´Esa Yugoslavia de algunos´, Francesc-Marc Álvaro

A alguno de los intelectuales barceloneses, catalanes, españoles y europeos que negaron -y todavía niegan- el carácter genocida del régimen serbio que emergió en los Balcanes tras la descomposición yugoslava deberían regalarles el libro Postales desde la tumba, del bosnio Emir Suljagic. Siempre me acordaré - por años que viva- de una tertulia matinal en Catalunya Ràdio donde, a propósito de los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado que entonces tenían lugar, un conocido profesor de Derecho Constitucional, ex militante comunista y hoy ubicado en otras siglas, negó solemnemente que los dirigentes de Serbia hubieran emprendido una campaña de limpieza étnica y añadió que todo era una patraña y una campaña de desinformación de los norteamericanos y de sus aliados europeos. El hombre, movido por un afán de justificar lo injustificable, se calentó tanto que, atrapado por las analogías, llegó a cuestionar la validez del tribunal internacional que juzgó a los jerarcas nazis en Nuremberg tras la Segunda Guerra Mundial. Sentí náuseas ante aquel tipo. Aquel día observé con cruda precisión cómo el cómplice del asesinato a gran escala puede ser cualquier ciudadano de bien, por ignorancia, por fanatismo, por mala fe o por todo ello.

He pensado en este grotesco personaje local -que sigue dando lecciones de tolerancia- a raíz de la detención de Radovan Karadzic, el ex presidente serbobosnio, acusado de genocidio por el cerco de 43 meses sobre Sarajevo y por la matanza de 8.000 personas en 1995 en Srebrenica, ante la pasividad de los cascos azules holandeses encargados de proteger a la población civil. El escritor Suljagic, que entonces trabajaba como traductor para las fuerzas de la ONU y fue testigo del drama, escribe lo siguiente: "Los serbios pidieron inspeccionar el campo para asegurarse de que dentro no había miembros del ejército de Bosnia-Herzegovina. A los soldados holandeses se les ordenó deponer las armas, y ellos lo hicieron. Cuando los oficiales serbios aparecieron en la gran sala que acogía a varios centenares de refugiados manchados de barro hasta los tobillos, las mujeres empezaron a chillar, algunas se desmayaron, y los niños prorrumpieron en llanto. Después de la reunión, en la que todos habían puesto muchas esperanzas, los holandeses trazaron un plan: Acnur y la Cruz Roja evacuarían a los refugiados bajo su escolta armada". Como todos sabemos, lo que sucedió finalmente fue muy distinto. Srebrenica es una mancha enorme para las nuevas generaciones europeas. Deberá pesar siempre sobre nosotros y nuestros políticos el no haber impedido esa matanza y el haber tardado tanto en frenar a los genocidas serbios. Hoy, Ratko Mladic, el jefe militar de Karadzic, sigue en libertad.

28-VII-08, Francesc-Marc Álvaro, lavanguardia