Richard Batista es un señor en proceso de divorcio. Lleva cuatro años
de papeleo con su aún no ex mujer y ha anunciado que quiere que le
devuelva el riñón que él le donó cuando la operaron, en el 2001. Y, si
no se lo devuelve, que le pague por él un millón de euros. Ha hecho
pública su demanda porque está harto de sus tejemanejes yde los de su
abogado. Como suele suceder, por el estigma de ser hombre no puede ver
a sus tres hijos más que una vez cada tantísimos meses. Los abogados no
le dan ninguna posibilidad de recuperar su riñón. Un riñón gracias al
cual su esposa salvó la vida para, año y medio después, liarse con otro
señor.
No veo que sea una demanda desproporcionada. Está claro que no van a
volverlos a meter en el quirófano para sacarle a ella el riñón y
recolocárselo a él. Pero pagar por el riñón no me parece mal. Si, hoy
en día, en los divorcios se lucha hasta por ver quién se queda las
tazas de te (y, en beneficio de la madre, se utiliza a los hijos para
minar la moral del padre), no veo por qué el riñón no debería ir en un
plato de la balanza, si en ambos platos se han colocado ya el coche, el
tresillo y la segunda residencia. Hay mucho listo (y lista) dispuesto a
decidir que "esto no entra en el cómputo porque me lo regalaste" y
aquello, en cambio, sí.
O eso o la gente deberá empezar a pensárselo dos veces antes de donar.
Una solución sería hacer constar ante notario, antes del trasplante,
que el riñón pasa a ser tan parte del patrimonio matrimonial como el
piso o los televisores. No es un despropósito. Hace años mucha gente
consideraba de mal gusto los acuerdos prematrimoniales en los que se
estipula cómo se dividirán los bienes cuando llegue el adiós, si llega.
Decían los inocentones: "Pero ¿con qué amor se casan, si antes del
matrimonio ya puntualizan el divorcio?". En cambio, ahora esos acuerdos
son ya lo más normal del mundo.
En la vida nunca hay que dar nada por sentado. Por eso me asombran esos
escritores que cada libro que sacan lo dedican a su cónyuge. Y luego,
cuando se separan, por los siglos de los siglos las dedicatorias quedan
ahí, en las primeras páginas, como muestra de un hervor emocional
finiquitado. Claro que siempre es más soportable eso que palparte la
riñonada y notar ahí dentro un hueco por culpa de una ingrata. Razón
tenía don Mario Cavagnaro cuando escribió aquel vals: "...el dolor de
un mal amor / no es como para morir. / Pero, deshecha ya / mi más bella
ilusión, / a nadie ya en el mundo / daré mi corazón. / Devuélveme mi
amor para matarlo, / devuélveme el cariño que te di. / Tú no eres quien
merece conservarlo, / tú ya no vales nada para mí. / Devuélveme el
rosario de mi madre / y quédate con todo lo demás...".
Pues hay quien lo que quiere que le devuelvan es el rosario y hay quien lo que quiere que le devuelvan es el riñón.