ŽLa memoria retumbaŽ, Xavier Bru de Sala

Mientras en Alemania se mantiene muy viva la memoria de la barbarie, precisamente para no volver a caer en ella, el presidente del Gobierno español propone en el Congreso condenar al dictador al olvido. Osea, que Zapatero nos pretende condenar a olvidar el franquismo. De ningún modo. Tanto la dictadura como los desmanes cometidos en ambos bandos durante la Guerra Civil deben quedar grabados para siempre en la memoria colectiva. No con ánimo de desquite, sino para evitar caer de nuevo en nada parecido. A diferencia de ciertos líderes políticos, religiosos o mediáticos, la ecuanimidad en el juicio al pasado es enormemente mayoritaria en la sociedad española, de manera que no hay peligro de ajustes de cuentas. Ni los herederos de los verdugos muestran síntomas de volver a las andadas ni los de las víctimas pretenden que sus asesinos paguen por lo que hicieron. Esta doble circunstancia favorece que se arroje más luz sobre el pasado oscuro. Vivimos, quién sabe lo que va a durar, un buen momento para el conocimiento y la condena. A pesar de los partidarios del desquite, o de quienes pretenden utilizar la memoria como arma arrojadiza de la confrontación política, el espíritu de la reconciliación, tan bien ejemplarizado en la figura del abad Escarré, preside esta cuestión en la sociedad. Lo cual es perfectamente compatible con el conocimiento y la condena moral de las atrocidades, de sus autores materiales, así como de las ideas que les inspiraron, intoxicaron o justificaron su furor asesino.

Mientras duró el franquismo, la sociedad mostró una gran sensatez al correr un velo sobre los crímenes de la guerra. Así se conjuraba el fantasma de la venganza, aún al acecho. Así, en no pocos pueblos y ciudades, los hijos de las víctimas se casaron con los de sus verdugos sin que sus padres les contaran la verdad. Luego, en la transición, era tan prioritario entrar en la democracia con buen pie, que hubo un consenso general sobre la conveniencia de la amnistía general, reivindicada en primer lugar por la izquierda. Pero ahora, a estas alturas de la historia, la verdad debe estar presente, instalarse en la memoria para no abandonarla. Si en la vida de las personas el olvido de los malos tragos o su relegación a un segundo o tercer plano es algo conveniente y hasta necesario para sobrellevarse a uno mismo, en la de los pueblos sucede al revés. Ay de la sociedad que deja de ser consciente de las páginas más feas y feroces de su historia. Ay de quienes pretenden glorificar a sus muertos y echar tierra sobre los demás. Todos los muertos son de todos. La carga del pasado es colectiva. Incluso Francia homenajea a los desertores de la primera Gran Guerra del siglo XX.

Aunque algunos lectores no estuvieran de acuerdo con lo dicho hasta aquí - si bien tengo consciencia de reflejar el sentido mayoritario, incluso a costa del sufrimiento de mi familia o de mis afines-,deberán conceder algo tan elemental como la perentoria necesidad de enterrar con dignidad a quienes yacen amontonados en las fosas comunes. Es algo que un principio elemental de piedad - un sentimiento ancestral, reflejado en los clásicos griegos y latinos-no puede negar. Las inhumaciones, que siguen pendientes, y serán lacerantes mientras no se salde esta deuda, tienen un carácter catártico. Son la más poderosa de las palancas para levantar las losas que pesan sobre la memoria. No es posible abrir estas fosas y mirar hacia otra parte. Así que toca revisar el pasado, con piedad, ecuanimidad y horror.

Es asimismo necesario insistir en la asimetría de las responsabilidades. En la España republicana, singularmente en Catalunya, las autoridades se mostraron impotentes para frenar a los asesinos - salidos del pueblo, que saciaban su sed asesina en nombre del pueblo-.En el otro bando y en la larga dictadura franquista, los asesinatos, las atrocidades sólo comparables a las del nazismo, estuvieron programadas desde arriba, con el aparato del Estado puesto al servicio de la limpieza y extermino de opositores. Si la condena y la vergüenza cubren a todos los asesinos por igual, como en la existencia civil los de primer grado, y a fe que aquellos lo fueron, el juicio de la historia y la moral debe tener en cuenta todas las distinciones. Los muertos a manos del bando republicano fueron víctimas de la desorganización y la impotencia del Gobierno y la Generalitat para controlar a las bandas de matarifes. Las víctimas del franquismo hacen culpable y execrable el régimen y todo su entramado de poder. No se trata de buscar responsabilidades sino de difundir la conciencia del franquismo, sus cabecillas y cómplices como protagonistas de un régimen que el mundo sitúa al lado del nazismo alemán y el fascismo italiano. Al fin, estos son unos deberes de España, único país del mundo donde el juicio moral y político al franquismo cuenta con paliativos, justificadores y propagadores de una benignidad que nunca existió. Si al final fue menos violento, ello no se debió a las intenciones o a su naturaleza, sino al temor de la condena internacional.

28-XI-08, Xavier Bru de Sala, lavanguardia