(in)´Competencias educativas´, Norbert Bilbeny

La convergencia europea exige a las universidades la reforma de sus planes de estudio. Para ello, la normativa dice que primero deben fijarse las "competencias" que el estudiante ha de adquirir en cada carrera, y sólo después especificarse las materias y asignaturas de esta.

Y todo esto está muy bien. Cultivar aptitudes es indispensable para la ciencia y el pensamiento. No obstante, en la universidad tales requisitos no pueden suplir ni a los contenidos ni a las actitudes. El saber se adquiere con formalidades, pero no se reduce a ellas. No dan, por sí mismas, el saber. Las destrezas que exigimos al graduado en filosofía, por ejemplo, y que determinan los planes de estudio en esta facultad, no son muy distintas, ni en clase ni en número, a las que se propone desarrollar el parvulario de mi hija pequeña el próximo curso: "Clasificar, relacionar, inducir, deducir, observar, definir, etcétera", copio textualmente de su Propuesta Educativa en P3. En la jerga de la tecnopedagogía actual, eso se llama, para los pequeños, "capacidades", y para los mayores, ya en la universidad, "competencias". Puede que esta coincidencia sea peligrosa para estos últimos.

Más que poner, pues, el acento en el aprendizaje, y en el manido, hoy, aprender a aprender, hay que ponerlo en la enseñanza, si de lo que se trata es de formar o, aún, de educar. En otras palabras: más que transmitir información, y de entrenar para recibirla de modo continuo, la universidad debe tomarse como responsabilidad la tarea prioritaria de formar y educar en un plano superior. Este incluye tanto lo profesional o científico como lo cívico y reflexivo. La enseñanza no desemboca en el mero saber positivo, pero tampoco en las escuetas capacidades formales. Cuando tantos se llenan la boca con la "sociedad del conocimiento", quizás deberíamos preguntarnos si este no es un mito más, una ilusión que sirve de tapabocas para no tener que hablar, mejor, de una "sociedad de las habilidades", formativamente baja de techo.

Durante siglos la universidad era el "estudio general". Lo importante en ella nunca ha sido aprender a aprender, ni el aprender mismo. Sino estudiar: llenarse de saber con libertad, espíritu crítico y ánimo de servicio. Ahora bien, insistir más de la cuenta en las competencias, a veces más que en el estudio mismo, no creo que ni siquiera nos haga más competitivos.

26-VI-08, Norbert Bilbeny, catedrático de ética en la Universidad de Barcelona, lavanguardia