´Sobre todo, que nadie se lastime, por favor´, Quim Monzó

En nuestro país es lugar común desde hace años hablar del trato caballeresco con el que la ley trata a los delincuentes. Es lugar común pero cierto, como a veces (no siempre) sucede con los lugares comunes. Las frases hechas que se utilizan son de todos conocidas. Que entran en comisaría y al cabo de media hora ya están en la calle... Que, como saben que no les va a pasar nada, actúan con impunidad... Que, si intentan robarte y te defiendes, según cómo serás tú quien dé explicaciones ante la ley...

Todo eso es cierto, pero esa certeza no debe hacernos perder de vista que no estamos solos en el mundo, que la estupidez es una característica humana que el planeta entero comparte. Antes del verano, un ciudadano de no recuerdo qué país europeo se vio obligado a responder ante la justicia por haber fotografiado con su móvil a unos jóvenes que le habían agredido. Le habían agredido, consiguió fotografiarlos, pero tuvo que eliminar las fotos porque - según la justicia- violaban la intimidad de los muchachos. De modo que se quedó sin la posibilidad de mostrar las caras de los que le habían golpeado.

Este mes la situación - ¿paradójica,dirían en la tele?- viene de Inglaterra. La publica el Daily Mail.El protagonista es un hombre de sesenta y un años. El hombre tiene un huerto. En ese huerto cultiva patatas, cebollas, remolachas, espárragos... Le ayuda a sobrellevar la crisis, explica. Pero en sólo cuatro meses han entrado tres veces a robarle. Las patatas, las cebollas, las remolachas, los espárragos, las herramientas mecánicas, los aperos... De modo que, la tercera vez que entraron, decidió vallar el huerto. En los límites clavó estacas y colocó alambre espinoso de estaca a estaca.

Ahora, el consejo del distrito donde vive le ha enviado un aviso ordenándole que retire el alambre: "por motivos de salud y de seguridad". Es decir: para que los ladrones no se hagan daño al entrar en su huerto. El hombre alega ante el consejo de distrito que las estacas y el alambre no están en medio de la calle, sino dentro de su propiedad, que sólo alguien que entre ilegalmente en ella puede arañarse con las púas, que se trata sólo de alambre espinoso, no de "un foso con pirañas". La respuesta del consejo es espectacular: que lo sienten mucho, pero que no pueden exponerse a que un ladrón presente denuncia contra ellos por permitir una valla con la que pueden herirse. Dice el hombre: "Pues díganle al ladrón que me denuncie a mí, y así al menos sabré quién entra en mi huerto a robarme". Ni caso.

¿Reconforta saber que, más allá de nuestros buenistas, hay papanatas en todo el mundo? (Sería la opción mal de muchos, consuelo de tontos.)¿O más bien deprime comprobar que ni nord enllà hay ya salvación posible? Si es que alguna vez la hubo, por cierto.

16-X-08, Quim Monzó, lavanguardia