´El póster de la adolescencia´, Pilar Rahola

Ninguna sorpresa. Sabía que tocar al mito Che Guevara implicaría una tormenta de chuscos, no en vano intentaba deconstruir una parte de la educación sentimental de muchos de nosotros. El Che no solo es el guerrillero que dejó la piel en las selvas de la lucha, o el icono de los creyentes del Dios ideología, eficaz resultado de años de propaganda comunista. El Che es, sobre todo, para la mayoría de los que ahora detentamos el poder - tanto en la política, como en el periodismo- el póster emotivo de nuestra adolescencia. Si la patria es la infancia, la adolescencia es el paraíso de la revuelta. Crecimos con el póster de un Che mitológico, reinventado de sus propias miserias, glorificado en su vida y sacralizado en su muerte. Y como ocurre con los mitos eróticos, los mitos ideológicos sobreviven al tiempo y a la razón, plenamente incrustados en el cerebro reptiliano que contiene, cual tesoro escondido, nuestra alma más primitiva. Es como si se quebrara algo interior, como si nos hiciéramos inevitablemente mayores. Puedo entender ese quiebro, esa reconstrucción de uno mismo, que toda desmitificación representa. Sin embargo, entenderlo no significa aceptar sus consecuencias, especialmente aquellas que justifican la violencia revolucionaria, demonizan el pensamiento crítico y son capaces de entender actitudes abiertamente totalitarias. Estos días he leído mucho al respecto, no en vano he sido el objeto de deseo de algunas webs de la izquierda correcta, algunos amigos de la política oficial, y algunos entrañables enemigos. Destaco, por simpatía, el par de artículos que me dedicó el diputado Joan Ferran, un tipo al que respeto por su tendencia irrefrenable a ganarse amigos yendo por libre. Por supuesto, mi complicidad con él goza de muchas discrepancias, pero habita en el territorio común de la heterodoxia. A excepción de cuando mete la gamba en algún pantano catalán, lo cierto es que me parece un personaje muy interesante. Joan Ferran, pues, ha sido la voz pública de la gente de izquierdas que se ha sentido ofendida porque he osado desmitificar al Che, y el resumen lo daría esta expresión de Ferran: "no es de recibo decir que sus manos están manchadas de sangre porque todos sabemos que los combatientes han hecho la guerra para intentar vencer. A muchos les tocó vivir tiempos complejos llenos de muerte y violencia". ¡Uf! Si tuviera maldad, diría que una frase como ésta justifica cualquier violencia terrorista, tanto revolucionaria como fascista, porque convierte el fin en un bien en sí mismo, capaz de justificar cualquier método. Habría que leer más a Camus…Diría que no. Que por ahí no vamos bien, y me ratifico en mi crítica. En nombre de la libertad no podemos mitificar a los visionarios que se fueron a matar gente, imponiendo a fuego sus doctrinas ideológicas. El terrorismo que azotó a Latinoamérica durante los años 60 fue perverso, mató mucho y aún hoy no tiene quien lo condene. Y además, ni tan solo luchaba por la libertad de nadie, sino para sustituir las dictaduras fascistas por dictaduras marxistas. A diferencia de los Pinochet, cuyas maldades están expuestas al sol, el totalitarismo del terrorismo de izquierdas aún goza de prestigio. ¿Quién era Ernesto Guevara para irse por esos mundos imponiendo su ideología a través del fuego? Y, ¿se puede sostener que la ideología que alimentó esos procesos revolucionarios era una ideología libertadora? Ahí está Cuba para comprobarlo. De hecho, y no deja de ser chocante, mientras en Latinoamérica no subsiste ni una sola dictadura fascista, aún existe una dictadura de corte comunista. Que también oprime y mata. No. Si nos ponemos serios hablando de la libertad, el mito del Che no se aguanta por ningún lado. Visionario, violento y dogmático, poco en su biografía reviste grandeza. Poco, a excepción de lo que significó en nuestra adolescencia. Lo cual nos recuerda que ya sería hora de hacernos mayores.

23-IX-08, Pilar Rahola, lavanguardia