´Un Consejo poco aconsejable´, Pilar Rahola

María Sanahuja, la ex juez decana de Barcelona, me reprendió el viernes pasado, en TV3, por el artículo que había publicado, el domingo anterior, en esta misma sección. Con el título de "Perverso gremialismo", mi artículo hacía una reflexión crítica sobre la decisión del Consejo del Poder Judicial de multar con sólo 1.500 euros al juez Tirado, responsable de no haber ejecutado, durante dos años, la orden de encarcelamiento del presunto asesino de la niña Mari Luz. Ciertamente, mi artículo no ahorraba acidez, e intentaba poner, blanco sobre negro, lo incomprensible que resulta que "un juez pueda ser más severamente castigado por no cambiarse la camisa que por no encarcelar a un pederasta". Con razón, María Sanahuja - cuya valentía en denunciar la situación precaria de los juzgados siempre me ha parecido admirable- explicaba que los jueces están sobrecargados de trabajo, que resulta imposible hacer cumplir adecuadamente las sentencias cuando los casos se amontonan, que los juzgados españoles, en definitiva, están más cercanos al Castillo de Kafka que al siglo XXI. No sólo no le puedo quitar razón, sino que cualquier ciudadano que haya necesitado ir a la justicia ha sufrido su lacerante lentitud, su colapso permanente, en definitiva, su caos. Y, como dijo alguien, una justicia lenta nunca es justa. Pero que la juez María Sanahuja tenga toda la razón en su pertinaz y quijotesca denuncia no implica que podamos salvar al Consejo General del Poder Judicial, cuyas permanentes noticias no nos traen, generalmente, buenas noticias. Si en algún lugar es comprobable la vieja expresión del no news, good news,debe ser aquí. Lo cierto es que, a pesar de mi admiración y complicidad en muchos temas, no estoy de acuerdo con la ilustre juez, en este caso. Primero, porque la sanción contra un juez que durante dos años no ha encarcelado a un pederasta sentenciado tiene que ser necesariamente severa. No hizo su trabajo, y de ello se derivó una situación trágica. Si estaba colapsado, que hubiera pedido ayuda. Si no sabía los casos que tenía en el armario, que hubiera buscado la forma de saberlo. ¡Por Dios, que estamos hablando de un pederasta!Más allá de este desencuentro puntual con Sanahuja, creo adivinar que nuestras posiciones críticas se acercan, si hablamos globalmente del Consejo General del Poder Judicial, cuyos desaguisados son un foco constante de descrédito de la justicia. Para decirlo en expresión popular, "algo huele a podrido" en el Consejo General del Poder Judicial. Primero, porque sus miembros son escogidos a dedo, subastados entre tejemanejes de partidos, en la opacidad de los despachos políticos, allí donde nunca sale el sol. El CGPJ no está politizado: el CGPJ es la política en sí misma, y no precisamente en su versión más noble. No es de extrañar, por tanto, que este notable organismo haya perpetrado exóticos escándalos, como las declaraciones de su presidente comparando aprender catalán con aprender flamenco. O las del magistrado José Luis Requero, que comparó las relaciones homosexuales con la zoofilia y la poligamia. Estos días, y quizá para cerrar su peculiar círculo virtuoso, ha tomado tres decisiones notables. Por un lado, como ya se ha dicho, la de multar con 1.500 euros al juez del caso Mari Luz, Rafael Tirado. Por otro, ha levantado la sanción de 305 euros impuesta a la juez Laura Alabau, cuyos insultos al Gobierno y a la fiscalía y su reiterada negativa a inscribir los matrimonios homosexuales han sido considerados "libertad de expresión". Y finalmente, como si se tratara de algún movimiento activista o las juventudes de algún partido, ha decidido ordenar a la Comisión Presupuestaria la adquisición de mástiles y banderas para poblar de rojigualdas el díscolo territorio vasco. Y suma y sigue. En esta tesitura, ¿cómo no considerar la decisión del caso Tirado un hecho escandaloso, nacido del puro gremialismo? Sin duda la justicia tiene un grave problema de falta de recursos. Y voces como las de María Sanahuja son imprescindibles. Pero también tiene un grave problema consigo misma. Porque el descrédito que padece se lo ha ganado a pulso.

21-IX-08, Pilar Rahola, lavanguardia