´Dilema moral sobre el canje de prisioneros´, Abraham B. Yehoshua

En los últimos meses, en los medios de comunicación israelíes hemos sido testigos de acalorados debates en torno a la cuestión de los canjes de prisioneros. Había dos grupos: aquellos que, como yo, estaban a favor de que se negociase para recuperar los cadáveres de los dos soldados israelíes capturados en la última guerra de Líbano, para lo cual había que intercambiarlos por varios presos libaneses; y aquellos que se oponían a ello tajantemente tanto por razones políticas como morales. En este caso, no era una cuestión de ser de izquierdas o de derechas, pues en ambos sectores había grupos a favor y en contra.

Este asunto no está zanjado. Ahora a Israel le queda decidir si debe liberar a 400 presos palestinos (entre ellos, autores de atentados terroristas) a cambio del soldado Gilad Shalit, secuestrado por Hamas en Gaza. Por ello, quisiera aclarar esta cuestión.

Cuando con el sionismo se inició el asentamiento de judíos en Palestina, a principios del siglo pasado, su número era muy reducido, menos de un 1% del conjunto de la población judía mundial, pues la mayoría de los judíos dudaba de si convenía marcharse a una tierra tan lejana y problemática y participar de una aventura nueva como era la creación de un Estado judío independiente. Por ese motivo, el Estado en ciernes decidió adoptar un principio muy importante: todo aquel que emigrase a la tierra de Israel gozaría de unas garantías sociales y de un compromiso de solidaridad, es decir, disfrutaría de un buen seguro médico, seguridad social, estabilidad laboral y un compromiso por parte de las autoridades de ser auxiliado en todo momento.

Además, como los judíos eran y serían minoría frente a la población de sus enemigos, se determinó que nunca se abandonaría a un herido en el campo de batalla, que siempre se enterrarían los cadáveres de los caídos en combate y que no se ahorrarían esfuerzos para liberar a los secuestrados. En el nuevo Estado hebreo los judíos serían asistidos siempre, porque así lo fijan las normas del Estado, no como en la diáspora, donde estaban a merced de la buena fe de unos cuantos judíos.

Por tanto, todo acuerdo para intercambiar israelíes por presos árabes se ha hecho asumiendo una desproporción en el propio canje; así, es normal que, a cambio de uno o dos israelíes capturados, se hayan liberado cientos de presos palestinos, sirios o egipcios. Pero la sociedad israelí acepta esta desproporción, no sólo porque los judíos siempre serán minoría frente a la población palestina y árabe, sino porque la vida de un israelí tiene un valor especialmente sagrado para los judíos tras el holocausto, donde la inmensa mayoría de los judíos no pudo recibir sepultura. Este carácter anónimo de tantísimas muertes durante la Segunda Guerra Mundial ha hecho que se sea muy sensible a la individualidad de cada judío, vivo o muerto.

Esto lo saben muy bien los árabes, y por ello en cada negociación han fijado a priori un número muy alto de presos, incluso cuando se trata de recuperar cadáveres de soldados israelíes. Y el dilema en Israel no ha sido nunca por la desproporción del intercambio, sino por cuestiones como las siguientes:

Primero. El dilema acerca del impacto emocional que supone para los familiares de las víctimas ver que se libera a aquellos presos palestinos que han asesinado a sus seres queridos.

Segundo. El dilema sobre su eficacia para evitar futuros atentados. Si un potencial terrorista sabe que si es detenido podrá ser liberado en un posible canje, entonces la pena de cárcel ya no sería un hecho disuasorio, sino un incentivo para secuestrar.

Tercero. El problema que implican los casos de terroristas que han salido de la cárcel gracias a acuerdos de este tipo y han vuelto a cometer atentados.

Acerca del primer dilema, hay que decir que la sociedad israelí lo ha resuelto gracias al compromiso asumido de solidaridad recíproca, y en la mayor parte de los casos, las familias de las víctimas no han supuesto un obstáculo en las negociaciones.

En torno a la segunda cuestión, se trata de un dilema que se da en poquísimos casos, ya que a los terroristas les cuesta mucho menos matar que secuestrar y mantener oculto al secuestrado.

Y, por último, en relación con el tercer dilema, hay que decir que si un terrorista es liberado por un acuerdo de canje y vuelve a cometer un atentado recibe una durísima condena. Además, Israel obliga a los presos que van a ser liberados a firmar una declaración por la que se comprometen a no volver a cometer actos terroristas, y en la mayoría de los casos los presos han cumplido su palabra. Por tanto, la idea de que los terroristas por motivos ideológicos responden al mismo esquema que los delincuentes habituales no es cierta.

Desde luego no envidio a los líderes políticos que han de tomar decisiones tan difíciles cuando se trata de negociar un acuerdo para el canje de presos árabes a cambio de soldados israelíes. No obstante, si tanto los políticos como la sociedad israelí tienen claros los fundamentos para hacerlo, se podrán asumir acuerdos de este tipo, ya que se considerarán legítimos desde el punto de vista moral.

 

Abraham B. Yehoshua, escritor israelí, inspirador del movimiento Paz Ahora, 29-VII-08, lavanguardia