´El ruido de la inmigración´, Pilar Rahola

Será que las elecciones norteamericanas provocan el efecto Dorian Gray y nos retornan el reflejo de nuestro miserable rostro. Será, porque lo cierto es que no recuerdo una precampaña electoral con un nivel político tan bajo, ni recuerdo unos contendientes tan mediocres como los actuales. A caballo de promesas etéreas, subvenciones generalizadas del voto, cruzadas púrpuras y ruidos varios, el debate político está situado a ras de nada, justo allí donde habitan nuestros rutilantes pies.

Para ser más precisa, lo cierto es que hace mucho tiempo que el debate político socializó la mediocridad, en una deriva cuesta abajo, hasta la derrota final. Pero como la memoria política es memoria de pez, los tiempos pasados siempre parecen mejores, y más vacíos parecen los vacíos del presente. Me dirán que tenemos sobre la mesa algunos temas nada fútiles. Pero la cuestión no está en la fuerza de los titulares, sino en la tramposa vacuidad de su letra pequeña.

Observemos la espinosa cuestión de la inmigración. A pesar de la urgencia de un debate sereno sobre un fenómeno que está cambiando radicalmente la sociedad, y que comporta problemas complejos, el tema ha irrumpido en campaña con estridencia de baterías y trombones, sin atisbo de finezza.Unos han disparado con cañones y los otros han sacado a pasear el buenismo estúpido. En ambos casos, la inmigración ha sido una excusa para la demagogia y el populismo. ¿Será que nuestros políticos son incapaces de desarrollar, con madurez, una reflexión de fondo? ¿O que la profundidad de ideas es un abismo que marea? Si tuviéramos que hilvanar un debate inteligente, con lo que han dicho nuestros líderes no tendríamos ni para la bufanda del gato.

Hablemos de inmigración, sin tapujos, ni buenismos, ni populismo de todo a cien. Lo primero, ¿podemos hablar de ello? Ya lo escribió Jordi Juan, en La Vanguardia,y yo reclamé ese derecho cuando reivindiqué la pregunta que hicimos en Els matins de TV3, y que nos representó un vapuleo del CAC. Sí. Es absolutamente necesario hablar de los problemas que comporta un fenómeno social que, en poquísimos años, ha implicado la llegada de miles de personas de procedencias y culturas diversas. O lo hablamos en voz alta, o este debate será exclusivo de dos territorios inhóspitos: el de los flower power y todo er mundo es güeno,y el de la extrema derecha. Entre unos y otros, existe el espacio central donde las ideas adquieren sentido común. "Ese es el territorio de la política", diría el amigo Francesc-Marc Álvaro. Y yo añado: es el territorio de la responsabilidad.

Por supuesto que la inmigración representa notables virtudes y, también, problemas; y por supuesto que no caben todos, ni todos son deseables. También es cierto que, si no dotamos a las administraciones de capacidad financiera, esos problemas derivan en un agravio a los ciudadanos españoles, que no reciben la atención que esperaban. Yes cierto que la proliferación de mafias delictivas es un factor enormemente desestabilizador; y que algunas ideas extremistas, como las del islam fundamentalista, crean un serio conflicto con las leyes democráticas. Como también lo es, que en algunos barrios, los ciudadanos viven ahora peor, con pisos patera, o casas convertidas en mezquitas, o imanes convirtiéndose en jefes de barrio, o masiva prostitución callejera.

Si decimos que la inmigración es un factor de bienestar económico y de sana convergencia de culturas, también tenemos que decir que una inmigración desordenada, sumada a una incapacidad legal para ordenarla, representa un factor de conflicto. Mariano Rajoy ha dicho algo así, pero de forma tan confusa, deliberadamente equívoca y tendenciosa, que finalmente ha convertido a todo inmigrante en sospechoso. Y el PSOE, lejos de abrir un debate inteligente, ha sacado a pasear el martillo de herejes, ha repartido etiquetas de xenofobia y ha pedido perdón no se sabe a quién, si al honrado trabajador, al mafioso, al imán integrista, a la chica musulmana... En definitiva, una fiesta de buenismo barato y oportunismo estratégico que sólo puede desembocar en el desastre.

10-II-08, Pilar Rahola, lavanguardia