la excelencia pierde a Rafael Sánchez Ferlosio

Resultat d'imatges de rafael sanchez ferlosioRafael Sánchez Ferlosio, un gigante de la literatura española, premio Cervantes 2004, falleció ayer en la clínica madrileña Moncloa a los 91 años. Los periodistas barceloneses lo recordamos en el ritual de las comidas del hotel Ritz, cada vez que publicaba o reeditaba un libro, donde le gustaba rodearse de sus amigos barceloneses, como Carlos Sentís, Rafael Argullol, Carlos Trías, Félix de Azúa o Javier Fernández de Castro. Prefería ese formato a las ruedas de prensa porque, en semejante compañía, se aseguraba un diálogo de su agrado.

Hijo del escritor Rafael Sánchez Mazas –preboste falangista y fugaz ministro de Franco, que se salvó de un fusilamiento según la historia que la novela Soldados de Salamina de Javier Cercas instaló en el imaginario colectivo– y de la italiana Liliana Ferlosio, nació en Roma –donde su padre era corresponsal del Abc– en 1927. Hizo el servicio militar en Tetuán en 1952, recomendado nada menos que por el fundador de la Legión, José Millán Astray. En la facultad de Filosofía de la Universidad Complutense, donde cursó su doctorado, conoció a los autores de la generación de los 50, Ignacio Aldecoa, Jesús Fernández Santos y Carmen Martín Gaite, con quien estuvo casado de 1953 a 1970. Su hijo Miguel falleció de meningitis a los ocho meses de vida y su hija Marta a los 29 años, víctima del sida que contrajo al inyectarse heroína con una aguja contaminada. Ferlosio se casó luego con Demetria Chamorro, con quien tuvo una hija.

Su primera obra fue las Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951), una suerte de fábula realista que su padre y Juan Benet consideraban su mejor obra. Pero, sobre todo, es conocido por ser el autor de la gran novela del realismo español del siglo XX, El Jarama, que ganó el premio Nadal de 1956 e inaugura la novela moderna española. En ella, se reproduce el habla dialogada de un grupo de jóvenes que están de picnic junto al río y pasan una jornada que parece intrascendente hasta que el río engulle a una de las muchachas. El autor renegó posteriormente de esta obra, que vio como “una equivocación, esa novela fue un invento de Josep Maria Castellet, se equivocó él al inventársela y me equivoqué yo al escribirla”. En cualquier caso, ese arranque tan poderoso de su carrera hizo que incluso se llegara a hablar de él como un posible candidato al Nobel pero, a finales de
los años setenta, el académico hispanófilo Artur Lundkvist, jurado del premio sueco, lo calificó de “esperanza frustrada” en una entrevista en Solna con La Vanguardia. Se refería, sin duda, a su prolongado silencio narrativo –estuvo treinta años sin publicar novela, sólo algunos cuentos y un ensayo– hasta que en 1986 sacó al mercado a la vez la novela El testimonio de Yarfos–ambientada en un país imaginario junto al río Barcial–, de la que había redactado inicialmente una primera versión a principios de los setenta, junto a dos ensayos, Campo de Marte. El Ejército nacional y Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado, una invectiva contra el culto al sacrificio, así como los artículos de La homilía del ratón.

Desde entonces, Ferlosio abandonó la ficción –con la excepción de algún que otro cuento– y se centró exclusivamente en el ensayo. Moralista en el sentido clásico del término, amante de las formas breves (algunos de sus aforismos son excelentes), se mostraba enormemente culto, erudito y poseedor de una original visión, regida por la más absoluta libertad de pensamiento y una profunda preocupación por la forma. Sus temas eran el poder, el ejército, el terrorismo, el nacionalismo, la identidad, el despilfarro cultural, el cine, el dinero, el fariseísmo político... Sus críticos le acusaban a veces de farragoso y de adicto a la digresión, algo que sus seguidores justamente adoraban. Como Ramón Gómez de la Serna, que inventó un género literario (la greguería), él creó los pecios, piezas ensayísticas breves, fragmento de otra pieza mayor que no llegó a puerto.

Otros de sus libros son Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993), La hija de la guerra y la madre de la patria (2002), Non olet (2003), El geco (2005), Sobre la guerra (2007)... En el 2015 se empezó a recopilar su obra completa: los cuentos de El escudo de Jotán; al año siguiente, se reunieron sus pecios en Campo de retamas y, en el 2017, aparecieron tres volúmenes con sus ensayos titulados Altos estudios eclesiásticos, y Babel contra Babel. El mes que viene aparecerá el cuarto, titulado Qwertyuiop. En el 2017, se publicaron sus Páginas escogidas y el periodista J. Benito Fernández lanzó la biografía El incógnito Rafael Sánchez Ferlosio.

“Identidad es negación –escribió–, execración y destrucción del otro, y el otro es siempre el malo sobre quien se expulsan y proyectan todos los propios demonios interiores”. Heterodoxo de izquierdas, martillo de la iglesia católica o del psicoanálisis, analizó la sociedad capitalista del siglo XXI diciendo que “hoy se producen a la vez los productos y los consumidores”. Sus opiniones eran a menudo políticamente incorrectas. En 1986, se opuso a los Juegos Olímpicos, criticando el auge del deporte, con todos esos “borricos en chándal” que corren por las calles. Se opuso a las guerras del Golfo y de Iraq y sus opiniones sobre la conquista de América están de actualidad; en 1992 declaró: “Me parece una monstruosidad conmemorar cinco siglos de catástrofe y martirio, de un hecho que hizo repetir la historia de la dominación al descubrir nuevas víctimas sobre las que ejercerla”.

Erudito y enamorado de la gramática, admiró a Chiquito de la Calzada, a quien veía “un genio” por sus creaciones lingüísticas.

2-IV-19, Xavi Ayén, lavanguardia

Naturalmente, como casi siempre desde 1956, El Jarama volvió a reeditarse también en 1986. Hacía 30 años de su publicación, cuando de inmediato fue saludada como un clásico y en democracia no tardó en ser lectura obligatoria en bachillerato. La sombra de su segunda novela, explicada como la cúspide del realismo de postguerra, se proyectaría sobre la trayectoria integral de Rafael Sánchez Ferlosio oscureciendo una obra monumental. Parecía que él era esa novela y después sólo un desconcertante interrogante, como si ese escritor, de aspecto huraño y desaliñado, fuera una especie de Salinger en formato castizo. Ese era un mito que le disgustaba, pero en 1986 todo empezó a cambiar. Ese año de gracia publicó varios libros que mostraban la profundidad de la mutación intelectual que para la mayoría había estado durmiente durante tres décadas: eran la novela El testimonio de Yarfoz (escrita a principios de los 70 y donde construía con la imaginación una civilización completa dominada por las batallas), la recopilación de artículos de prensa La homilía del ratón y los ensayos Campo de Marte y Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado.

A principios de ese 1986 Sánchez Ferlosio había estampada su firma junto a 50 artistas y hombres de letras pidiendo el sí en el referéndum de la OTAN. Es un episodio relevante en la historia de los intelectuales en España: en aquel campo crítico el felipismo se hacía también hegemónico. Y él, al poco, verbalizó un ejercicio de autocrítica contundente sobre aquella decisión: “perdí el honor e hice el imbécil para nada”. No le volvería a ocurrir. Tampoco desaparecería del debate público, pero cuando volvió a intervenir lo hizo tomando partido sino siendo mucho más demoledor: encerrado en su torre de marfil, como en el tiempo del silencio, pensaría sobre el lenguaje y, a través del lenguaje, ya no dejaría de desvelar la matriz de las estrategias de dominación del poder. Desde las patrias a las guerras. Su primer objetivo fue desmontar el relato a través del cual iba a celebrarse el V centenario del descubrimiento de América. El reverso ético de su actitud moral lo esculpiría en el luminoso Vendrán más años malos y nos harán más ciegos. Actuó no como un intelectual sino como un clérigo. Su lugar inamovible sería siempre el de la exigencia insobornable.

2-IV-19, J. Amat, lavanguardia

La polifónica obra de Rafael Sánchez Ferlosio amanece con la generación de medio siglo XX. Casado en 1953 con Carmen Martín Gaite, es uno de los jóvenes narradores que junto con Ignacio Aldecoa y Alfonso Sastre conduce la redacción de Revista Española(1953-1954), la publicación promovida por el profesor y erudito depurado por la dictadura, Antonio Rodríguez-Moñino, al aire de las tertulias de los cafés madrileños, Gijón y Lyon. Los citados, más Jesús Fernández Santos, Martín Gaite, Josefina Rodríguez y José María de Quinto, entre otros, fraguan la pasión por el neorrealismo cinematográfico y las razones éticas del realismo. Ahí esta la semilla de El Jarama (1956).

Sin embargo, antes de la Revista Española Sánchez Ferlosio realizará una sobresaliente incursión en la nueva narrativa sin desdeñar la tradición clásica española. Estaba forjando su opera prima Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951) ante el olvido o la desidia de su padre, Rafael Sánchez Mazas, y los ánimos y estímulos del escritor más consagrado de los que van por el Gijón, Camilo José Cela, quien no sólo reseñará con tino la novela al ver la luz, sino que le había mostrado algún camino desde Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes (1944). Cela comenta Alfanhuí en el periódico Unidad (San Sebastián, 15/III/1951), calificándolo de “libro sin edad”. Con la picaresca al fondo (el título, la estructura lineal o los marbetes de los capítulos), Ferlosio construye una narración que se aleja de las industrias de los pícaros de la Edad de Oro y del remake celiano para presentar el aprendizaje de un muchacho curioso y soñador en un tono fabuloso y poemático que según Antonio Vilanova “eclipsa por completo la veracidad y el realismo de su tenue acción novelesca”.

En un texto de referencia, especialmente por su carácter autobiográfico, La forja de un plumífero (1998), Ferlosio ha expresado su repugnancia por el papelón de literato que el éxito de El Jarama (Premio Nadal, 1955) le deparó mientras añadía que la novela “es en verdad, una invención de Castellet”, pero ni lo uno ni lo otro guardan una excesiva certeza. La invención tiene que ver más con el semanario Destino y su papel axial en el canon de la novela española de posguerra se remonta a la autoridad de críticos como Vilanova o profesores como Darío Villanueva o Gonzalo Sobejano. Vilanova no dudaba en postular un valor simbólico a las aguas del río, mientras Sobejano concebía la novela como una espléndida indagación en “la perpetua monotonía de lo real”. Hoy, debemos insistir en que todas sus obras han asentado, por ejemplo, su novela al margen del canon, El testimonio de Yarfoz (1986): la confianza en la palabra como punto de partida y como único destino del escritor.

Si Sánchez Ferlosio, y El Jarama, son mojones imprescindibles en la metamorfosis de la novela española del siglo XX, lo mismo puede decirse de su labor como ensayista y articulista de la prensa diaria, a partir de 1970, tras pasar un amplio período de retiro en la gramática y en la búsqueda de un estilo, pues –lo escribió en 1965– quiere romper con “las arcaicas inercias verbales, en busca de un estilo cuya complejidad y sutileza estén a la altura de las difíciles cosas que es preciso decir”. Esta labor la ha recogido con cuidado y esmero Ignacio Echevarría ( Debate, 2016-2017). En estos escritos la lengua es el escenario y el estilo la ejecución de las diferentes obras. En el dominio de los ensayos conviene destacar, Las semanas del jardín(1974), donde largas frases hipotácticas ofrecen reflexiones morosas, ociosas e inocuas, pero suma-mente inteligentes. Y Campo de retamas (2015), que recoge la totalidad de sus “pecios”, es decir las reflexiones fragmentarias (a lo Juan de Mairena) donde enfrenta, con mano maestra, la insignificancia de lo concluyente con lo irónico de lo especulativo. Son los múltiples espejos de su obra.

Ferlosio, desde la década de 1970, ha sido un asiduo de la prensa. Asiduidad controlada por el lenguaje, por no hablar en vano. Y en cierta medida pautada por su creencia en “un periódico verdaderamente transitivo, realmente determinado por el objeto”, tal como sostenía en la conferencia barcelonesa Las cajas vacías Su personalidad es la de un narrador imprescindible, un ensayista excepcional y uno de los mejores articulistas de la prensa de la España democrática.

2-IV-19, A. Sotelo, lavanguardia