┤Pueblos de Espa˝a┤, Albert Gimeno / ┤Marcas que marcan┤, MÓrius Carol

Una de las principales virtudes de un representante, de un cargo público, de un directivo empresarial, deportivo o social de rango es tratar de no meter la pata, saber sortear con habilidad dialéctica todo tipo de contratiempos - voluntarios o no- que la realidad colocará encima de la mesa, como si se tratase de apetitosos tocinillos de cielo que luego traerán desagradables consecuencias. En una de estas se vio el presidente de Seat, el señor Francisco García Sanz, cuando admitió que no ponen nombres catalanes a sus vehículos porque "nosotros somos españoles".

Sinceramente, creo que los ciudadanos de Catalunya pueden sobrellevar el trance de que la futura berlina de la compañía española no se llame Montserrat, ni Papiol, ni Figueres, ni Sitges (ese nombre no, que resultaría muy difícil de pronunciar fuera de estos lares) ni, por supuesto, Valls (otra prueba de pericia fonética para aquellos que cuando pronuncian el nombre del futbolista Cesc tienen que arquear las cejas como si estuvieran realizando un doble salto mortal con tirabuzones). Lo que es más difícil de digerir de alguien que preside una empresa importantísima cuya sede y centro fabril se halla en Catalunya es un chascarrillo tan inoportunamente ofensivo. Su ocurrencia falta a los catalanes que sólo se sienten catalanes por el desprecio hacia lo suyo pero, por encima de todo, a quien falta de verdad es a todos los ciudadanos de Catalunya que añaden a esa condición la de sentirse españoles con la misma naturalidad que sus compatriotas de Jerez, de Albacete, de León o de Pontedeume. Cuando algún talibán del independentismo catalán muestra en público un detalle que entraña la exclusión de lo español en Catalunya, los cañones de la Villa y Corte disparan un fuego incesante sobre él, pero ¿qué ocurre cuando algún español decide por su cuenta y riesgo que España finaliza en la frontera del Ebro y se permite el lujo de verbalizar esa idea sin complejos? Poca cosa, la verdad. Es un desliz inaceptable para alguien con estudios y con capacidad. Los ciudadanos del nordeste de España están un poco cansados de meteduras de pata como esa, o como la que se le escapó a Esperanza Aguirre cuando vino a decir que prefería que Endesa acabara en manos españolas (como si Gas Natural fuese una sociedad afincada en Burkina Faso) o como la que se vivió en el palco del Bernabeu en 1969 cuando una dama de la sociedad madrileña trató de consolar al presidente blanco, Santiago Bernabeu, después de que el Barça venciera al Madrid en la final de Copa, mirándole fijo a los ojos y soltándole unpatético "Santiago, ha perdido España".

20-IV-08, Albert Gimeno, lavanguardia


 

Barcelona es el nombre de una silla de Mies van der Rohe que figura en el MoMA, de un asteroide descubierto por Josep Comas i Solà que está en los manuales internacionales de astronomía, de una canción de Freddie Mercury y Montserrat Caballé de la que se vendieron cientos de miles de discos, de un poema de Boris Vian que aparece en las mejores antologías de poesía o de una serie de litografías de Joan Miró, que cuelgan en los mejores museos del mundo. Pero a Francisco García Sanz, presidente del consejo de administración de Seat, le resulta un nombre inapropiado para uno de sus modelos de coche que, en cambio, pueden llamarse Córdoba, Ibiza, Toledo, León o Marbella. En concreto, a la pregunta de un periodista sobre si habían valorado la posibilidad de ponerle a uno de los coches de la marca el nombre de una ciudad catalana, el presidente de la compañía respondió que lo descartaba porque "Seat es una marca española" (sic).

García Sanz es un eficaz ejecutivo que llegó al grupo Volkswagen hace quince años de la mano de José Ignacio López de Arriortúa. Este madrileño, formado en Alemania y que ha ocupado puestos de responsabilidad en este país, pero también en Turquía y EE. UU., hizo unas declaraciones sorprendentes impropias de un hombre viajado. Y extrañas, cuando la sede central de Seat está en Martorell. Llamarle a uno de sus modelos Barcelona, Girona, Cardedeu o Vilademuls no debería afectar a la competitividad o a las ventas. Es cierto que de un tiempo a esta parte algunas declaraciones de políticos catalanes no han contribuido a hacer amigos en España, pero tampoco es para que haya que huir del nomenclátor del país. Uno puede entender que la dirección de Mitsubishi cambiara en España el nombre de su modelo Pajero por Montero, porque aquí el nombre original sonaba como una invitación al monólogo afectivo. Pero si el departamento de marketing de Seat piensa, pongamos por caso, que Gallifa resulta una marca invencible para la berlina que lanzará la compañía a final de año, no parece que la españolidad de Seat deba constituir un obstáculo.

Que después de dos décadas con presidentes alemanes, Seat volviera a contar con un español al frente de la sociedad fue valorado en su día de forma positiva. Por eso resulta extraño que sea el nuevo presidente quien rechace de plano poner el nombre de una localidad catalana a un coche, cuando además resulta que este caballero tiene su despacho a las puertas de Barcelona. Yo que él, si lo de Barcelona le parece de equipo de fútbol, no descartaría lo de Seat Gallifa. Es fácil imaginarse a Nelly Furtado cantando en el anuncio el tema No hay igual, donde recita Tú me encantas / el tiempo pasa / no quiero otro para acabar con la voz susurrante habitual: Seat Gallifa, autoemoción.Pero no será, una pena. García Sanz se lo pierde, y nosotros no nos lo explicamos.

20-IV-08, Albert Gimeno, lavanguardia