´Amor, consumo y ´reality show´´, Eloy Fernández Porta

Supongamos que quiero adquirir un producto. Uno cualquiera. Iba a decir "un rastrillo", pero temo que ese objeto resulte demasiado heideggeriano, demasiado "de la tierra". Mejor pensemos en un producto más insustancial, más decorativo. Por ejemplo: un ser humano. Como bien saben los consumidores del amor, este objeto comercial, de tirada limitada - one-shot,como diría un comiquero- tiene numerosas desventajas en relación con el rastrillo. La más relevante: tiene psique. El rastrillo no se alegra, ni se mosquea, y tampoco le da la neura; el humano, en cambio, trae de fábrica un componente frágil y peligroso - handle with care-que debe ser negociado en el proceso mismo de tanteo y adquisición. En el mercado de las emociones adquirir un humano - también llamado pillar cacho-implica jugar y alternar los discursos sobre la psique como actos de consumo.

Estos discursos son cuatro. La psicología social nos enseña que los afectos sólo existen en tanto que desplegados en una estructura social, y en distintas modalidades de interacción. El psiconálisis, por su parte, nos habla de estructuras interiorizadas que se manifiestan independientemente del contexto. La psiquiatría, en cambio, nos ilumina acerca de patologías y males que requieren del concurso de la química. Finalmente, la autoayuda nos revela que todo ello "está en tu cabeza" - como si las otras disciplinas creyeran que está en otra parte- y que basta con un par de eslóganes positivos y una buena predisposición para "escalar la cumbre de este día", según reza el verso de Borges, quien descreía de todas esas disciplinas y de las que pudieran añadirse. Para ligar hay que pensar de esas cuatro maneras, sea en alternancia o en secuencia.

El debate en torno a la psique sucede a distintos niveles institucionales, discursivos y mediáticos. Pero más allá de las discusiones de método, la escena en que este debate se pone en juego, de manera tan silenciosa como decisiva, es el ciclo de la relación de pareja entendido como movimiento comercial de atracción, adquisición y desecho. Un ejemplo ilustrativo puede verse en un capítulo de la serie de Seth MacFarlane Padre de familia titulado Brian el soltero.El tema del episodio son los reality shows,y en particular los que tratan de la selección de una pareja entre varios concursantes; su protagonista accidental, el personaje más sensato de la serie: el perro Brian. Cuando Brian acepta participar en el programa lo hace desde un escepticismo fundado en la psicología social: "es sólo un programa, no es la realidad". Una vez en el plató, su primera imagen de la protagonista - llamada Brooke- se organiza alrededor de criterios de esa disciplina, que incluyen la semiótica (qué ropa lleva, qué maquillaje) y el sentido del lugar (en qué sitio sucede esta relación) y del rol (qué clase de mujer se prestaría a semejante farsa). De ahí resulta una primera codificación de Brooke, una imagen provisional que, en función del carácter, podemos usar como orientativa o definitiva. Brian, que cree en la psicología social y protesta contra "la alienación de los media", está dispuesto a adoptar una visión definitiva, y por ello el descubrimiento de la inteligencia de Brooke le toma de improviso.

Para el concursante del reality el enamoramiento es una refutación de la primera impresión, una esperanza ciega en el más allá de la superficie. Al enamorarse Brian deja atrás la perspectiva social para dar el salto sin red a su propia subjetividad desarmada. Ese salto sólo puede ser calificado como impopular:no cuenta con el respaldo del buen sentido; Brian está solo con sus emociones. Tu amor es paranoia tuya; tú sabes que una actriz de reality es una frívola; tú sabrás en nombre de qué has renunciado al sentido común. Cuando el amante duda, los criterios de autoayuda surgen en su auxilio: "You can´t judge a Brooke by its cover", hay que hacer una lectura optimista de las apariencias, "en el fondo es una gran mujer". El final del programa define el fraude del desvelamiento: el velo era cierto, Brooke sólo actuaba, no hay un más allá. La revelación hace que Brian cambie por tercera vez de disciplina, pasando a convertirse en un objeto de la psiquiatría. Sus llamadas compulsivas, su decisión de regalarle a Brooke un contestador automático ya repleto de mensajes, son un ejemplo de psicosis comunicativa, en que los nuevos medios son un cauce para la patología. Al cabo, el protagonista vuelve al punto de origen, a su casa, donde el sarcástico Stewie, en un momento cumbre de la serie, le anima a aprovechar el desengaño para reemprender una novela que nunca acaba de escribir. El monólogo de Stewie es una muestra elocuente de la inestabilidad epistemológica que caracteriza a todo vínculo, a todo acto de consumo emocional: no hay "discurso correcto" - novelístico, articulado- que permita dar cuenta de ella. La elaboración psíquica de la relación es una "novela inacabada", en el sentido en que Gilles Deleuze caracterizaba las narraciones de psiconalistas como Melanie Klein como "novelas freudianas".

El desamor de Brian es un ciclo comercial que incluye siete pasos: conocimiento del objeto, codificación social, sorpresa personal,adentramiento íntimo, decepción, psicosis, retorno a la codificación inicial. Es frecuente que el cierre de una relación - que sólo existe como "discurso sobre el cierre", como apología del sujeto despechado sobre el amado-vuelto-extraño- represente un retorno con variantes a la posición epistemológica inicial. "¡Ah, tendría que haber hecho caso de mi primera impresión: esta persona era (argumento de psicología social), y no sólo eso, sino que además (argumento de psiconálisis en negativo)!". En este proceso el acto de codificación propio de la psicología social es aumentado por la negatividad del psicoanálisis, dando lugar a un "tipo social complicado con argumentos de psicología profunda". Aquella disciplina vuelve a ser sustantiva; esta, adjetiva. La subalternización de los argumentos psicoanalíticos confirma la "salida de la relación privada" y, con ella, el "retorno al sentido común". En el espacio público todos aceptamos la psicología social como discurso razonable, parte del buen sentido - a diferencia, digamos, de la literatura lacaniana-, comúnmente percibida como jerga sectaria.

La hora de hacer balance
Una vez perdida su pareja - una vez desechado el producto-, el amante despechado se reincorpora al espacio público por medio de un discurso "aceptable por todos". Está solo, pero vuelve a ser parte de la comunidad, no como antes, cuando se perdía en delirios de amor subjetivistas y actos de consumo imprudentes. Es así como el ciclo temporal y epistemológico de la relación personal reproduce y reafirma la estructuración social de los saberes sobre la psique. Cuando este proceso ha concluido - cuando el sujeto como comprador vuelve a estar en sus cabales-, llega la hora de hacer balance y contabilizar el gasto. Teléfonos, esperanzas, televisores, anhelos, quizá incluso rastrillos: todos los actos de compra que se han ido realizando, transferencias emotivas y movimientos contables, siempre en torno a un primer movimiento, erróneo por definición, que mueve el mercado y el mundo.

Eloy Fernández Porta es autor del ensayo ´Afterpop´ (Berenice, 2007). Anagrama publicará en otoño su segundo libro de crítica y sátira cultural, ´Homo Sampler: tiempo y consumo en la Era Afterpop´, 10-IX-08, culturas/lavanguardia