´Malos gobernantes´, Xavier Bru de Sala

Malos gobernantes, buenos ciudadanos. Así se resume el sentir general, abonado por los medios y los distintos estratos de la sociedad, empezando por las élites económicas, profesionales e intelectuales, continuando por las clases medias y llegando a las tertulias de radio y de café, en las que todos podríamos participar en atención al escaso nivel de lo que andamos diciendo en estas circunstancias de zozobra general. ¿Repito el resumen? Malos gobernantes, buenos ciudadanos. Da igual que no cuadre, que esté en contradicción con la famosa, tantas veces citada y ahora olvidada consideración según la cual las sociedades, y más las democráticas, tienen el gobierno que se merecen. Tal vez en otros tiempos fue cierto, pero ahora, con las listas cerradas y el sistema de partidos, resulta, o resultaría, que estamos atrapados por unos personajes, por no decir personajillos, que se han encaramado hasta las cúpulas de los de los partidos y desde allí a las instituciones gubernamentales. La sociedad, pobre corderito sacrificial, está desvalida, atrapada en el corral montado por los políticos, que se han cuidado muy mucho de construirlo sin puertas.

Naturalmente, esta concepción, y todo lo que la abona, desde los titulares a editoriales y artículos de fondo, y con la colaboración incluso de las opiniones más autorizadas, que, sin fuerzas para resistirse, se dejan arrastrar por esta corriente general, no concuerda con los principios teóricos de la democracia, libertad o representatividad. Aquí votamos a tal o cual partido, pero luego, o peor aún, el día antes y el siguiente, consideramos que los cabezas de lista y quienes les siguen están muy lejos de merecer el título de representantes nuestros. Pues, lo merezcan o no, lo son. Por lo menos, legalmente. ¿Y legítimamente? Aceptemos, pues la presente crítica tiene asimismo aspectos de autocrítica, la crisis de legitimidad, el desapego, el rechazo, la soledad de los políticos. Desde luego, no se la habrán ganado a pulso, en dos o cinco años, los actuales gobernantes. Viene de lejos, es un proceso en marcha, un fenómeno creciente, no un globo que se hincha y luego se pincha, eso sí que no.

Desde luego, y a menos que la miopía sobre el pasado se traduzca en falsas esperanzas o todo sea un ardid de la oposición y quienes lo abonan unos redomados hipócritas, la descalificación afecta por igual a los gobernantes y a quienes aspiran a gobernar sin cambiar el sistema, sin proponerse dar la vuelta a la política por dentro, y eso, la aceptación de los usos y costumbres de la política y los modos de gobernar, incluye, sin excepción, a todos los que aspiran a sustituir a los actuales gobernantes. O sea, que estaríamos en las mismas, exactamente en las mismas, si gobernara la oposición y los gobernantes actuales estuvieran en la oposición.

22-IX-08, Xavier Bru de Sala, lavanguardia