´Chan-ta-chan-ta-tachán´, Ramon Solsona

Cuando suenan lo himnos vemos de todo: jugadores vociferantes, histriónicos, murmuradores, enfurruñados, indiferentes y hasta pasotas. No queda claro que los himnos produzcan escalofríos en su alma, ni que haya una mística especial o que sientan los colores con más intensidad que cuando juegan en un club bajo contrato.

Media selección francesa parecía muda y algunos italianos tampoco despegaron los labios, como media selección alemana, media holandesa o media griega. Quizá para disimular esta falta de sintonía sonora, se ha puesto de moda enlazarse con las manos sobre los hombros, como ya es casi preceptivo en las tandas de penaltis. Es una imagen de unidad, sin más. En cambio, el gesto de llevarse la mano al corazón - los croatas- tiene algo de compromiso sagrado. Suecia mantiene la vieja usanza, todos manos atrás.

Algunos aprovechan la cercanía de la cámara para sobreactuar, como Materazzi, Chivu o Sergio Ramos, que miraba al cielo con ademán de legionario. Gatusso es de los que cantan con los ojos cerrados. Se le entendía perfectamente cuando repetía "Siam pronti alla morte" y parecía que rezaba a la Madonna para que, si llegaba el caso, le concediera la gracia de morir matando. Por lo que se vio después, la petición surtió efecto, porque se hartó de soltar mamporros, pero también se cumplió el verso del himno que dice "Dov´è la Vittoria?".

La Marcha real española es una fanfarria militar que, afortunadamente, no tiene letra oficial. Porque muchos himnos nacionales mezclan en plan militar la lucha, la fidelidad y el honor de la muerte. Cuando La marsellesa llama "aux armes" queda muy raro en un estadio de fútbol. O la bella incitación portuguesa a levantarse "entre as brumas da memória", que acaba así: "Às armas, às armas! / pela Pátria lutar, / contra os canhões marchar, / marchar!". Tanta hinchazón acaba no significando nada...

La mayoría de los himnos son de músicos y poetas mediocres (no el de Alemania, sobre un tema de Haydn). Algunos países han cambiado varias veces de himno, como Rusia, que hoy canta el que impuso Putin por decreto. Todo ello hace que los himnos sean, en general, una materia volátil. Con tantas excepciones como se quiera, porque la tradición no es gratuita y sirve para cohesionar. Oír La marsellesa en un estadio francés pone la carne de gallina hasta a un queso de bola.

En los planos ofrecidos por la televisión, no se ha visto cantar a Ibrahimovic (Suecia) ni a Gómez (Alemania). Tampoco a Podolski, el alemán de origen polaco que no festejó ninguno de los dos goles que le marcó a su apellido. Se trata de jugadores que tienen las raíces ramificadas, lo que cada vez es más habitual. Brasileños de origen como Deco y Pepe (Portugal), Marcos Senna (España) o Roger Guerreiro (Polonia), ¿se saben los himnos de sus nuevas nacionalidades?

Uno tiene muchas veces la sensación de que Sarkozy quiere demostrar que, a pesar de tener un apellido húngaro, es más francés que la salsa besamel. Pero a un deportista de hoy no le importa el escudo de su pasaporte con tal de jugar en la alta competición. El trasvase de nacionalidad va a más y en cierta manera recuerda a los soldaditos del ejército español que son mercenarios a la fuerza para poder adquirir la nacionalidad. Por eso cuadran mejor con el trasiego humano de nuestros días los himnos sin letra, el democrático Chan-ta-chan-ta-tachán, el Tra-la-ra-la o el Lo-ro-lo-lo que cada uno quiera ponerle.

Mi impresión es que para la gente de la calle son las propias selecciones quienes encarnan sin palabras los sentimientos y los anhelos que los himnos quieren promover.

12-VI-08, Ramon Solsona, lavanguardia