´¿Quién llora por Hu Jia?´, Pilar Rahola

Sólo hace falta leer las informaciones que nos ofrece Amnistía Internacional sobre las atrocidades del régimen: detenciones masivas sin ningún tipo de procedimiento legal, internamiento en psiquiátricos para "curar" a los disidentes, castigo indiscriminado a los familiares, uso de la tortura, etcétera. Amnistía ha llegado a denunciar que, con la excusa de los Juegos Olímpicos, China está perpetrando una "limpieza de seres humanos", que son llevados a centros secretos de detención y tratados con la implacable violencia del régimen. Ninguna libertad, excepto la de hacer dinero, está permitida, y así, en su año olímpico, no sólo no ha reducido la represión, sino que China la ha aumentado, convencida de que los ojos del mundo sólo miran hacia la billetera. Probablemente si China no fuera el gigante económico que es, nunca hubiera conseguido el sueño olímpico. Pero lo era, y se hizo efectiva, una vez más, la máxima de Francisco de Quevedo: "Poderoso caballero es don Dinero". Así, los elegantes señores del COI, mientras consolidaban sus intereses terrenales, nos vendieron bondades de libertad en la China olímpica. Bondades que, por supuesto, China se pasó por el forro de una dictadura que no tiene otra vergüenza que su desinhibida desvergüenza. Llega hasta tal punto su falta de complejos, que, con la llama olímpica iniciando su recorrido, se permitió ejercer la enésima violencia brutal en Tíbet, donde el número de detenciones arbitrarias supera todas las expectativas. Y en la propia China, no sólo ha limpiado a todos los disidentes que ha encontrado por cualquier rincón de su vasto territorio, sino que incluso ha condenado a cárcel a uno de sus opositores pacíficos más simbólicos e internacionalmente conocidos, Hu Jia, a quien se le ha negado incluso la medicación, a pesar de estar enfermo de una hepatitis grave. Su mujer, Zeng Jinyan, y su hija de pocos meses están bajo arresto domiciliario, no pueden recibir visitas, no tienen derecho a ninguna conexión con el exteriory su situación es, hoy por hoy, un preocupante misterio. Si sumamos a la represión coyuntural sobre personas o casos concretos, la estructural, cofundadora de la propia revolución - y que implica la negación de todos los derechos fundamentales-, tenemos un cuadro preciso y horrendo de la China actual. Esta China, que no ha modificado ni un ápice su estructura represora, es la que ha sido merecedora del anuncio planetario más importante de nuestros días: unos Juegos Olímpicos. De ahí que las peticiones del COI, o las voces preocupadas que se alzan en algunas cancillerías, o, incluso, algunas tímidas solicitudes de boicot suave, me suenan, y nunca mejor dicho, a cuento chino.¿Necesitábamos tener imágenes de algún lama lloroso, violentado y asustado, para saber que China no merecía la categoría de unos Juegos? ¿Necesitábamos poner bajo los focos la desgracia del pueblo tibetano para descubrir la violencia del régimen? Y, puestos a ser impertinentes, ¿por qué nos hemos movilizado masivamente por los derechos de Tíbet, y no lo hacemos por los derechos de los miles de Hu Jia que, literalmente, se pudren en las cárceles chinas? Queda dicho (y así lo demostré siendo pionera, en estas páginas, de la preocupación por Tíbet) que la represión en ese bello país me duele profundamente, pero también creo que Tíbet es merecedor de atención porque forma parte de las causas fashion que los esnobs pasean por el mundo. Lo que ocurre en Tíbet es gravísimo. Tanto como lo que ocurre en la propia China. Y sin embargo, los chinos perseguidos, encarcelados, torturados, desaparecidos, no merecen ni intentos de apagar la llama olímpica, ni ningún tipo de protesta. Es extraño decirlo así, pero lo que menos nos interesa de la represión china son las víctimas chinas. Cosas de la hipocresía del mundo, que levanta la pancarta con una mano, y con la otra se protege la cartera.

15-IV-08, Pilar Rahola, lavanguardia