´La memoria histórica como terapia colectiva´, Hilari Raguer

Siempre que se habla de memoria histórica, y ahora se habla mucho de ella, me acuerdo de algo que a mis ocho años viví a comienzos de la Guerra Civil. Sucedió en la antigua Escola Blanquerna. En uno de los primeros bombardeos aéreos, siguiendo las instrucciones de la defensa pasiva, nos colocaron arrimados a las paredes maestras. Una niña de mi clase miraba, aterrorizada, con los ojos desencajados. Otro chico y yo empezamos a burlarnos de ella: "¡Mira, esta tiene miedo!". La señorita se dio cuenta y la abrazó diciéndole: "¡Llora, llora!", y la niña estalló en un llanto convulso. Yo quedé sorprendido. Pensaba que nosotros sólo queríamos burlarnos un poco de ella, pero, ¿por qué la señorita la había hecho llorar? Sólo muchos años más tarde comprendí que aquella buena maestra seguramente la había salvado de un trauma psíquico. Y aquella niña que de tan espantada no podía llorar se me antoja ahora como paradigma de toda una parte muy importante de nuestro país, digamos que media España, que todavía no ha estallado en llanto y sigue traumatizada por un dolor que continúa metido muy adentro. Por eso estoy decididamente a favor de la recuperación de la memoria histórica.

Pierre Vilar, en el discurso de conclusión de un congreso sobre la guerra de España, (Perpiñán, 1989), dijo: "Retengamos que la historia está hecha de lo que unos quisieran olvidar y otros no pueden olvidar. Es tarea del historiador averiguar el porqué de lo uno y de lo otro". En 1986, en el cincuentenario del estallido de la guerra, un documento de la Conferencia Episcopal Española, afirmó: "No sería bueno que la Guerra Civil se convirtiera en una cuestión de la que no se pueda hablar con libertad y objetividad. Los españoles necesitamos saber con serenidad lo que sucedió en aquellos años de amargo recuerdo. Los estudiosos de la historia y de la sociedad nos han de ayudar a conocer la verdad entera acerca de los precedentes, las causas, los contenidos y las consecuencias de aquel enfrentamiento. Este conocimiento de la realidad es condición indispensable para poderla superar de verdad" (documento Constructores de paz,20 febrero 1986).

Un sector de la sociedad española, nostálgicos del franquismo, al contrario de Vilar y del episcopado (el de 1986), se opone a la recuperación de la memoria histórica, como si fuera a desencadenar una nueva guerra civil. Dicen que no hay que hurgar en la herida, pero no se puede tapar una herida que no sólo no está cicatrizada sino que está infectada. Durante el largo túnel del franquismo encontraban ellos muy normal investigar y vocear, con todo el aparato de la propaganda oficial, "sus" víctimas. Tendrían que entender que, reconociendo todas las brutalidades cometidas en la zona republicana, no se insista en ellas porque ya son archiconocidas (y por lo demás las siguen esgrimiendo, por ejemplo, con las beatificaciones y canonizaciones de las víctimas de la persecución religiosa) y se trate ahora de ver la otra cara de la luna, la que aún no se conocía.

En algunos países (Alemania, Chile, Argentina) la recuperación de la memoria histórica ha ido acompañada de responsabilidades criminales. En España, hasta ahora, nos contentábamos con saber qué pasó, hacer la lista de las víctimas (Todos los Nombres se llama un movimiento iniciado en Andalucía pero extendido a toda España) y exhumar, identificar y enterrar honrosamente los cadáveres. La demencial iniciativa del juez Garzón rompe esa prudente actitud. Cuando los jueces no alcanzan a despachar el exceso de causas que tienen entre manos, se les quiere ahora imponer una tarea infinita. Como dijo recientemente Enric Juliana, este intento, que yo calificaría de manía persecutoria, podría llevar a inculpar a Zapatero por los crímenes de la zona republicana y a Montilla por los cometidos en Catalunya.

 

Hilari Raguer, monje de Montserrat e historiador especializado en el tema de la Iglesia y la Guerra Civil, 26-X-08, lavanguardia