´Que ahorren ellos (sainete con moraleja)´, Quim Monzó

Anteayer, jueves, en la sección Cartas de los lectores apareció una firmada por Antonio Velasco, de Barcelona, en la que explicaba sus sospechas de para qué sirven realmente los planes de pensiones que la gente contrata pensando en la vejez. La carta, admirable, acaba así: "Por experiencia de mis padres (que no tienen planes de pensiones pero sí unos ahorros fruto de una vida austera y llena de privaciones), he podido ver la finalidad que tendrán los planes de pensiones cuando llegue el momento de necesitar una residencia de ancianos. A ellos se les ha negado una residencia pública porque, como disponen de ahorros, pueden permitirse una privada. Cuando agoten los ahorros de toda una vida, ya les evaluarán nuevamente el derecho de asistencia a una pública. Así, el Estado o las comunidades autónomas se ahorran los gastos que esto conlleva. Un negocio redondo".

Antonio Velasco habla de una paradoja que se repite a menudo. De pequeños instruyen a los ciudadanos en las virtudes del ahorro y les explican que hay que guardar un rinconcito para que el futuro sea más llevadero.

Unos ciudadanos hacen caso y otros no. Unos llevan una vida sobria - "austera y llena de privaciones"-,porque son prudentes. Otros, en cambio, gastan lo poco o mucho que ganan y no se privan de nada que puedan tener. Aquellos y estos llegan a la vejez. Los que no se han privado de nada comprueban entonces que, al no tener ningún ahorro, les dan plaza en una residencia pública. En cambio, a los que siguieron los consejos de ahorrar y de pensar en el futuro, les niegan plaza en esa misma residencia pública. Que se paguen una privada hasta que se queden sin un céntimo.

Pero, a lo mejor, ellos no habían decidido dedicar ese dinero únicamente a pagar una residencia. A lo mejor habían previsto dedicarlo a complementar ese tramo de sus vidas, a hacer más soportables las penurias. Toda una vida sin un lujo y, llegado el momento, los ahorros no les sirven para lo que calcularon. El que nada ha ahorrado tiene premio, el ahorrador no lo tiene.

No me extraña que entonces se pregunten: ¿y para qué he pasado toda la vida ahorrando?, ¿para qué me he abstenido de todas las cosas que hubiese querido hacer?, ¿de qué me ha servido contar hasta el céntimo? Vale más gastar sin miramientos: tanto entra, tanto se gasta. ¡Gasten constantemente, sin previsión! Así, luego, el Estado les dará plaza en una residencia pública. Dice el refrán: "Quien tuvo y ahorró, para la vejez guardó". Menuda estupidez. ¡Gasten, gasten, no se priven de nada! Así, al menos, al llegar la hora de la residencia no les quedará cara de bobo, como les queda a los ancianos ahorradores. Así, como los que han preferido no escatimar, podrán decir: que me quiten lo bailado.

6-XII-08, Quim Monzó, lavanguardia