“Monstruos“, Joana Bonet

El horror se mezcla con la compasión y el morbo en la historia de Elizabeth Fritzl, a cuyo agresor los medios de comunicación han llamado de forma unánime "el monstruo de Amstetten". La deshumanización del criminal continúa siendo una táctica utilizada para mantener dentro de una burbuja de respeto a la raza humana, pero ni la animalidad del término es capaz de hacernos olvidar que los delitos más aberrantes, por extremos que sean, tienen cabida en la mente del individuo. Hasta el momento han trascendido informaciones que contribuyen a la recreación de terroríficas escenas, por ejemplo que cuando violaba a su hija esta pedía a los niños que pusieran el televisor a todo volumen. También se ha revelado que a la hija mayor, ahora en coma, se le empezaron a caer los dientes, y que la propia Elizabeth tenía el pelo cano y la piel color ceniza. Los signos de sordidez y decrepitud van aderezando la reconstrucción de la peor de las condenas; a la privación de libertad de una joven inocente se le suman las violaciones continuas y el hecho de que su verdugo sea sangre de su sangre.

Es probable que la única esperanza de esta mujer fuera el cuidado de sus hijos enfermos, gateando por el zulo que intentaba decorar con peces de colores pegados en las paredes, en su vano intento de recuperar un pedazo de la dignidad perdida. No hay más que ver la foto del retrete, la única estancia que se ha difundido de la mazmorra familiar. En una sola imagen se concentran elementos capaces de ilustrar el drama cotidiano: una bolsa de agua caliente color naranja colgada de un clavo junto a una toalla áspera, la pegatina de un pulpo negro en la pared de la bañera, un recipiente bajo el lavamanos para recoger el escape de la tubería, una estrella en la cisterna, la figura de un elefante encima del espejo. Porque Elisabeth Fritzl tenía espejo, el único testigo objetivo de cómo iba pasando el tiempo mientras ella dejaba de existir, pisoteada durante veinticuatro largos años y siete partos sin asistencia médica.

El incesto siempre ha sido un tabú a pesar de que haya causado auténticos estragos. Ya en el derecho romano, la vida de los hijos pertenecía al pater familias hasta que este moría. La figura de un padre padrone que encubría la crueldad a base de disciplina era bien conocida en la España de antes e incluso de después de la Guerra Civil. Hasta que las mujeres no pudieron independizarse intelectual y económicamente, muchas eran el trofeo de caza de sus progenitores y algunos de ellos se refugiaban en la omnipotencia, la testosterona o el alcohol para toquetearlas e incluso desvirgarlas. No demasiado lejos de nuestras casas viven hoy muchos testigos mudos que han sido forzados por miembros de su familia. Se calcula que un 15% de mujeres y un 10% de hombres han sido agredidos en su infancia, llegando a considerar estos abusos como muestras de cariño hasta que alguien les abrió los ojos. En Francia, Lydia Gouardo tuvo seis hijos de su padre, sus vecinos sabían de la relación incestuosa... pero nadie se quería meter en su vida. El caso austriaco lleva implícito el simbolismo de la localización. No se trata de aldeas nigerianas ni de las esclavas sexuales de cuatro años en Camboya. Es en el país del vals, de Klimt y de la tarta Sacher, cuna de civilización y patria del psicoanálisis, donde el sistema muestra su porosa vulnerabilidad escondida en los sótanos. Me pregunto cuántos otros "monstruos" que han abusado de sus sobrinas o hijas leerán esta noticia, pensando que ellos son la caperucita roja. Y cuántas víctimas sentirán que el silencio debe seguir cayendo encima de ellas como una losa, incapaz de enhebrarse en forma de palabras. Uno de los secretos más oscuros que atraviesa las relaciones familiares, capaz de desarticular la dignidad humana, sigue guardado bajo llave. Pero, ¿estamos preparados para dejar que se asome?

7-V-08, Joana Bonet, lavanguardia