´Símbolos europeos´, Luís Racionero

Desde que se creó la Unión Europea se buscan unas señas de identidad para configurar el carácter europeo de modo análogo al carácter francés, inglés, español o chino. Ya sé que la moda de estudiar los caracteres nacionales como hicieron Madariaga y antes Beaudelaire, Taine o Bodin pasó al infierno de los libros prohibidos tras los desvaríos racistas de los nazis; pero sigue siendo cierto que cada cultura contiene unos rasgos propios, es más, sin ellos no puede existir una cultura. Si queremos que exista una cultura europea hay que crearla.

El acto de creación cultural consiste en depositar en ciertos lugares o fechas significados simbólicos compartidos. Jaeger y Selznick lo explican así: "Las necesidades y aspiraciones humanas universales y persistentes forman un complejo psíquico que, al chocar con las condiciones características de su entorno físico, producen unas respuestas repetidas que llamamos cultura. El acto primordial de creación cultural es la transformación de un entorno impersonal en personal. El ser humano trabaja sobre su entorno físico y social para lograr un ambiente con el que pueda relacionarse y relacionarse con él como persona; este es el arte de creación cultural".

El producto de esta actividad - según Jaeger y Selznick- es un mundo de símbolos. Se crea cultura cuando, en la lucha contra la alienación, el ser humano transforma lo instrumental e impersonal, lo físico y orgánico en un ámbito de significados evocativos y expresivos centrados en la persona. La creatividad cultural es depositar significados simbólicos en cosas, actos, eventos, personas. Una cruz es una figura de cuatro brazos, pero como símbolo evoca toda una mitología. El hombre crea símbolos para continuar, sostener, apoyar y digerir experiencias significativas: llevar luto respeta, prolonga y elabora la experiencia del duelo, confrontando la muerte.

Cuando se tiene una experiencia muy emotiva, si se deposita en un objeto o un instante, ese espacio o tiempo deviene símbolo que representa aquella ocasión. Por ejemplo, la escalera de las fuentes de Montjuïc es donde declaré mi amor eterno: para mí es un símbolo. Cuando un símbolo pasa de personal a colectivo, cuando se comparte, entonces pasa a reforzar el ámbito de símbolos que componen la identidad de una cultura. La Virgen de Montserrat, más la sardana, más la senyera, más Els segadors,más Mossèn Cinto constituyen símbolos que definen la identidad catalana. Un poco más allá, la Virgen del Pilar, la jota, el cachirulo, el Ebro y el valle de Ordesa son símbolos de la cultura aragonesa. Se puede repetir el inventario para Valencia: Geperudeta,fallas, peineta, cañas y barro. Para Andalucía: flamenco, toros, Macarena, guitarras y poesía. ¿Y para España?, o para Europa, ¿qué símbolos vamos a utilizar para constituir una identidad cultural?

¿Por qué Europa no tiene unos símbolos comunes?, se preguntaba en julio un articulista de este periódico. Porque no se ha entendido en el gobierno de Bruselas que este tema no pasa por los legisladores sino por los mitólogos: por Jung, Campbell o Eliade. Los europeos tenemos que hallar símbolos compartidos en los que depositar o proyectar nuestras emociones como europeos. Como catalanes, aragoneses, andaluces, españoles o franceses, ya tenemos esos símbolos, pero como europeos nos viene de nuevo y aún no hemos reaccionado, todavía nuestro subconsciente colectivo no ha vislumbrado qué arquetipos, qué mitos y qué ritos mueven la libido psíquica europea, como europea, no como franceses o italianos o españoles.

Esto no se improvisa. Del mismo modo que no cualquier sabio santo inventa una religión, ni cualquier escritor es capaz de crear mitos como Don Quijote, Don Juan, Hamlet o Sherlock Holmes, así también convertir una estatua, una piedra, un río, una fecha, en símbolo es algo muy difícil que no está al alcance del voluntarismo ni del diario oficial, sino al albur de una genial coincidencia, de la intuición luminosa esclarecedora, del genio capaz de despertar en el subconsciente un símbolo arquetípico que dispare la emoción de la gente. Hitler fue un genio maléfico en ese arte: despertó el arquetipo de Wotan, la raza, la sangre y conmovió a media Europa a fuerza de removerle sus peores instintos subconscientes.

La UE necesita precisamente todo lo contrario: proponer símbolos pacíficos, armoniosos, cooperativos, tolerantes: Erasmo en vez de Wotan, Newton en lugar de Sigfrido, San Francisco en vez de los codiciosos nibelungos.

De momento, si debiéramos imaginar algunos símbolos, podrían ser algo como las velas vikingas o ibéricas, los claustros universitarios, la Mona Lisa, Altamira, Stonehenge, Einstein y Leonardo, Shakespeare y Mozart. La capital europea, Bruselas, no tiene glamur para convertirse en símbolo como lo es Roma para la cristiandad. A Londres y París les llega tarde el papel. El tiempo decidirá. Depositar significados simbólicos compartidos en cosas, espacios o tiempos es un proceso irracional que no se maneja por estrategias ni por decreto ley, sino por genio intuitivo capaz de profundizar en el subconsciente colectivo, o flotar en el zeitgeist etéreo.

10-IX-08, Luís Racionero, lavanguardia