´Rodolfo, Rosa o Ariel´, Francesc-Marc Álvaro

La ciberdemocracia asamblearia, asistida por la comadrona catódica, ha dado a luz a su nueva y prescindible criatura: Rodolfo Chikilicuatre, estrella del momento y sustituto, en las conversaciones mundanas de algunos, de la niña de Rajoy, desaparecida ya en la resaca de las ambiciones. El asunto me interesa tanto como la etología del colibrí austral, pero, en cambio, me fascina que el personal se extrañe y se sorprenda de que ocurran este tipo de reacciones cuando a la gente se le regalan cauces para imponer gustos o hacerse el gracioso. No hace falta recurrir a la morralla de Eurovisión cuando tenemos sucesos análogos más enjundiosos, verbigracia la entrada de Rosa Díez en el Congreso de los Diputados como abanderada del nuevo partido Unión, Progreso y Democracia, votado por 303.500 almas en toda España (sólo unos seis mil en Catalunya) y cuya campaña ha usado profusamente los recursos de la red.

Que el personal vote a un personaje de coña no es nuevo. En el Ayuntamiento de Reus ejerce como concejal Ariel Santamaría, líder de la CORI y remedo del rey del rock con incrustaciones de Pitarra. Reusenses mayores de edad y en perfecto estado mental le eligieron para que les representara. Ahora, que se ha puesto de moda decir que el català emprenyat es una ficción (¿más o menos que esa desafección citada por Montilla?), no estará de más recordar que siempre ha existido el català ximplet, conectado con corrientes profundas que pasan por el rector de Vallfogona y llegan hasta los que, en las elecciones, propugnaban abstenerse en Catalunya "perquè són eleccions d´Espanya i no ens interessen". Así se expresa la inteligencia política en algunos barrios.

Lo de Chikilicuatre, además de una operación publicitaria de una productora de televisión, me lleva hasta una de mis debilidades, los situacionistas, tan antiguos y actuales. A otros les da por estudiar el neoconservadurismo y, citando o no a Churchill, nos lo cuentan cada semana en sus columnas monográficas. Allá cada cual con sus zoofilias. El amigo Guy Debord, que está en los cielos, ya predijo la tontería del falso cantante eurovisivo y la burrada colectiva que nos lleva a hablar de él, empezando por un servidor: "El espectáculo no quiere llegar a ninguna parte que no sea a sí mismo". Más claro, agua. Lo escribió en 1967 en La sociedad del espectáculo,libro cuya enorme validez anticipatoria compensa su obsolescencia política. El espectáculo somos nosotros tomando como excusa la última memez. El freaky no es Chikilicuatre, sino el público que lo entroniza. En el mismo volumen de Debord, hay otra sentencia que creo muy pertinente cuando los periodistas de Madrid que han dictado el discurso del PP reclaman contundentes que Rajoy se haga el harakiri: "Tanto Stalin como la mercancía que pasa de moda son denunciados por los mismos que los impusieron".

14-III-08, Francesc-Marc Álvaro, lavanguardia