´celulitis y (acabar con el) Príncipe Azul´, Eliette Abécassis

Eliette Abécasis, profesora de filosofía, coautora del manifiesto posfeminista. Nací en Estrasburgo de padres sefardíes. Fui finalista del Goncourt. Hombres y mujeres debemos preservar la diferencia para vivir la igualdad. Soy coautora de ´El corsé invisible´: la industria cosmética y las revistas femeninas nos hacen carceleras de nuestro propio cuerpo.

La celulitis, durante miles de años, era un signo de belleza y salud...

Aún seduce a muchos hombres... ¡Aunque las chicas no se lo crean!

¡Lógico! Durante siglos, lo que hoy se llama celulitis era señal de que la mujer tenía la salud y la capacidad de acumular reservas calóricas para hacer frente a las hambrunas, algo imprescindible en una buena madre y muy atractivo.

¡Un magnífico logro de la evolución!

El arte la ensalzaba: Botticelli, Rubens, Rembrandt, Goya... Las curvas celulíticas prometían belleza y erotismo y, en cambio, la delgadez extrema era sinónimo de mala salud.

¿Quién hizo de la celulitis problema?

La celulitis aparece citada por primera vez como problema en Votre Beauté en febrero de 1933 en un artículo del doctor Debec sobre ejercicios para aumentar la belleza.

¿Qué decía el doctor?

"La celulitis es una acumulación de agua, residuos, toxinas y grasas que forman una mezcla contra la que es muy difícil luchar"...

¡Qué maldición!

Aquel artículo conectaba con la ideología de extrema derecha que despreciaba la vida cosmopolita y ensalzaba las virtudes campesinas. Para aquellos higienistas, que anticipaban el culto al cuerpo fascista, la celulitis era un síntoma más de la decadencia de las costumbres en las grandes y racialmente promiscuas urbes de la era industrial.

Pues el discurso, facha o no, perdura.

Porque la falsedad de la celulitis maligna siguió y sigue sirviendo a los intereses de la industria cosmética y paramédica - desde los cirujanos plásticos hasta los masajistas-, que se enriquece con la angustia de las mujeres a las que las revistas femeninas convencen de que sus curvas naturales son un grave problema.

A veces parece que hay un único artículo sobre la celulitis y lo van repitiendo...

En primavera, "Prepara tu cuerpo para el bikini"; en verano, "Luce tu bikini"; en otoño...

¡Cuántos miles de millones en cremas, esponjas, vibradores, geles!

¡Cuántas tonterías con vitola médica! Pero, sobre todo, aquellos inquisidores celulíticos y las revistas femeninas lograron que la mujer, pese a que ya podía salir a la calle, continuara sometida, acomplejada, reprimida... Se quitó el corsé, pero se puso otro a sí misma mental, invisible.

¿En qué sentido?

Lograron que la belleza, que hasta entonces era un don natural, se transformara en un objetivo y un símbolo de estatus. Y convirtieron el cuerpo de la mujer..., ¡con curvas, sí!, en su peor enemigo, un enemigo al que había que castigar con dietas y regenerar con carísimos tratamientos.

Querían a una mujer carcelera de su propio cuerpo.

La industria de la moda - condicionada por el gusto gay de sus modistos, que execra las curvas femeninas- y todas sus revistas han logrado durante décadas hacer sentir a la mujer culpable de ser lo que es: de tener saludables ¡y bellas! reservas calóricas. Y el canon de delgadez se radicaliza más y más...

Lo decía Chanel: nunca se es demasiado delgada ni demasiado rica.

Porque así siempre podrás gastar más y más en cremas adelgazantes.

¿Una mujer con poder estaría menos obsesionada por sus kilos?

La mujer no goza del poder como del afrodisiaco que es para el hombre. El afrodisiaco de la mujer es el afecto. Una buena gestora sólo se alienará con su poder en la medida en que se haya masculinizado. Así que la mujer con poder en realidad será una mujer que lo ejerce por responsabilidad.

¿Cuál es la celulitis del hombre?

Tenemos un problema común, amigos: un cuento infantil.

Algunos cuentos los encarga el diablo.

El príncipe azul. Hay que retorcerle el cuello al maldito príncipe azul.

¡Sea!

Desde pequeñas nos colocan a las niñas la patraña de que un hombre nos liberará de nuestra cautividad y, del mismo modo, convencen a los niños de que algún día ellos serán ese príncipe único y eterno.

Y nos preocupa no dar la talla.

Tenemos que trabajar juntos. El feminismo también es cosa de hombres. Tenemos que rechazar esa mentira esclavizante: ¡no hay príncipe azul! Ese tipo del cuento no va a liberarte de nada, en realidad el príncipe sólo es una patraña para que te reprimas. Tienes que liberarte de esa idea para poder amar a los hombres como son. Y no necesariamente a uno solo, sino a los que seas capaz de amar en cada momento.

¿Usted también soñó con él?

Yo fui alienada con ese mito cultivado por un entorno retrógrado: algún día encontraría a ese hombre, ese amor, el único y eterno, que me haría mujer, madre, reina.

Y...

No es que no lo haya encontrado. La broma es que no existe. Lo que hay son hombres - así, en plural- que son personas como nosotras, aún acomplejados por las mentiras que mantienen el orden patriarcal.

El príncipe azul también descubre que no era el único.

Y algunos no lo aceptan. Si acabáramos con la mentira del príncipe azul que conquista a su princesa, no habría violencia machista.

1-X-08, Lluís Amiguet, lavanguardia

"De niña y adolescente eres prisionera del príncipe azul; a los 20 mantienes el sueño, pese la evidencia de ver cómo son tus novios, y por eso a los 30 llegan todas las desilusiones: la de la pareja, la de ser madre, la de la familia...". Mientras Eliette habla - la veo algo deprimida- sus dos nenes nos marean con sus chillidos en el salón de su casa parisina. Son monísimos, pero echo de menos a la señorita Rottenmeier. "A los 40 - prosigue- me llega la aceptación de que no había un solo príncipe azul, sino unos cuantos hombres: personas como yo. La realidad ya no es un cuento de hadas, pero por eso precisamente vale la pena vivirla. Prefiero ser una mujer de verdad que la única princesa del cuento".