´´Ven al zoo!´ (nueva campaña)´, Quim Monzó

Explica la BBC que a los que visitan Tailandia les ofrecen la posibilidad de viajar a un pueblo norteño para ver a mujeres y a niños de una tribu la mar de exótica a los ojos de los turistas. Es una tribu cuyas mujeres tienen cuellos muy largos, rodeados de aros de cobre.

El alboroto se ha producido al disfrazarse de turista un reportero de la BBC y visitar el poblado. El reportero se llama Enver Solomon, y explica que las mujeres y los niños de la tribu de los karen, procedentes de Birmania, viven secuestrados, en régimen de esclavitud. Explica Solomon: "Durante décadas, los karen han luchado contra la dictadura militar birmana, pidiendo tener un Estado propio. Hasta que, el año pasado, una ofensiva del ejército birmano los obligó a abandonar sus casas. Ahora, las mujeres se han visto reducidas a atracciones turísticas, y cada día las muestran como espectáculo para los visitantes, que se quedan embobados contemplando sus largos cuellos. Desde la edad de cinco años, las mujeres colocan alrededor de sus cuellos pesados aros de cobre, para alargarlos. Llegan a ser tan largos y tan débiles que, sin aros, no pueden aguantar el peso de sus cabezas. En algunos grupos, para castigar a las mujeres que han cometido adulterio, les quitan los aros".

Según el Acnur - la organización de la ONU para los refugiados- hay otros siete poblados similares, que califica de "zoológicos humanos". Ese sintagma ha impactado en los medios de comunicación, por su rotundidad, y ha contribuido a que se hable del asunto y la gente se escandalice. Los zoológicos humanos que visitan los turistas son delictivos porque sus habitantes viven en esclavitud, pero conviene no olvidar que no son más que el eslabón siguiente de la cadena infinita del turismo morboso, ese del que hablábamos aquí mismo hace unos días. El turismo de los que viajan a las cárceles donde estuvieron encerrados Vaclav Havel o Nelson Mandela; el de los que iban a Fago, en Huesca, a ver dónde asesinaron al alcalde, y a Banyoles, a fotografiarse ante la barca cuyo hundimiento hizo que muriesen ahogados un montón de jubilados franceses. El turismo de los que, en Estados Unidos, se apuntan a jugar a las rutas de los migrantes mexicanos que entran ilegalmente en el país. El de los que, en Austria, se desvían hasta Amstetten para ver la casa donde Josef Fritzl confinó a su hija durante décadas. El de los que viajan a las favelas de Río para contemplar de cerca la miseria y -de paso- comprar un poco de material. El de los que visitan los campos de concentración de Dachau o Auschwitz y, en la madera de las literas, graban corazoncitos con una flecha, sus nombres y el día, el mes y el año, para que por los siglos de los siglos quede constancia no sólo de su amor sino también del grado de estupidez de muchos de los miembros de la tribu de los turistas.

31-V-08, Quim Monzó, lavanguardia