´La izquierda materna´, Pilar Rahola

Comienza el año amenazando tormenta. Tormenta de la pesada, la que tiene que ver con los chuscos que los candidatos se tirarán a la cabeza para ganarse su voto al sol. Lejanos y casi ignotos son los tiempos en que la política basaba su pelea dialéctica en la confrontación de modelos sociales. Con la caída de las utopías, las fronteras ideológicas se han estrechado, y casi todo el mundo habita en el gran centro feliz. Si añadimos a ello la propia lógica del imperio mediático en el que vivimos, donde ningún candidato existe si no consigue su minuto de telediario - o su parodia en Polònia-,la amenaza de una campaña de frases estériles y vacuas es altamente previsible.

Les va por poco a todos, todos se juegan mucho y en la Catalunya patria los hay que dicen que se lo juegan todo. Así que, más que alimentar la inteligencia del personal, los candidatos jugarán a los dardos con las cabezas de sus adversarios y sacarán del armario sus tópicos más sudados. La amenaza de la derecha, que en el territorio llemosí vende mucho. La amenaza de la izquierda aventurera, que según algunas derechas, improvisa tanto como gestiona estadística en mano. La amenaza socialista, la convergente, la republicana, la verde-violeta-sostenible... ¿Quién no tiene un ogro electoral para sacar a pasear estos días de campaña?

Es tanto el fracaso del carisma de la política que los adversarios aspiran más a conseguir el voto a la contra que el voto propio. Algo de ello hay en el momentáneo éxito de Obama. "No me amen, pero odien suficiente al contrario para votarme"... Y así, a pesar de que nadie sabe ya si la derecha y la izquierda, en lo fundamental - en la vida cotidiana de la gente- se diferencian seriamente, es de prever que la izquierda usará esa bandera de forma recurrente. Ese fue, por ejemplo, el único discurso de Carme Chacón en el 59 segons de TVE-2, donde coincidimos, la permanente demonización de una derecha que, tanto en su versión catalana (CiU), como en su versión española (PP), tenía la culpa de los males del mundo. Y cuando le recordamos alguna responsabilidad propia - algún pequeño error socialista, nada, sólo para molestar-, nos alentaba el miedo. ¡Cuidado, que puede venir el Papus! Huelga decir que todo ello me parece de una gran inmadurez, que servidora no teme a ningún partido democrático y si no vota a alguno es sencillamente porque no le gusta.

Dicho lo cual, y tomando la bandera de la izquierda, que, a pesar de los pesares, mantiene un cierto prestigio social, es curioso analizar la lenta transformación que se está produciendo en ese prominente territorio ideológico. A diferencia de Latinoamérica, donde la izquierda carnívora - la que devora los conceptos democráticos sin pudor y se alía con dictadores y guerrillas delictivas- apenas existe, nuestro debate no es entre la convicción democrática o no de la izquierda. Aquí todos son - salvo alguna tontería de IU- de la izquierda vegetariana. Pero empieza a vislumbrarse un curioso fenómeno que, a falta de mejor definición, me atrevo a bautizar como el de la izquierda materna. Esa nueva y esforzada izquierda concibe el poder como si fuera una ONG, entiende al ciudadano como un visitador de los comedores sociales y no distribuye el dinero desde una perspectiva de proyectos consolidados sino como si fuera una obra de caridad.

Por supuesto no hablo de Solbes, que nunca fue nada materno con el dinero y por ello mantiene alto su prestigio. Pero la mayoría de los proyectos estrella que los últimos tiempos han surgido de la factoría de Zapatero han estado basados en el reparto maternal del dinero, y así tenemos euros para parir hijos, euros para comprar casas, euros por ser jóvenes, euros para barrios afectados por los desmanes del AVE, etcétera. El erario público ha sido concebido como una gran bolsa de Rothschild - vieja expresión familiar- y la mamá subvención lo reparte en función de los tiempos electorales.

Desde cualquier perspectiva, esa izquierda maternal acaba cayendo en una visión autárquica de la realidad. Si analizáramos con lupa cada uno de esos proyectos, el del dinero otorgado por cada hijo me parece especialmente pésimo. No sólo porque se carga, de un plumazo, toda la política de planificación familiar que había sido, históricamente, un reto de la modernidad. Sino porque, más allá de la pura política de subvención, no crea ninguna estructura social. Las mujeres que quieren tener hijos no tienen que cobrar por parir - algunos, en substratos más degradados, lo considerarán un incentivo-, sino encontrar una buena red de guarderías, una planificación laboral que no las castigu... Los otros ejemplos deambulan por los mismos derroteros de una concepción maternal de la política, tan alejada de la buena gestión, como hermana del populismo.

Llegamos tarde para frenar algunas de estas promesas de político rico con mala conciencia. Pero sería bueno pensar que esta izquierda materna pone el freno y vuelve al sentido común. Primero, porque el rey Midas nunca fue presentable. Y segundo, porque es la expresión más genuina de una concepción reaccionaria del poder. Reaccionaria de izquierdas.

Pilar Rahola, 9-I-08, lavanguardia