zia ul Haq, optó por la islamización del país. En sus formas extremas, las consecuencias se aprecian en el norte de Waziristán y otras remotas regiones tribales de Pakistán que se encuentran bajo un dominio talibán casi completo: escuelas de niñas cerradas, maestros asesinados y librerías cerradas; incluso se ha prohibido la venta de papel higiénico, como también de CD y DVD, por no considerarse islámicos.

Casi ningún dirigente pakistaní se ha atrevido a oponerse de modo enérgico a esta tendencia, ni siquiera Benazir Bhutto cuando ocupó el poder. Bhutto prefirió, más bien, que los islamistas radicales actuaran en Afganistán y no en su país. Desde entonces, la influencia yihadista se ha extendido a regiones más centrales de Pakistán, incluido Islamabad, donde la mezquita Roja intentó lograr la sumisión absoluta de los laicos por medio del terror.

Según las encuestas de opinión pública, más del 50% de los pakistaníes desea la charia, la estricta observación de la ley islámica. Los elementos radicales se han infiltrado en el ejército y la policía, sobre todo en rangos inferiores, y en el poderoso servicio de inteligencia militar. La única figura política importante que queda tras el asesinato de Bhutto, Nawaz Sharif, muestra un perfil antiestadounidense, antioccidental e islamista moderado que recibe el apoyo de los saudíes.

Así que los pesimistas se inclinan por coincidir con la última valoración hecha por Bhutto: Pakistán no tiene esperanza. Y, ya que se trata de una potencia nuclear, ese país podría convertirse en el mayor peligro para la política mundial. Sin embargo, existen razones para creer que, al menos a corto plazo, la situación podría estabilizarse. ¿Por cuánto tiempo? Eso ya es otra cuestión.

Según los acuerdos alcanzados con Washington, se han tomado ciertas disposiciones técnicas que convierten en difícil, cuando no en imposible, el robo y la activación de bombas nucleares por parte de terroristas. (De todos modos, siempre sería posible venderlas o cederlas.)

En el plano político - lo que, en el establishment pakistaní, significa sobre todo el ejército, los grandes terratenientes y también la clase media de los centros económicos y políticos del país-, no existe entusiasmo alguno por el islamismo radical. En su origen, el establishment optó por él como ideología para aglutinar a la sociedad, pero la mayoría se ha dado cuenta ya de que el islamismo se ha convertido en algo parecido a un aprendiz de brujo, un peligro incontrolado. El grueso de los pakistaníes sabe que, en caso de una victoria del islamismo extremista, serían marginados, perderían su poder, como ocurrió en Irán y, bajo los talibanes, en Afganistán. No quieren ser gobernados por mulás.

Al mismo tiempo, los yihadistas de Pakistán no están unidos; incluso las organizaciones terroristas como Lashkar e Taiba - que ha reivindicado el asesinato de Benazir Bhutto- se han dividido en diversas facciones. No ha aparecido ningún dirigente religioso carismático como Jomeini en Irán. Los islamistas radicales pakistaníes no han logrado traducir su influencia religiosa en influencia política. En las últimas elecciones no obtuvieron buenos resultados y, de celebrarse a principios de año las elecciones anunciadas, no se convertirían en la principal fuerza del país. Sin embargo, tras el asesinato de Bhutto, no está claro que dichas elecciones vayan a celebrarse.

De llevarse a cabo, el ejército seguiría en el poder en el futuro inmediato, es probable que en coalición con algunos partidos políticos. Musharraf ya no es el jefe del ejército y algunos de sus poderes políticos han sido transferidos a su oficina tras su renuncia como comandante en jefe. Los generales comparten intereses, pero también existen fisuras ideológicas, por no mencionar las ambiciones personales. En estas condiciones, hablar de la necesidad de luchar por la democracia en Pakistán es, por desgracia, una simple ilusión. El ejército es la única fuerza capaz de garantizar cierto grado de estabilidad o, dicho de otra forma, de evitar el colapso total. Todo esto no sería tan importante si no existieran armas nucleares. ¿Puede darse por sentado que las fuerzas moderadas cooperarán en Pakistán a la hora de enfrentarse a los peligros que los amenazan a todos? Por desgracia, no. Y, por esta razón, las funestas predicciones de Benazir Bhutto podrían hacerse realidad, si bien no de forma inmediata. Quizá sea demasiado pronto para declarar que Pakistán es un país fracasado, pero las perspectivas no son buenas.

Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington
Traducción: Juan Gabriel López Guix , 29-XII-07, lavanguardia