"El Turquestán Oriental bajo la bota china", F. Rampini

China, el pueblo secreto que defiende el Islam

En el Xinjiang, remota patria de los uigures codiciada de siglos, una alarma que provoca la represión. Y Pequín acusa: riesgo de terrorismo.

El perfume áspero del carnero a la parrilla se mezcla con el de las hogazas a la cebolla, de los dátiles y crocantes dulces de avellanas. En el gentío del gigantesco bazaar vagan majestuosos ancianos con el caftán, largas barbas a picada por califa y el fez en cabeza. Alguna mujer está completamente velada con el burkha que cubre toda la cara. Sobre los tenderetes al lado de las alfombras de oración, de los paños chillones de pashmina y de los puñales de plata taraceada, está a la venta el Corán. Las orquestas de calle con mandolinas y panderetas difunden melodías arabescas. El patio con las cortinas y los porches pintados de las casas, los alminares, las caras mediorientales y mediterráneas: podría ser Estambul o Marrakech. En cambio es Kashi en el Xinjiang (Turquestán Oriental, Uiguristán), la más vasta región de la República Popular china, cinco veces la dimensión de Italia y el centro de una tenaz "resistencia islámica" contra Pekín.

Magnificada por Marco Polo en el 1271, ciudad oasis en el desierto del Taklamakan, etapa obligada a lo largo de la Ruta de la Seda que ha visto correr con las caravanas de camellos el comercio entre Oriente y Occidente durante dos mil años, Kashi está mucho más cercana a Kabul y a Islamabad que a Pekín. Llegar desde la capital nos requiere ocho horas de vuelo hacia el oeste con escala en la capital del Xinjiang, Urumqi. A diferencia de Urumqi, demográficamente más "sinizada" e invadida por rascacielos que la vuelven un poco parecida a otras ciudades de China, la fisonomía de Kashi resiste inconfundible. El 70% de los habitantes son uigures, orgullosa etnia turcófona y musulmana. Tampoco sobre los nombres quieren doblegarse: Kashi es para ellos Kashgar, y Xinjiang el Turkestán Oriental. Vistos por Pekín son un pequeño pueblo, ya en minoría hasta en su casa: 8 millones de uigures sobre 20 millones de habitantes de la región (y 1,3 mil millones de chinos en la RP). Pero a diferencia de los tibetanos, éstos están rodeados de "hermanos."

A lo largo de los 5.600 km de frontera el Xinjiang confina con ocho Estados de los que cinco de mayoría musulmana. La titánica estatua de granito de Mao que domina la plaza central de Kashi -uno de los pocos monumentos de estas dimensiones en toda China- recuerda el partido lo que se juega aquí, en el confín entre la nueva superpotencia asiática y el Islam.

El primero de octubre, mientras todos los chinos celebraron el aniversario de la revolución comunista, en Urumqi el gobierno ha organizado una manifestación aún más solemne. La fiesta nacional coincide con los 50 años de la fundación de la Región Autónoma, el acto que rindió el Xinjiang como parte de China. En el estadio de Urumqi cincuenta salvas de cañón y cinco mil palomas en vuelo han abierto el espectáculo retomado por los tv nacionales. Se exhiben grupos folclóricos, bailarinas y acróbatas, mientras en el palco las autoridades exaltaron la "región vitrina, modelo de la igualdad de los derechos entre grupos étnicos". Pero Pekín no anima a los periodistas extranjeros a curiosear en este escaparate.

Las raras visitas autorizadas ocurren bajo la escolta asfixiante de funcionarios de gobierno. Un acontecimiento deportivo organizado por Ferrari -dos "612" atraviesan China incluida la Ruta de la Seda- permite una vuelta a Kashi menos vigilada de lo usual.

La propaganda sobre la autonomía regional y la feliz convivencia con las minorías no soporta ni siquiera la prueba del reloj: el centralismo de Pekín impone a la entera China el mismo huso horario de la capital; para el Xinjiang significa padecer todo el año una hora legal absurda, como si en Los Ángeles tuvieran que ir al colegio a las cinco de la mañana para sintonizarse con Washington. La visita del team Ferrari a una escuela elemental revela un rígido apartheid. Hasta en el espectáculo de bienvenida a los extranjeros los niños son divididos escrupulosamente en dos sectores: de un lado del corral son todos "han" (la etnia china), del otro las caras son "turcas". No hay ni uno que se haya mezclado por equivocación, tampoco entre los maestros. Los unos estudian en mandarín, los otros en uigur. Al intérprete venido de Shanghai le cuesta encontrar un taxista que hablas cuatro frases en su lengua.

En el gran bazaar encuentras mercaderes dispuestos a hablar chino con tal de vender. Pero también en la confusión levantina y en el ruido alegre del mercado, entre los tenderetes de especias picantes, las miradas se ponen siniestras en un instante. Basta que aparezca un grupo de turistas chinos: excitados y torpes, fotografían niños y mujeres veladas, visten los caftanes riendo como si fueran máscaras de carnaval. Apenas sentados en un restaurante islámico el intérprete chino confiesa sentirse con malestar. Sus parecidos en aquel local son pocos, mirados con hostilidad por los otros clientes, y tratados toscamente por los camareros. A la entrada de la mezquita de Idkah está fijada la foto de un rebuscado uigur, pero para los policías "han", la ciudad vieja es acogedora como la casbah de Argel lo fue para los franceses. El gobierno rechaza al separatismo un fundamento histórico. A Kashi, recuerdan los chinos, ya mandó el emperador Wudi de la dinastía Han a su brazo derecho Zhang Qian en el segundo siglo antes de Cristo, por los primeros envíos largos por la Ruta de la Seda hacia los reinos de Samarcanda y Bukhara, la India, Persia y la mítica Li Kun (probablemente Roma) en realidad esta región ha alternado siglos de independencia bajo khanatos budistas o islámicos y períodos de sumisión a los mongoles o al Tibet, al imperio otomano o a China. La última independencia, en los años Treinta y Cuarenta, fue conseguida por un movimiento panturco. Después de la anexión a China las turbulencias no han acabado nunca. En el 1986 el Xinjiang fue el teatro de la primera y única protesta anti nuclear de China, una manifestación contra las pruebas atómicas en el desierto de Lop Nor.

Pekín habla cada vez más abiertamente de la amenaza separatista. Para la celebración en Urumqi del primero de octubre, de Pekín han mandado al número una de la policía, Luo Gan: en su discurso ha ordenado a las fuerzas del orden la "máxima vigilancia" contra actos terroristas, ha hablado de una "situación de peligro". La alerta de atentados -rara en China- ha sido tomada en serio por la embajada americana que ha desaconsejado a sus connacionales visitar el Xinjiang. El ministerio del Interior ha revelado que en los últimos veinte años habrían sido cumplidos más que 260 actos terroristas, con 160 muertos. Un atentado particularmnente trágico -la desviación hace dos años de un autobús de línea y la matanza de los 21 pasajeros a bordo- entonces fue presentado por la prensa como una acción de bandolerismo cumplida por atracadores de banco. Ahora el gobierno admite que fue terrorismo. Evoca abiertamente uniones con los talibanes, con Al Qaeda. Para un régimen obsesionado por el control del orden público, esta inédita transparencia ¿traiciona un miedo real, o es el pretexto para aplastar los pacíficos movimientos antonomistas?

Un giro en su vida ha golpeado hace dos meses a Amman Momixi, una maestra de 56 años: arrestada junto a sus 37 alumnos mientras estudiaban juntos el Corán. Todos imputados de "posesión ilegal de material religioso e informaciones históricas subversivas". La policía ha fijado fianzas de mil dólares, y para recobrar a sus hijos algunos padres han tenido que vender el ganado. Es sólo después de seis años de cárcel, en cambio, que Rebiya Kadeer, conocida empresaria local y heroína de los uigures ha sido liberada.

Pasó del Parlamento a la detención: el gobierno central primero la cooptó a Pekín como representante de la minoría, luego la condenó como espía por haber enviado recortes de periódico a los Estados Unidos. Kadeer no ha pronunciado nunca la palabra secesión: "Todo lo que pido para mi pueblo son los derechos humanos más elementales. Me contentaría que tuvieran los mismos derechos que los chinos". La mitad de los presos en los campos de trabajo del Xinjiang, denuncia Kadeer, han sido condenados por sus prácticas religiosas. Entre los millares de personas que agolpan el gran bazaar de Kashi, sólo he visto a un comerciante, en un callejón apartado, que se arrodilló sobre su alfombra a la hora de la oración. Pero aunque la policía los borra, los grafiteros siguen escribiendo el nombre de Rebiya Kadeer en los muros de la ciudad vieja.

El gobierno central trata de aplicar aquí la misma cura que en el Tihet: diluir la identidad local llevando desarrollo, riquezas y tecnologías, enseñando que en la República Popular se vive mejor que en los vecinos Estados islámicos. "Pero para los uigures faltan casas -dice Kadeer- mientras siguen llegando inmigrantes del resto de China". Los uigures que se sienten todavía en casa propia en Kashi, en Urumqi ya están en minoría. El poder está en manos de los "han". Los trabajos más cualificados acaban en manos de los jóvenes técnicos y recién licenciados venidos de Shanghai y Cantón. Para los jóvenes "han" que aceptan inmigrar a cambio de altos sueldos, ésta es la conquista del Oeste y la Nueva Frontera del boom.

Bajo el suelo del Xinjiang está un cuarto de todo el gas y el petróleo chino, el 40% de todo el carbón. Por un lado hestá el Kazakhstan rico en energía. Por el otro, el Afganistán con las tropas del OTAN. Por otro aún, las inquietas repúblicas ex soviéticas, en la encricijada entre integrismo islámico, nuevos movimientos democráticos animados por EE.UU. y capitales chinos. El Gran Juego que en el siglo XIX opuso la influencia rusa e inglesa sobre esta zona, ahora tiene a China como protagonista. Ya no es la seda la que crea riquezas entre las dunas del desierto, pero los uigures siempre están en un sitio demasiado importante como para que China los deje en paz.

Federico Rampini, LaRepubblica, 7-X-05