(modelo educativo:) ´Todos queremos más... y más´, Imma Monsó

Todos queremos más

Las numerosas frivolidades vertidas en diversas tertulias a raíz de la huelga de profesores del pasado día 14 han dolido a un colectivo que lleva años cargando con los resultados de sucesivas reformas. Reformas que se han hecho siempre a sus espaldas y que, como auguraban los pesimistas, no han contribuido a mejorar ni las condiciones laborales del profesor ni los niveles de conocimientos del alumno. Los males son muchos y muy complejos, y nadie más capacitado que los trabajadores de la enseñanza pública para analizarlos. Pero, ¿interesan los matices que estos podrían aportar?

No. La verdad lleva tiempo. Los espacios televisivos recuerdan cada vez más, por su formato impactante y agresivo, a una clase de segundo de ESO ávida de jaleo. Y la tele, como las clases, va bajando el nivel de calidad al ritmo trepidante de nuestros tiempos. De ahí que el informe PISA, repleto de clasificaciones como Eurovisión o la Champions, haga las delicias de tertulianos prepotentes con pocas ganas de leer y muchas de sentenciar. Y, sin embargo, si toda clasificación es en sí misma un procedimiento trufado de falacias, extraer un servicio público como la escuela de su contexto social y compararlo con otros es aún más falaz: porque la escuela es el sistema que con más fidelidad refleja la sociedad en la que se halla. Por eso los viajes de políticos a los países que encabezan la clasificación para observar sus sistemas educativos se han saldado con un balance negativo.

Así, por ejemplo, ¿De dónde surge ese paraíso a lo Summerhill que son las escuelas finlandesas? ¿Esas clases más cortas (45 minutos) con sus pausas más largas (15 minutos entre clase y clase)? ... ¿Esos estudiantes que dominan hasta cinco lenguas al término de la escolaridad?... ¿Esos alumnos tan autónomos que trabajan pese a no ser evaluados y que pueden trabajar solos en clase? "¡Los alumnos se pasean en calcetines y hacen los deberes escuchando su iPod!", declaró estupefacto el ministro francés Xavier Darcos, tras su viaje a Finlandia.

Ministros y consellers de varios países han acudido en busca de la pócima escandinava para acabar concluyendo que su sistema es inexportable, porque su escuela, como todas, es el espejo de su entorno. Ejemplo: el habla finlandesa aparece en todos los estudios de análisis del discurso caracterizada por sus largas pausas. Los finlandeses son muy silenciosos (incluso cuando están ebrios), y jamás interrumpen el turno de palabra del interlocutor. Los finlandeses tienen uno de los índices de lectura más altos del mundo. A los actos literarios nunca les falta público y muchas presentaciones de libros y lecturas poéticas son... de pago. Los finlandeses respetan las normas hasta extremos aquí desconocidos (un viaje de tres horas por sus tranquilas carreteras le dejará más relajado que una sesión de aguas termales).

Claro está que todo ello no impide que tengan uno de los índices de suicidio más altos del mundo o que ocurran cosas como la masacre del instituto de Tuusula, pues en todas partes cuecen habas.

Así las cosas, me pregunto si los informes comparativos sirven para algo más que para alimentar las tertulias con argumentos maximalistas. Tenemos una alta tasa de inmigración, un carácter impaciente y nada respetuoso de las normas, un presupuesto vergonzosamente escaso para la escuela pública. Y si algo se puede afirmar con rotundidad es: en Finlandia, gracias a unas condiciones privilegiadas, consiguen la excelencia. Aquí, pese a unas condiciones adversas, conseguimos bastante. Eso sí: todos queremos más. Pero comparar la velocidad con el tocino no ayudará.

23-II-08

Queremos más (2)

Expuse la semana pasada los motivos por los que el informe PISA se está revelando de escasa utilidad para mejorar las condiciones de aprendizaje en las aulas y de mucha para restregar cifras en los morros del interlocutor adversario en tertulias y conversaciones familiares. Algo, que por cierto, nunca harían los finlandeses, gente de habla serena y de conversación pacífica, que nunca avasallan al interlocutor. (Tengo una amiga finlandesa que regresó a su país tras dos años en Reus sin haber abierto el pico: no acabó de entender que aquí, para meter baza en una conversación, haya que atropellar verbalmente al interlocutor porque los turnos de palabra no se ceden: se arrebatan.) Hemos quedado, pues, en que no podemos importar los elementos de un sistema educativo sin importar el país entero. Es algo bastante obvio, pero aun así hay quien sigue usando el informe PISA como arma arrojadiza (algo que, por cierto, tampoco harían los finlandeses, nada partidarios de las comparaciones entre alumnos por aquello de no traumatizarlos). Lo curioso es que Finlandia no está sola en el ranking de los elegidos. Encabeza la clasificación junto a otros países... Sin embargo, nadie dice ni pío de, por ejemplo, Corea del Sur, cuyo sistema educativo está entre los tres top.¿Por qué?

Pues porque funciona más o menos así: 1) La escuela pública es muy deficiente. 2) Esta opinión es tan unánime que hace ya mucho tiempo, para complementar la escuela, se crearon las hagwon,una especie de academias privadas. A ellas acuden los niños hasta horas tan intempestivas como las once de la noche.

3) Al día siguiente, las criaturas bostezan o se duermen ante profesores que también bostezan y que se han habituado a esta indolencia. Resumen: Todos están encantados, pues les va fenomenal (en el informe PISA). Los políticos están contentos por encabezar los rankings mundiales sin devanarse los sesos. Los profesores están tranquilos: sus alumnos trabajan (aunque sea en la hagwon)y son dóciles (duermen). Los propietarios de dichas academias están aún más contentos, pues su negocio va viento en popa. Y los padres de los chavales también, pues sienten que sólo este sistema les garantiza una educación rigurosa (de paso, así, los preparan para la esclavitud del día de mañana como ejecutivos de alguna empresa coreana a la que consagrarán 20 horas diarias). Menos contentos están, eso sí, los trabajadores de las hagwon,a menudo profesores extranjeros sometidos a unas condiciones laborales deplorables. Pero estas clases tienen tradición; y también una historia bastante pintoresca: mientras el gobierno llegó a prohibirlas por considerarlas un sistema injusto que impide la igualdad de oportunidades, el pueblo ha luchado siempre por recuperarlas y lograr que el Tribunal Supremo de Corea del Sur las reconozca como legales. Y así ha sido.

¿Qué predispone a los padres a querer perpetuar este sistema? Pues probablemente una noción de jerarquía social muy arraigada, así como una enorme importancia de las apariencias y de la presión familiar. De nuevo nos hallamos ante factores que no están presentes en nuestra sociedad. Pero, ¿acaso lo están en la finlandesa? Es decir, ¿guardan las escuelas y las sociedades de los países de cabeza alguna relación entre ellas? En absoluto. La coreana es una sociedad jerárquica y meritocrática, mientras que la finlandesa lo basa todo en la igualdad, la flexibilidad y la no competencia. Buscando mucho, finalmente, sí encontramos un punto en común entre ambas sociedades. Un punto obvio, aunque clave, que por falta de espacio no puedo revelarles (pero continuaré). 

1-III-08

...Y más (3)

Lo lógico sería hallar, entre sistemas educativos como el de Finlandia o Corea del Sur, a la cabeza del informe PISA, muchos puntos en común que nos iluminaran acerca de por qué son tan eficaces. No es así: son escuelas muy distintas insertas en sociedades también muy distintas. Algo, sin embargo, sí tienen en común: el silencio en las aulas. A priori, puede parecer una cuestión menor. Pero no lo es en absoluto. ¿Qué permite a un alumno averiguar lo que se dice en clase? El silencio, elemento imprescindible para la concentración, para la escucha del otro.

En el polo opuesto de las aulas finlandesas o coreanas, nuestros adolescentes no escuchan: hablan y emiten todo tipo de sonidos. Incluso los buenos alumnos, una vez han contestado lo que se les pide, se desentienden por completo de lo que los demás responden. El formato, ya lo he dicho en alguna ocasión, recuerda al de esos debates televisivos en los que todos quieren meter baza pero les importa un pito lo que dice el otro.

Aunque recuperar el respeto por la palabra ajena no conseguiría que todos aprendieran, daría al menos oportunidades a los que sí quieren hacerlo. Más aún: incluso aquellos cerebros radicalmente impermeables al aprendizaje quedarían impregnados, muy a su pesar, de algún tipo de conocimiento volandero. Como se ve, el objetivo no es que todos escuchen: basta con que los que no lo hacen lo aparenten. Huelga decir que se incrementaría notablemente el tiempo lectivo sin necesidad de alargar el horario.

Por desgracia, no podemos importar ninguno de los silencios que reinan en las aulas de los países que encabezan el PISA: ni el silencio finlandés, forjado en los remotos hielos del Ártico, y tan célebre que hasta su metro en horas punta parece El Bosque Encantado, ni el silencio del sistema coreano, que duerme a los niños de día y los hace trabajar de noche en las hagwon,impulsados por una presión que aquí es impensable ejercer sobre nuestros jóvenes. Aprovechemos para destacar que, en este punto de la falta de respeto por la palabra del otro, nada ha tenido que ver el fenómeno de la inmigración. Siempre cuento esta anécdota: cuando a un grupo de alumnos recién llegados de distintos países sudamericanos y asiáticos les pregunté qué les había impresionado de Barcelona, no me hablaron ni de la torre Agbar ni de la opulencia de El Corte Inglés Diagonal. Me contestaron: "La falta de respeto hacia los profesores" (sic). Y añadieron: "En nuestro país los tratamos como a los padres". (Es de suponer que aquí también.) Tres años después, estos chicos son tan poco respetuosos como los nuestros.

Ayer me acordé una vez más de esta anécdota, cuando una chica boliviana que tenía la intención de traerse a sus dos hijos, me dijo: "No lo haré". Tras un año limpiando la terraza de una casa a la hora en que los chicos salen del colegio contiguo (por cierto, concertado), le aterra que sus hijos vengan a maleducarse a nuestro país.

Por supuesto se puede objetar que muchos de estos países, pese a la buena educación en las aulas, no poseen un sistema educativo "de calidad". Pero la situación, una vez más, no se puede comparar: aquí no nos faltan recursos para dar una enseñanza de calidad (o, al menos, de calidad "PISA").

Sin embargo, esta no llega a los alumnos porque el canal de comunicación en el aula está gravemente perturbado. Lo mismo está sucediendo en nuestras vecinas sociedades urbanas europeas. Es un problema clave, en el que no es difícil determinar responsabilidades. Al fin y al cabo, ¿quién es el responsable primordial de la buena educación de una criatura? El sábado, la respuesta. Aunque les aseguro que carece por completo de misterio.

8-III-08

...Y más (4 y cierre)  

Un estallido de alegría se desata cada vez que a un grupo de chavales de entre 10 y 14 años se les anuncia que el profesor Fulano no viene porque está enfermo, da igual si moribundo: Ningún otro profesional provoca con su ausencia tal explosión de felicidad en sus usuarios. Ello se debe a que los más interesados en que el servicio se cumpla (los padres) no son los usuarios directos del servicio. En esta estrambótica situación, nada se puede hacer sin unos padres que garanticen una fuerte complicidad con la escuela.

La escuela entraña para el niño ingresar en el ámbito de lo público, saberse uno entre otros, fuera de la privacidad protectora de la familia. Aprender que El Otro cuenta también y que la diferencia ha de ser respetada, incluida la diferencia entre el profesor experimentado que manda y el alumno inexperto que obedece. Y aun en el caso de que el maestro sea más estúpido que el alumno (al fin y al cabo, la estupidez se halla repartida entre todas las profesiones de una manera prodigiosamente equitativa), el alumno le debe respeto en tanto que autoridad dentro del aula y en tanto que persona de mayor edad.

La aparición de programas como Supernanny no es un azar. Responde a una preocupación creciente de la sociedad frente a la incapacidad por parte de los padres de inculcarles límites. Puedo contarles infinidad de casos inverosímiles pero rigurosamente ciertos: desde el pediatra que se queja de que aumenta el número de padres que piden para su bebé un menú alternativo a la papilla (¿acaso una fabada?), porque notan que a su hijo de meses "no le gusta", hasta el de esa madre que, tras haber sido su hijo castigado en el instituto a no acudir a Port Aventura de excursión, decide llevarlo ella el mismo día. Las consecuencias de esta entronización del niño en el hogar tienen una traducción directa en las aulas.

No es nuevo que un chaval trate de transgredir la norma. Eso es natural, y hasta sano. Lo que es nuevo es la convicción que muchos exhiben de que no van a apechugar con las consecuencias de sus actos. Tal convicción sólo puede obedecer a que saben que, en último extremo, sus padres les apoyarán. Me pregunto qué impide a muchos padres retirar ese apoyo a sus hijos. ¿El miedo a bajarles la autoestima?... Un chaval con la autoestima elevada y un comportamiento inapropiado es el perfecto candidato para que la vida le deje con la autoestima hecha polvo. ¿Es acaso la inseguridad, porque como padres también incumplen normas? Bah, para ser un buen padre no es imprescindible ser un ángel: ser padres es marcar límites, ejercer de educador, no de modelo. ¿Es quizá el deseo de parecer cool lo que lleva a algunos padres a preferir ser cómplices del inmaduro antes que de la carca autoridad de la escuela? ¿O es un arrebato de paranoia lo que lleva a muchos a dirigir al jefe de estudios la extraña pero frecuentemente oída frase: "Es que todos los profesores van a por mi hijo"?

De todo habrá. Pero a mi modo de ver, estas actitudes contribuyen tanto a la degradación del sistema escolar como la de los padres que dimiten por completo de su función. Y por más que Sarkozy intente en Francia reintroducir la buena educación en la escuela a base de formalidades como levantarse cuando suena La marsellesa,no creo que sea esa la solución. Sólo la complicidad de los padres (y no me refiero a la que se requiere para organizar carnavales y costilladas, sino a la de tomar medidas comunes respecto de la educación de sus hijos) permitirá que en el aula se invierta menos tiempo en consignas obvias y más en la instrucción que fundamenta una enseñanza de calidad.

Imma Monsó, lavanguardia