´El antisemitismo español también late a la izquierda´, Pilar Rahola

España nunca hizo los deberes con su responsabilidad antisemita. Ni antes, ni ahora, hasta el punto que no sorprende la dura acusación de Pat Cox, presidente del Parlamento Europeo, en su informe de marzo de 2004: España está considerada, hoy, como la fuente principal de incitación contra los judíos en Europa. Dice el informe del European Monitoring Centre on Racism and Xenophobia, hablando de la cobertura mediática del conflicto de Oriente Medio: “puesto que los estereotipos que se encuentran en dicha cobertura son los mismos que contra los judíos que reinaban en los años 30 (matando niños, controlando el mundo, relación con el dinero, oscuras intenciones...), es imposible afirmar que la ola anti-israelí que recorre España sea independiente de un contenido antisemita en las noticias”. Estas afirmaciones se completan con los resultados que Gallup ha presentado para la Liga Antidifamación, en una encuesta reciente: el 72% de los españoles deportaría a los judíos de Israel; solo un 12% aceptaría tener vecinos judíos; el 69% cree que los judíos ostentan demasiado poder y un 55% les atribuye “intenciones oscuras” que no saben concretar. Para mi desgracia, el estudio es contundente: Cataluña y el País Vasco presentan los índices más altos de judeofobia.
Datos recientes avalados por grandes instituciones. Sin embargo, ¿han preocupado a alguien? Diría más, ¿han sido creídos, leídos, asumidos? No solo se han convertido en papel mojado, sino que el global español mantiene los esteriotipos que han motivado la alarma de Estrasburgo. Convencida de ello, la acusación que lanzo es precisa: hoy, España, vuelve a ser antisemita. Antisemita al estilo polaco, es decir, en expresión feliz de Paul Landvai, “antisemita sin judíos” Y digo antisemita a sabiendas que la mayoría de mis colegas (especialmente de la izquierda) no solo no aceptan el término, sino que les ofende, como si el antisemitismo fuera patrimonio exclusivo de la extrema derecha y del catolicismo fanático. Sabemos, desde que Martín Luther King lo denunció en su “Carta a mi amigo antisemita” que muchos son los camuflajes del antisemitismo, y que el antisionismo y el antiisraelismo son mucho más llevaderos para según qué pieles sensibles. Pero se alimentan de las mismas fuentes de intolerancia. Por supuesto que la crítica a Israel es legítima, y que no toda crítica puede englobarse en el antisemitismo, pero hay tantos motivos de alarma que habrá que analizarlos si no queremos alimentar nuestro huevo de la serpiente.

Primera alarma: la banalización sistemática y desalmada de la tragedia del Holocausto. Una banalización que no se produce solo en panfletos aberrantes de los nazis de turno, sino en artículos y declaraciones de intelectuales con prestigio y mayoritariamente progresistas. Aún resuenan, para vergüenza de millones de muertos, los desprecios de Saramago a la memoria de la Shoá. Pero no solo el venerable Nobel ha minimizado la única industria de exterminio de la historia de la humanidad, sino que su actitud empieza a ser una gramática colectiva. Humor gráfico con líderes israelíes convertidos en nazis, acusaciones de genocidio y prácticas hitlerianas en cualquier acción israelí, comparaciones alegres entre el Holocausto y cualquier contingencia violenta actual... Sin ir más lejos, López Agudín, en este mismo periódico, planteaba un aberrante paralelismo entre Auschwitz y las prisiones en Iraq. Es decir, la pertinente crítica a las torturas a presos iraquíes, se convertía en una alegre excusa para reducir una monstruosidad incomparable a nada –“la muerte del alma humana”, como lo definió Claude Lanzmann en su Shoá-, con un deplorable capítulo de torturas. Banalizar el Holocausto es una doble vergüenza moral: lo es con la memoria trágica de Europa, y lo es con nuestra responsabilidad histórica. Pero nada surge de la nada. Hoy podemos banalizar el Holocausto porqué nunca nos preocupó educar a nuestra sociedad en su trágico significado, hasta el punto que lo hemos circunscrito a una simple cuestión alemana. Auschwitz es la estación final de decenas de siglos de persecución contra la piel judía europea, y España (Isabel la Católica en mano) fue motor del odio antisemita que siempre ha recorrido la espina dorsal europea. Todo lo bueno, en el campo del derecho, las letras, las ciencias, la medicina, todo lo bueno que nos ha pasado tiene que ver con la Europa judía. Todo lo malo que nos ha pasado tiene que ver con la Europa antijudía. Sin embargo, ni aprendemos, ni asumimos la responsabilidad moral que la memoria trágica exigiría. De la desmemoria nace la banalización y el olvido. Del olvido renace el prejuicio. Y en el prejuicio vuelve a habitar la intolerancia.

En perfecta sinergia con la banalización del Holocausto, la mayoría de nuestra Intelligentsia practica un antiisraelismo furibundo que va más allá de la lógica crítica a las acciones israelíes. Por el camino, no solo se maniquea la realidad convirtiéndola en una partida entre buenos y malos, sino que se magnifica la culpa judía y se reduce, hasta la desaparición, la culpa palestina. La minimización del terrorismo palestino, enemigo fundamental de la propia causa palestina, es uno de los ejercicios de irresponsabilidad más estridentes del pensamiento de izquierdas español. Como estridente es la solidaridad selectiva que solo llora por las víctimas palestinas y ningunea, hasta el más hondo desprecio, a las judías. Esto ocurre en cada ámbito donde se habla de este complejo conflicto, de manera que podríamos afirmar que sobre Israel no se informa, se hace propaganda.
En este contexto de distorsión informativa, la banalización de la Shoá toma especial relieve. Si el holocausto es comparable a cualquier acción violenta coyuntural, los israelíes pierden toda condición de víctimas y quedan desnudos ante su única condición de verdugos. Por el camino, Europa se libra de su propia culpa. De ahí a lanzar, sobre la cabeza de Israel, la acusación de “genocidio” o “nazismo”, va un estrecho margen que cada día se traspasa. Y ello a pesar de que es especialmente inmoral lanzar sobre los restos del naufragio del genocidio, la acusación de nazi. Pero es una inmoralidad al uso, perfectamente asentada en los salones finos del pensamiento de izquierdas políticamente correcto.
Intelectuales, líderes de izquierdas, opinadores, ¿no tenemos responsabilidades morales que estamos vulnerando? La responsabilidad de hacer pedagogía de la tolerancia, y no alimentar los viejos demonios con vestidos nuevos. Y recordemos que el antisemitismo es la escuela fundacional de la intolerancia. La responsabilidad de no traicionar a la memoria trágica europea, situando la maldad extrema del Holocausto en el lugar único de horror que se ganó a pulso de millones de muertos. Cada vez que un intelectual juega frívolamente con la memoria de la Shoá, por buenas intenciones que tenga, está volviendo a matar a sus víctimas. Es la sutil doble muerte, la muerte física, y la muerte del olvido. Con el agravante de que la minimización del holocausto no solo despoja a las víctimas de su lugar en la historia, sino que lanza un mensaje aberrante a la sociedad: no es necesario vacunarse del largo camino de odios que lo hicieron posible. Y, finalmente, vulneramos la responsabilidad de analizar la realidad en términos veraces y no estomacales, dando elementos que sirvan para objetivar los problemas, y no convertirlos en excusas doctrinarias. Respecto a Israel, hemos substituido a las ideas por las consignas, al debate por la pancarta, y al pensamiento por la propaganda.

El resultado es un odio furibundo a Israel, una indiferencia absoluta por las implicaciones de países de la zona en el terrorismo, y una exculpación, vía martirologio, de los horrores que el terrorismo palestino perpetra. Es decir, el resultado no es útil ni para los propios palestinos, aunque alimente bajas pasiones.
Concluyo compartiendo la alarma de Pat Cox: estamos creando un nuevo cuerpo doctrinario antisemita. ¿Paralelo al clásico? No. El nuevo antisemitismo es de izquierdas, es de élites y es inconsciente. Pero es. Lo es aunque sus altavoces le nieguen su auténtica naturaleza.
Pilar Rahola : Diario El Mundo. Madrid.