´¿Por qué somos racistas?´, Beatriz San Román

Hassan trabajó como maître y sumiller durante diez años en restaurantes de lujo y hoteles de cinco estrellas en París. Casado con una española, habla un perfecto español en el que con cierta dificultad se puede detectar un deje afrancesado. Al nacer su primer hijo, decidieron trasladar su residencia a España. Respondió a varias ofertas de empleo en establecimientos de categoría, pero la respuesta fue siempre negativa. “Tenía el perfil adecuado, pero no el físico. A los españoles les gusta pensar que no son racistas, pero no tienen ni idea de lo difícil que es para una persona inmigrada buscar trabajo o alquilar un piso.”

Junto a la discriminación abierta, la creciente diversidad de la población española está descubriéndonos también otras formas de racismo más sutiles, pero igualmente perniciosas. En apenas un par de generaciones, hemos pasado de ser un país casi exclusivamente monocolor a vivir en una sociedad en la que conviven personas con distintos rasgos y culturas. Para quienes son blancos, es fácil minusvalorar la vigencia y el impacto del racismo en la vida de quienes lo padecen. Después de todo, hemos crecido sin referentes –ni profesores, ni amigos, ni cuñados– sobre lo que significa ser africano o asiático en un país predominantemente caucásico.

En Estados Unidos se utiliza la expresión white privilege para englobar los múltiples privilegios cotidianos de los que los caucásicos gozan de forma automática por el color de su piel. Si se comportan de forma apropiada, nadie asumirá antes de conocerles que son un peligro en potencia. Pueden entablar relaciones con cualquier persona sin tener antes que explicar por enésima vez su historia personal. Pueden criticar las leyes, las decisiones del gobierno o el funcionamiento de la Administración en un lugar público –por ejemplo, en un bar– sin temor a que nadie les interrumpa diciendo algo como “si no te gusta, vete a tu país”. Son pequeños detalles cotidianos que asumimos como naturales, pero que están vetados a un número cada vez más alto de conciudadanos.

 

 

Una única raza: la humana
Los ciencia ha reventado el falso discurso en función del cual se justificaron la esclavitud o el nazismo. Para rabia y vergüenza de los racistas, ha demostrado que presuponer distintos caracteres o aptitudes en función de pertenecer a una u otra raza carece de fundamento. Más aún, los avances en el campo de la genética nos han hecho comprender que no existe siquiera base científica para hablar de diferentes razas en la especie humana. La diversidad de la especie humana se basa en la combinación azarosa de más de veinte mil genes. El color de la piel o la forma de los ojos nada nos dicen de las capacidades ni las actitudes de un individuo.

Sin embargo, el racismo sigue vigente. A veces, se manifiesta de forma cruel y violenta, como en la agresión en un tren en Barcelona a una joven ecuatoriana; otras, de un modo sutil y sibilino, pero igualmen te injusto y reprobable porque supone una falta de respeto a la dignidad humana. La ciencia desmontó el discurso de las diferencias raciales, pero no los prejuicios y las actitudes xenófobas. “Los gitanos son unos vagos que se dedican a robar. Es que son así, es parte de su cultura”, oímos decir. Y este estereotipo pesa como una losa para la inmensa mayoría de los gitanos que viven honradamente.

Nos rebelamos indignados contra el estereotipo de español ligado a la fiesta continua, la siesta y la pandereta, pero hemos asumido sin cuestionarlas determinadas ideas sobre cómo son los magrebíes, los chinos o los gitanos. Por cada terrorista islamista, hay miles de musulmanes pacifistas que detestan la violencia. Y, sin embargo, muchos españoles que no se consideran racistas no pueden evitar dar un respingo ante el marroquí que se sube al tren con una mochila al hombro. No es algo racional. Si nos parásemos a pensarlo, hay muchas más posibilidades de que el vagón sufra un accidente que de que esa persona pertenezca a una célula violenta. ¿Por qué entonces nuestra sociedad sigue transmitiéndonos ese tipo de prejuicios? ¿Qué sentido tiene perpetuar ideas preconcebidas que nos llevan a equivocarnos una y otra vez y que atentan contra los derechos más elementales del ser humano?

¿Por qué somos racistas?
Margarita del Olmo, doctora en Antropología e investigadora del CSIC, lo tiene claro: “El racismo es útil. Si el racismo fuera inútil, dejaríamos de ser racistas”. La primera utilidad es de índole práctica. Todos tenemos tendencia a simplificar y esquematizar la información para poder manejarnos con soltura en nuestra vida cotidiana. Las ideas esquemáticas del tipo “todas las mujeres son así” o “los magrebíes son de tal manera” nos sirven porque nos permiten tomar decisiones sin tener que dedicar tiempo a averiguar cómo es realmente cada persona. Los estereotipos nos llevan a cometer muchos errores, pero nos resultan útiles en la medida en que nos simplifican la vida.

Por otro lado, el racismo sirve para legitimar desigualdades entre las personas. Justifica privilegios e injusticias que suceden a pocos kilómetros o pocos metros de nuestros hogares. Sabemos que hay inmigrantes que trabajan diez horas al día, siete días a la semana, por 500 euros al mes sin contrato ni seguridad social. ¿Permitiríamos este tipo de explotación en nuestro territorio si sus víctimas fueran andaluces o gallegos?

Pensar que el racismo desaparecerá a medida que nos acostumbremos a la diversidad de nuestra sociedad es una ingenuidad. El racismo, como el machismo, no se sostienen de forma racional, pero están profundamente arraigados en nuestra cultura. Hombres y mujeres llevan conviviendo desde el principio de los tiempos y, aún hoy, tenemos a diario pruebas de la vigencia de los prejuicios sexistas. Tanto el racismo como el machismo son difíciles de combatir, precisamente porque se transmiten de una forma sibilina y porque permiten una coartada mental para justificar las desigualdades entre personas.

En guardia contra el racismo
Los medios de comunicación están teniendo un papel importante en la creación y la propagación de estereotipos negativos hacia la inmigración. Titulares como “Avalancha de inmigrantes ilegales” distorsionan la información y apelan a nuestros miedos más atávicos. ¿Es realmente una avalancha la llegada de unas decenas de personas? ¿Por qué no hablamos de avalancha cada vez que llega un avión de turistas buscando el sol en nuestras playas?

Incumpliendo códigos deontológicos de la profesión, en las noticias sobre violencia o delincuencia se menciona la nacionalidad del sospechoso cuando no es español. Pocas veces, en cambio, la televisión o la prensa reflejan las historias positivas de los centenares de miles de inmigrantes que viven pacíficamente. Las mujeres latinas se quejan con razón de que únicamente salen en los medios en noticias ligadas a las redes de prostitución, aunque un 24% de las que trabajan en España lo hace en profesiones que exigen cualificaciones altas o medias (médicos, profesoras, etcétera). Son invisibles para los medios, que perpetúan un estereotipo negativo basado en unos cuantos hechos noticiables.

Incluso aquellos que se sienten comprometidos en la lucha contra el racismo tienen interiorizados estereotipos y prejuicios. Prueba de ello es la facilidad con que estas etiquetas predefinitorias invaden el lenguaje coloquial con expresiones como “trabajar como un negro”, “engañado como a un chino”, “qué gitano eres” y otras por el estilo. Lo que en apariencia se ve como inocentes formas de hablar contribuye a que asumamos sin darnos cuenta que marroquíes y rumanos
(o las mujeres y los homosexuales) son de una determinada manera.

La lucha contra el racismo exige más que un posicionamiento personal. Requiere, en primer lugar, asumir el compromiso ético de permanecer alerta contra los propios mecanismos mentales. Sólo reconociendo que el racismo está también dentro de nosotros es posible combatirlo con éxito. No creer en el racismo no nos vacuna contra él. Es necesario desarrollar estrategias que activen el sentido crítico. Para defenderse de su influjo se necesita un sano escepticismo que permita cuestionar las imágenes abrumadoramente estereotipadas que llegan.

Combatir la injusticia del racismo no es un acto de altruismo, es un imperativo ético y un deber cívico. La injusticia genera violencia, por lo que combatirla es también una cuestión de pragmatismo. A todos nos corresponde construir esta nueva sociedad global en la que desde el respeto conseguir una convivencia armónica y enriquecedora para todos.

22-VI-08, Betatriz San Román, magazine


Las adopciones internacionales ronpen el tabú.

Una de las mayores dificultades para combatir el racismo en España está en que nuestra sociedad lo niega. No sólo somos incapaces de aceptar que somos racistas, sino que también nos negamos a hablar de ello. Evitamos la palabra "raza" y nos refugiamos en los términos "cultura" o "etnicidad" para hablar de lo que la mayor parte de las veces no son más que diferencias físicas. Este juego de selección y omisión de palabras se ha podido mantener, porque hasta la actualidad se ha asumido que las diferencias visibles iban siempre acompañadas de diferencias culturales, lo que permitía hablar de cultura cuando en realidad se hablaba de raza.

El fenómeno de la adopción internacional nos ha proporcionado una nueva perspectiva. Gracias a ella, han llegado a España bebés, niños y niñas de los mismos lugares de los que proviene la mayor parte de los inmigrantes. Sus rasgos físicos se parecen más a estos que a los de sus padres, pero se crían en un ámbito culturalmente español, lo que plantea por primera vez en nuestro país la existencia de personas visiblemente –racialmente– diferentes, pero culturalmente –étnicamente– similares.

Asumir cuanto antes que aún no podemos repetir con el Principito que "lo esencial es invisible a los ojos" nos permitirá empezar a hacer los cambios necesarios. ¿Por qué no comenzar reflexionando sobre el hecho de que, mientras los bancos de sangre u órganos (esenciales e invisibles a los ojos) no están organizados por razas, los bancos de semen, óvulos y embriones (igualmente esenciales pero visibles a los ojos) sí lo están? 

Diana Marre, Doctora en Antropología Social. Investigadora Ramón y Cajal. Universitat Autònoma de Barcelona