´Energía nuclear´, Luís Racionero

En el año 1964 quien esto escribe era estudiante de último curso en la carrera de Ingeniería industrial. Elegí la especialidad de Técnicas Energéticas para estudiar el tema que me fascinaba: la energía atómica. Por entonces se mantenía la primera teoría cuántica, el átomo de Bohr y las técnicas de fisión controlada inventadas por Enrico Fermi, un físico italiano que huyendo de Hitler recaló en Chicago y diseñó la primera pila atómica.

Precisamente nuestro profesor Javier Clúa había estudiado con Fermi en Chicago y había construido una pequeña pila atómica en los bajos de la nueva escuela de ingenieros en la Diagonal. Nadie se había escandalizado por ello y las marchas de protesta - a las que los estudiantes de ingeniería raramente se sumaban- solían ser contra Franco, no contra el átomo.

Me gustaba estudiar la estructura del átomo y las ecuaciones de Bohr según las cuales los electrones cambiaban de órbitas, la ecuación del electrón ondulatorio de Schroedinger o las equivalencias de partícula y onda del príncipe de Broglie. Era una teoría compleja, matemática, no visualizable, en continua evolución: de tres partículas elementales se ha pasado a decenas, emborronándose la comprensión de lo subatómico. La práctica, por otro lado, era más simple: consistía en meter y sacar barras de grafito o de cadmio en la pila atómica para controlar la fisión.

Los átomos de algún elemento son radiactivos espontáneamente, o sea, sueltan partículas - protones o neutrones- del núcleo, las cuales al chocar con otro núcleo lo pueden romper, liberando más partículas y mucha energía. Si ese proceso se controla es una pila atómica con cuyo calor se calienta agua, se obtiene vapor y se mueven turbinas para generar electricidad. Si ese proceso se descontrola, es la bomba atómica. Que sea lo uno o lo otro depende de la masa crítica: por encima de una cierta cantidad de materia radiactiva justa, el proceso se descontrola, deviene exponencial y estalla, generando calor y radiaciones mortíferas como en Hiroshima. Si la masa se mantiene por debajo de la masa crítica - lo cual se consigue metiendo las barras de cadmio o grafito que absorban partículas sueltas- se controla la emisión de neutrones, de energía y de calor y la pila atómica genera calor y con él, electricidad.

Esa es la teoría prehistórica que unos pocos aprendimos en 1964, éramos seis o siete entre un centenar los que elegimos esa especialidad. Recuerdo que el profesor Clúa, tras ponerme buena nota en el examen - con perdón-, mantuvo una larga conversación conmigo en la que me aconsejó dedicarme profesionalmente a la energía nuclear: "Podrías entrar en una empresa extranjera que instalara centrales nucleares por España".

Como también había estudiado Económicas por las tardes, decidí combinar ambas carreras en el urbanismo y me fui a Berkeley con una beca Fulbright donde cursé un master de dos años 1968-1970 en City Planning. Me contagié del ambiente de los años de las flores y acabé hippy y ecologista, así que en 1974, diez años después de estudiar la energía atómica, dirigí un número monográfico sobre Ecología en la Revista de Occidente donde reuní los mejores artículos sobre ecología para hacerla comprensible a los lectores españoles. Debió de ser de lo primero que se publicó sobre el tema que luego devino tan popular.

Ahora, treinta años después, debo decir que no comprendo la forzada oposición entre ecología y energía atómica causada por los alarmismos derivados de Chernobil. Una primera matización impertinente es que el peligro no es la energía nuclear sino los rusos. El uso propagandístico del desastre de Chernobil por parte de algunos grupos llamados ecologistas podría estar teñido de intereses de otros sectores energéticos que compiten con el átomo como materia prima para generar electricidad y transporte. Francia, que tiene sesenta pilas atómicas para fines eléctricos, no ha sufrido accidentes graves en cincuenta años, nada remotamente comparable a la rotura de la presa de Frejus, por ejemplo. El 78% de la electricidad francesa proviene de nucleares.

El horror a la energía nuclear tiene algo de irracional y precientífico, como generado en el subconsciente colectivo por leyendas mitológicas no contrastadas en la realidad científica, como si la pila atómica fuera la caja de Pandora de la mitología griega. Que yo sepa, el peligro de las centrales nucleares no consiste en filtraciones, que se pueden prever y paliar con correcta construcción, sino en eliminar los residuos radiactivos. 

Sobre esto último se debe centrar el debate. Los franceses están ultimando los sistemas nucleares de cuarta generación con tecnologías avanzadas de reciclaje de residuos. Si se explica claramente un sistema seguro de eliminación de residuos - aunque sea enviándolos al sol con un cohete espacial- se cambiará la actual divergencia entre la evaluación objetiva del riesgo de la tecnología nuclear por los expertos y la percepción subjetiva de ese riesgo por parte del ciudadano medio.

En este tema empiezo a no estar de acuerdo con los ecologistas opuestos irracionalmente a las nucleares y me alineo con los ecologistas que entienden las ventajas ecológicas de las nucleares: nula emisión deCO y contribución a la diversificación 2 energética.

13-XI-08, Luís Racionero, lavanguardia